Como decía hace diez días un compañero periodista, de los muy buenos y curtido en mil batallas, "Feijóo inaugura otra vez el curso; como ayer y anteayer y mañana. Todos los días una inauguración del curso". El día del comentario de marras, el presidente del PP estaba en Galicia y este sábado inauguró el curso en Getafe, con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Desde que reventara el caso Ático y el descontento del PP y su líder se pusiera de manifiesto -aunque no fuera en modo Pablo Casado, que Feijóo ya lima espolones-, es la segunda vez que se ha visto juntos a Feijóo y a la lideresa madrileña, después de que acudieran juntos y embanderados a la manifestación ¿por Ceuta? en la capital.
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Aquí seguimos esperando a que tanto Ayuso como el resto de presidentes y presidentas autonómicas del PP se ofrezcan a descongestionar Ceuta acogiendo, primero y obligados por ley, a los menores, y segundo y en coherencia con esa solidaridad cum laude que el PP dice mostrar con los ceutíes y su compañero de filas, el presidente Vivas, a buena parte del resto de inmigrantes, cuya garantía de derechos para su retorno (o no) requiere de unos trámites que se hacen mucho más lentos por la congestión de la ciudad autónoma. Pero nada de ofrecimientos solidarios en el PP: con unas banderas bien grandes y con intentar meter a Pedro Sánchez en la cárcel, los caballas deben darse con un canto en los dientes. Y es que ya lo advertía mi abuela ante los grandes aspavientos políticos de patria y enseña: "Mucho te quiero perrito, pero pan poquito".
La apertura de curso número 1.000 del PP, pues, supuso este sábado un paso más en la carrera que los de Feijóo mantienen con Vox consistente en ver quién es capaz de decir la burrada más gorda. En esta ocasión, además y entiendo que por hacer alarde de una gran relación de amistad y admiración entre ambos dirigentes -más falsas, como todo el mundo sabe en el PP y fuera de él, que aquella mítica respuesta de Feijóo sobre las pensiones a Silvia Intxaurrondo en TVE-, se mezcló un peloteo sonrojante que a punto estuvo de acabar con esta plumilla escondida debajo del sofá por vergüenza ajena.
Para atacar al presidente del Gobierno vale todo en el PP y Vox, sabemos. Pero si yo fuera la presidenta de Madrid, pondría un límite por lo menos de pudor, incluso considerando la legitimidad de mimetizarse con veinteañeras, influencers de aura, Nacho Cano o los rostros desdibujados de los afterhours de antiguos bajos de Azca, en Madrid, por un puñado de votos. Hay una línea nítida entre decir que el presidente del Gobierno carga contra la de la Comunidad de Madrid por ser la referencia más fuerte del poder del PP -siempre lo han sido- e insinuar un comportamiento de obsesión y acoso de Sánchez a Ayuso por el que la mujer de éste, Begoña Gómez, debería mosquearse; y decirlo en público, y que le rían las gracias los cuatro testosterónicos, sus mímesis femeninas y tres pelotas más asistentes al mitin, como el propio Feijóo. Hasta para Ayuso es excesivo ese ego de mujer irresistible en todas las disciplinas que debe de haberle otorgado saberse compradora de un ático de lujo por 6,3 millones de euros tuyos y de esta plumilla, que fue adquirido con total impunidad (de momento) y a través de un bobo entregado que, probablemente, cargue con toda la culpa administrativa y penal... en su caso, que con la España de las puñetas retorcidas hemos topado, una vez más. Muera la inteligencia.
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