Ayer se cumplieron mil días del gobierno de Javier Milei. Un emergente del fracaso de muchos gobiernos anteriores, una nueva versión de aquel 'que se vayan todos'. En términos generales, la crueldad de su plan de la motosierra se cumplió en gran parte; las reformas estructurales, más aún; y aquella promesa de terminar con la casta terminó, paradójicamente, absorbiéndola y profundizándola.
No puedo dejar de reconocer que Milei recibió un Estado quebrado: una inflación descontrolada, al borde de la hiperinflación; una pobreza que rozaba el 50%; y un déficit fiscal insostenible. Estábamos, sin exagerar, a un paso de una deriva bolivariana. En ese terreno hubo logros significativos, incluida una gestión legislativa notable que, pese a la minoría en el Congreso, permitió aprobar leyes impensadas.
Pero rápidamente aparecieron las contradicciones del propio plan. El equilibrio fiscal y las desregulaciones –imprescindibles para adaptar la economía a un funcionamiento racional– convivieron con una alianza con 'la casta' que terminó transando con lo más profundo del sistema político. El mejor ejemplo es el acuerdo de estos días con el kirchnerismo para designar jueces, que permitió aprobar 175 pliegos.
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