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Perú 21

¿Quién soy?

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Soy abogado, soy empresario, soy comunicador, soy papá, soy esposo, soy artista, soy gerente, soy hijo. ¿Y QUIÉN SOY YO CUANDO NADIE ME VE? Cuando no hay público, cuando no tengo que caerle bien a nadie, cuando no hay aplausos, cuando no hay cámaras grabándome, cuando no estoy en Instagram, cuando estoy solo, cuando mis hijos no están, cuando cierro la puerta, cuando no tengo el teléfono al lado, cuando no tengo que dar ninguna explicación. Cuando me quedo conmigo. Tengo una versión pública y otra privada. Un personaje social que construí para poder vincularme con los demás. El que sonríe, el que saluda, el que siempre está bien, el que sube la foto más feliz a las redes sociales, el que está agradecido con la vida. Pero también soy el que odia. Construimos un personaje no porque seamos falsos, sino porque necesitamos sobrevivir socialmente. Desde niñitos vamos descubriendo que ciertas versiones nuestras son mejor recibidas que otras, son más populares, generan más cariño, aceptación y reconocimiento. Están los niños que descubren que, siendo obedientes, sus padres les dan más amor. Otros descubren que, sacándose muy buenas notas, obtienen admiración. También estamos los que nos convertimos en graciosos y fuertes a la vez. Levanten la mano los responsables, los complacientes y los invisibles, que también están por ahí. Mi problema comenzó cuando esas 'formas' dejaron de ser una estrategia para socializar y se convirtieron en mi identidad. 'Tengo que ser sarcástico para que nadie se dé cuenta de cuánto me está doliendo esto'. 'Tengo que ser fuerte para que nadie sienta pena por mí'. 'Si hago reír, todos me van a querer' fue, tal vez, el cimiento de mi carrera como comediante: haciendo reír a teatros enteros mientras me sentía profundamente vacío. Mi personaje necesitaba aprobación, mientras yo, la persona, buscaba vínculos de verdad. Tal vez por eso hoy, en las redes sociales, haya muchas personas con millones de seguidores sin saber ellas mismas quiénes son. Hay gente alucinantemente exitosa que los domingos por la tarde se quiere cortar los huevos por la tristeza que está sintiendo, tristeza que no sabe cómo explicar. Lo haré mío, lo haré personal… Tristeza que durante mucho tiempo yo no sabía explicar. Yo estuve en ese club de los que consiguen todo lo que alguna vez veíamos como inalcanzable. Conseguí todo lo que mi personaje quería, pero no lo que mi persona necesitaba. Construí una parte importante de mi identidad desde la aprobación ajena. Buscando respuestas en los demás: ¿Estoy bien? ¿Te gusto? ¿Me quieres? ¿Estás orgullosa de mí? Preguntas que hacía una y otra vez, primero a mis familiares, luego a mis amigos, después a mis parejas y, alguna vez, a mis jefes. Pidiendo a gritos: 'DIME QUE VALGO'. He hecho cosas realmente migajeras para obtener esa respuesta. No hay nada más autodestructivo que vivir perdiéndose a sí mismo. Diciendo cosas que no siento ni pienso, haciendo lo que no quiero solo para complacer a quien tengo al frente, continuando en relaciones que no vienen ni van, trabajando en lugares que detesto, sonriendo cuando quiero llorar, quedándome cuando me quiero ir, yéndome cuando me quiero quedar, diciendo que no me importa cuando, en realidad, me importa muchísimo. Diciendo que ya lo superé cuando aún me duele en el alma. Un buen día entendí que pretender ser ese ser de luz que va flotando por el universo, pretendiendo dejar una estela de amor, no existe. No es real. Mi salud emocional no consiste en ser agradable con los demás siempre. Mi salud mental consiste en aceptar que también siento celos, envidia, rabia; que necesito reconocimiento; que siento inseguridades. Soy el tipo de ser humano que no soporta la perfección en los demás porque, simplemente, no existe, no es real. Aquellos que ante los ojos del mundo son un ramillete de bondades y valores, por lo general, son a los que más pánico les tengo. Y siempre me pregunto qué serían capaces de hacer si no hubiera consecuencias. ¿Serán honestos cuando nadie los está viendo? ¿Qué hacen cuando existe la posibilidad de que eso que están haciendo tal vez nunca se sepa? La generosidad frente a cámaras es supersencilla. ¿Cómo tratas a la gente cuando nadie te ve? ¿Cómo tratas a alguien que no puede darte nada, de quien no vas a recibir absolutamente nada a cambio? ¿Cómo tratas a los mozos, a los guachimanes, a los que limpian, a los choferes, al empleado que se equivocó? Ser respetuoso con las mujeres es una hermosa declaración pública. Pero cuando estás con tus amigos, cuando estás solo con hombres, ¿cómo hablas de ellas? Decir que amas a tu pareja en voz alta es digno de elogios. Gritar a los cuatro vientos que tus hijos son lo más importante, ufff, te convierte en un ser humano entregadísimo… La pregunta es: ¿Les dedicas tiempo de verdad? ¿Qué quedaría de ti si te quitaran tu plata, tu profesión, tu título, tu puesto de trabajo, tus seguidores en Instagram, tu carro, tus casas, tu pareja, tu reputación, tu juventud? Después de todo eso, ¿qué queda de ti? Cuando comencé a observarme sin explicaciones, sin justificaciones, justo ahí fue cuando me descubrí. ¿Qué hago cuando siento miedo? ¿Qué hago cuando me rechazan? ¿Qué hago cuando alguien es mejor que yo? ¿Qué hago cuando pierdo? ¿Qué hago cuando no me dan la razón? ¿Qué hago cuando alguien deja de necesitarme? ¿Qué hago cuando nadie me admira? ¿Qué hago cuando miento porque sé que voy a obtener un beneficio? ¿Qué hago cuando tengo poder? Ya no mido mi vida por cuánta gente me aplaude, me sigue o me admira. Mi termómetro personal tiene que ver con cómo me sostengo cuando estoy solo, con la relación que estoy construyendo conmigo. Estoy listo para el día en que se apague todo: el público, el trabajo, los aplausos, el ruido, y encontrarme con mis miserias. Y cuando eso ocurra, serán todas bienvenidas. Porque eso también soy yo.
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