Nadie se está dando cuenta del plan genial que Pedro Sánchez lleva a cabo para conseguir que el propio Mohamed VI confiese su responsabilidad en la marcha de ochenta mil jóvenes marroquíes sobre la ciudad de Ceuta el 30 de julio. Todas las fuerzas políticas exigen al presidente que acuse abiertamente a la monarquía alauí por el ataque a la integridad territorial española, pero el líder del PSOE conoce perfectamente los intrincados principios que gobiernan las relaciones internacionales y es consciente de las consecuencias negativas que una acusación explícita de este tipo podría tener para nuestro país.
Por eso, su mente de estadista y su enciclopédico conocimiento de teoría política han optado por una solución mucho más imaginativa y eficaz. Infalible. Hacer confesar a Mohamed VI con indirectas.
En este sentido, Sánchez ha dado órdenes a todo el cuerpo diplomático, a todos los miembros del Gobierno y a todos los cargos de Casa Real, para que cada vez que se crucen con Mohamed VI en alguna cumbre internacional digan en voz baja cosas como: 'hay un país que está queriendo invadir a otro', 'alguien está usando la emigración descontrolada como parte de una guerra híbrida para expandirse territorialmente' o 'hay un rey norteafricano planeando ataques contra un país sureuropeo y no me gusta señalar'.
El mismísimo presidente del Gobierno español, en caso de volver a ser convocado por el monarca alauí para comentar los nuevos contenidos inconfesables que le han robado de su teléfono móvil, también repetirá ese tipo de afirmaciones, mirando al techo entre carraspeos y silbidos despreocupados.
Pedro Sánchez sabe esperar. Y sabe también que siendo pacientes y constantes en esta estrategia Mohamed VI terminará confesando su implicación en la crisis de Ceuta. No ocurrirá mañana ni el mes que viene, pero cualquier día cazando perdices en Ifrane, en la Clausura de la Reunión Anual de la Liga de Estados Árabes o en la cola Economy del Ryanair París-Rabat, puede venirse abajo.
Podría ser incluso, por qué no, en la final del Mundial de Fútbol 2030, cuando, sentado en el palco del Estadio Hassan II de Casablanca al lado del presidente del Gobierno español en esa fecha, —es decir, Pedro Sánchez—, el rey de Marruecos se derrumbe y comience a sollozar en árabe darija: 'sí, fui yo, yo organicé la marcha sobre Ceuta de 2026, no puedo seguir viviendo con este cargo de conciencia'.
Y entonces quedará demostrada la dimensión de liderazgo internacional del presidente Sánchez, capaz de manejar la política exterior del Estado de forma implacable en algunas ocasiones —por ejemplo, con la retirada del Festival de Eurovisión—, tanto como de usar la sutileza psicológica y el control mental cuando la agresión a la que se responde pone en peligro la integridad territorial del propio Estado español.
No era complacencia, miedo ni cobardía lo que explicaba la tibieza con la que Sánchez trató a Marruecos durante esta crisis; era responsabilidad, altura de miras y conciencia histórica. No era la muestra de que tenemos al peor presidente imaginable en el peor momento de nuestra historia reciente. Era una exhibición de su dominio de las filosofías políticas de Nicolás de Maquiavelo y Miguel Gila.
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