Cualquiera podría pensar que en Culiacán no estamos para fiestas y reuniones sociales, pero seguimos reuniéndonos y contra toda tempestad, departiendo y compartiendo la sal, el pan, el vino, el queso y la conversación. Conversar es humano. El pensamiento y las palabras de los otros, alimentan las propias. Se piensa mejor en colectivo. Pero, ¿qué tiene que ver esto con lo que quiero escribir? En realidad, no tengo claro qué es lo que quiero escribir. Tampoco importa demasiado, pues conforme me adentre en la tarea de escribirlo, se me irá develando y aclarándoseme como un manojo de nubes en un día soleado. Mi punto de partida es que todo escribe a nuestro alrededor. Tal y como lo escribió Marguerite Duras, en ese bello ensayo que lleva por título, precisamente, El escribir. Se escribe, simplemente, se escribe. No importa que en el instante de hacerlo nunca se sepa lo que se escribirá. Esto no significa que el yo escritural no albergue o no tenga alguna idea o suma de ideas —muchas ideas— que buscan manifestarse: volverse lenguaje, palabra, discurso, escritura. Las tiene —las tengo—. Es así como el texto se va escribiendo. Además, si el resultado no es el esperado —nunca es el esperado— existe la posibilidad de volver sobre lo escrito y reescribirlo. Una y otra vez. Cuantas veces sea necesario. En este caso, no es lo que pretendo, pues mi interés inmediato es concluirlo en el menor tiempo posible. Ya que no me siento del todo bien. Me agobia cierto desánimo e incomodidad corporal y emocional. Creo que no debí desvelarme anoche. Justo ahora necesito irme de nuevo a la cama para cumplir con las horas de sueño que el cuerpo me pide. El cuerpo pide, siempre pide. No se cansa de pedir. Me siento cansada y el cansancio resta fluidez a mi escritura: la entorpece, la vuelve superficial e insustancial. Y como bien lo escribió Virginia Woolf en su Cuarto propio: una mujer que escribe, no solo debe tener resuelto el asunto de su subsistencia —en lo personal, tampoco puedo presumir de ello—, sino que debe dormir y comer bien. Esta vez he traicionado el consejo virginiano y he dormido y comido mal. En fin. El caso es me siento afectada por mi malestar corpóreo, pues toda escritura se sustenta y se suscita en el cuerpo. Tal vez es por eso que me gusta el sonido, el sentido y el contenido de la palabra acuerpar. Me parece que en sí misma encierra un enorme significado que puede ir ampliándose conforme se materializa en su propia corporeidad. No por nada es un precepto asumido por los movimientos feministas y otros tantos movimientos sociales. Por eso creo que habría que cuidar que no se le banalice o vaya a vaciarse de contenido, como vemos que a diario sucede con otras tantas palabras: acuerpar, acuerparse, acuerparme, acuerparnos: ser cuerpo. Creo que de eso se trata, justamente, este vivir.
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