Cómo ha cambiado en las últimas décadas la imagen de Extremadura en el resto de España! Hace años, quienes salíamos fuera teníamos que luchar a ... menudo contra el irritante cliché de gente que nunca había venido por aquí: la de una tierra uniformemente parda, seca y amarilla, cuando la variedad geográfica es una de sus características. Y, dicho sea de paso, esa diversidad apenas ha sido descrita literariamente, más allá de los tópicos sobre la dehesa, aunque el lenguaje es una herramienta formidable para describir paisajes, a menudo más expresiva que la propia pintura o que la fotografía.
En sus 41.635 kilómetros cuadrados caben orografías diferentes. Y la mano del hombre durante el siglo XX, con la intervención sobre los grandes ríos, con las masas de agua de los pantanos y los extensos regadíos, ha incorporado al paisaje extremeño el color verde durante todas las estaciones del año y ha aumentado su repertorio paisajístico. ¿Acaso son iguales los tramos donde los ríos se encajonan y solo sirven para producir energía eléctrica que las comarcas donde los ríos se levantan para regar las feraces vegas del Guadiana, del Alagón o del Tiétar?
Desde fuera, Extremadura aparece en los mapas como un rectángulo ancho, sólido y compacto, sin picos ni oquedades y redondeado en las esquinas, lo cual contribuye a esa imagen de uniformidad en todo su territorio, cuando hay regiones en España –y hasta países en el mundo–, con menor variedad orográfica. Todavía se esconden por aquí parajes que ofrecen más de lo que dicen las fotos. Y, sin embargo, el tópico persiste incluso entre muchos extremeños que no conocen bien las profundas diferencias de paisajes, costumbres, gastronomías y acentos que hay entre unas comarcas y otras. También quien redacta estas líneas, que presume de caminante, desconoce muchos de sus rincones.
La provincia de Cáceres es un patchwork con trozos muy distintos. ¿Qué parecido tienen el Valle del Jerte y sus cerezos, la nupcial floración cuando el valle entero «parece una boda», con los llanos de Cáceres? ¿O los sarmentosos cerros de las Hurdes, el duro espinazo de sus serranías, sus vértebras de pizarra, con las vegas donde el Alagón derrama la riqueza de agua que recoge en las sierras y en cuyas orillas parpadean las hojas de los chopos? ¿O La Vera aromática con algunas zonas borrosas de La Raya, que parecen más amplias cuanto más despobladas se van quedando? ¿O la antigüedad de los dólmenes de Valencia de Alcántara con los atractivos de Vegaviana, un pueblo de colonización con menos de cien años de historia que merece la pena visitar?
Badajoz, en cambio, parece más uniforme, aunque contenga diferentes estéticas. ¿Qué parecido hay entre Olivenza, el riñón portugués de Extremadura, y los arrozales encharcados de la Serena? ¿O entre la baja Badajoz y Tentudía, el pico más alto de la provincia y uno de los nombres más bonitos, nacido cuando, en el siglo XIII, Pelayo Pérez Correa, el maestre de la orden de Santiago, se vistió de Josué y le pidió a la divinidad que detuviera la marcha del sol –Detén tu día– para que pudiera ganar la batalla contra los musulmanes antes de que llegara la noche?
En cambio, el clima extremeño sí es más uniforme y, por encima de las variaciones geográficas, en los veranos prevalece en toda la región un calor insidioso, acrecentado por el cambio climático. En primavera, casi siempre estamos deseando que llueva más, que los pastos alcancen la altura de un hombre, que los campos de trigo estén tan cuajados de amapolas que parezcan arder y que las nubes permanezcan en los cielos durante mucho tiempo, porque aquí la primavera muere pronto a manos del verano sin oponer mucha resistencia, se rinde enseguida al calor repentino. Pero cuando llegan las lluvias –y siempre llegan– las disfrutamos el doble.
Y, por otro lado, aunque no estamos lejos del centro nacional, ni en un rincón ni en una isla, también sigue pesando sobre esta tierra la idea de un lugar remoto, de lejanía y periferia, lo cual tiene sus ventajas. A veces me pregunto si la excelencia de la literatura en Extremadura no se debe precisamente al hecho de estar en la periferia. Quizá quien mejor contempla el espectáculo del mundo no es quien está en su maelstrom, aturdido por su ruido y zarandeado por su frenético torbellino, que le impide detenerse a reflexionar, sino por quien permanece fuera del epicentro, pero lo suficientemente cerca para captar sus vibraciones y estremecimientos, para observar las personas y objetos que giran en el oleaje.
Y a pesar de la pervivencia de esos viejos tópicos, lo cierto es que la imagen de Extremadura en el exterior ha mejorado y, con todas sus carencias, sobre todo económicas, ya no es la finca del señorito de Madrid ni el cuarto trasero de España donde dormían los criados y los obreros en una resignación de santos inocentes. Ya no es la región de los tiempos oscuros, cuya participación en los asuntos patrios se toleraba a condición de que no levantara demasiado la voz.
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