Alberto Mora Delgado es instructor de yoga y de danza contemporánea y africana. También se desempeña como intérprete, zanquero, director, iluminador y productor.
1. ¿Cuándo sentiste por primera vez que eras un artista?
No necesariamente cuándo empezaste a crear, sino cuándo empezaste a reconocerte como tal.
Creo que cuando decidí dejar el camino de la biología puramente académica para bailar. Esa decisión fue muy fuerte, pero esta necesidad artística se me reveló mientras trabajaba como asistente de campo en una reserva en Costa Rica.
Ahí tuve un encuentro muy cercano con un par de venados. Yo estaba tomando fotos a una venadita hembra que bebía agua y no había percibido la presencia del macho, que me hizo voltear golpeando el suelo. El venado y yo nos miramos. Agitó sus crestas y volvió a golpear la tierra.
En ese encuentro, en el cruce de mis ojos con la mirada de ese venado, se me reveló el camino de la danza. Le hice una reverencia y me retiré calmadamente, decidiendo en mis adentros que al volver a Cuernavaca me inscribiría a la licenciatura en danza.
2. ¿Qué parte de tu vida tuviste que sacrificar para dedicarte al arte, y qué parte de tu vida recuperaste gracias a él?
Aunque me resisto un poco a la palabra sacrificio, es cierto que el 'no puedo, tengo ensayo' me dejó muchas veces fuera de reuniones familiares o con amigos. Me acuerdo mucho de un cumpleaños que me celebraron mientras yo estaba en clase. Fue muy divertido.
También me pasa mucho que decido comprometerme con procesos creativos en lugar de salir de vacaciones, por ejemplo.
Y a estas alturas de mi vida también me queda claro que mi entrega plena a la vida de artista es un factor importante en mi —prácticamente— permanente soltería. Nunca he vivido con una pareja.
Creo, sin embargo, que los cambios en mi autopercepción han sido contundentes. Es algo que hacia afuera muchos a mi alrededor notaron incluso en cambios físicos muy notorios, pero por supuesto tiene que ver con encontrarle sentido al mundo y, por lo tanto, sentirme en el mundo.
Crear me ha rescatado en momentos de profundo desasosiego, tomando incluso el dolor, el coraje o la tristeza como inspiración.
3. Hay personas que dicen querer una vida extraordinaria, pero terminan descubriendo que lo que realmente buscaban era una vida que sintieran propia. ¿Qué estás buscando tú?
Yo prefiero buscar y encontrar lo extraordinario de la vida ordinaria.
Lo extraordinario no es un 'no sé qué' que te da 'no sé quién' o que adquieres cuando vas a 'no sé dónde'. Está siempre aquí, esperando a ser percibido.
Busco una vida armónica, la misma armonía que todo en la naturaleza contiene; esa que permite contemplar el coexistir y ser uno con el colibrí y con el alacrán, con el trueno y con el río.
Busco experimentar todos los aspectos del vivir, con ecuanimidad.
4. ¿Qué parte de tu obra habla de ti incluso cuando tú no pretendías hablar de ti?
Quizás no hablan de mí como tal, pero mis obras surgen de mi manera de ver y entender —o no entender— los temas que abordo.
Incluso como intérprete de la obra de alguien más, aporto mi persona y mis vivencias al tema. Y siendo mi cuerpo la materia prima, termino reconociendo aspectos de mí en cualquier obra.
Como director es más claro: busco que los espectadores vean las cosas a través de mis filtros, porque al hablar de mí, en realidad pretendo hablar del todo.
Qué pretencioso, ya lo sé.
5. ¿Has utilizado alguna vez tu talento para conseguir afecto, sexo o aprobación?
Nunca me lo había cuestionado, pero seguramente sí.
Cuestiono mucho cuál es mi talento, pero sobre todo me resuena la aprobación. Volveré a esta pregunta después porque me confronta.
Ahora que lo pienso, creo que mi talento es conseguir afecto. Pero sí, creo que busco sobre todo aprobación.
Me pasa, por ejemplo, si alguna amiga, amigo o amigue me presenta ante un grupo de personas que no conozco. Si me presento como bailarín o artista escénico, es mucho más fácil que abran la conversación y, pues, ahí el ego saca el cobre.
6. ¿Hay algo que no te atreves a decir en tu vida cotidiana pero que sí puedes decir a través de tu arte? Si es así, ¿qué es?
Que la vida humana no es indispensable, que nos damos demasiada importancia y que el éxito no existe.
No sé si he logrado decirlo con mi arte, pero quizás en la próxima.
7. ¿Cuál fue tu cumpleaños más bonito? Cuéntanos.
Bonito, bonito, cuando cumplí trece o catorce años y me llevaron de sorpresa a nadar con delfines. Durante mucho tiempo fueron mi animal favorito y esa experiencia fue mágica.
Más allá del disfrute del contacto directo con esos bellos seres y de lo divertido que estuvo, lo más bello fue ver lo diferente que trataron a una mujer embarazada que entró en el mismo grupo que yo.
Fue muy claro que sintieron al bebé y trataron a la mamá —que además estaba temerosa— con una ternura que no volví a sentir hasta hace poco, cuando nació mi sobrina.
8. ¿Crees que el sufrimiento hace mejor arte o esa es una de las romantizaciones más dañinas que existen alrededor del artista?
Creo que para algunos artistas los momentos oscuros pueden ser detonantes contundentes de una urgencia creativa. Y al haber verdad en esa búsqueda, el ego fácilmente se apega a esa manera de crear.
Además, es una narrativa desde la cual es más 'fácil' empatizar, porque a la mente humana le gusta el drama y el papel de víctima.
La romantización más dañina es que el artista es el salvador del mundo.
9. ¿Sabes promover tu arte de manera que te sea redituable económicamente?
Diría que tengo una economía saludable.
El arte escénico no es fácil de vender si no es show. A veces me pagan mejor como zanquero o iluminador.
Me meto unas buenas chingas haciendo de todo, pero todavía no logro pagarme todas las tareas que cubro al producir alguna obra, por ejemplo.
Pero yo no vivo del arte; vivo para el arte.
10. ¿Cuál es el side job más ridículo que has tenido que hacer para sacar a flote tu arte? Cuéntanos con detalles.
He trabajado como modelo para sesiones de dibujo varias veces. Eso no es ridículo, pero una vez me contrataron como modelo para una despedida de soltera.
Me recibieron en el jardín de eventos y me llevaron a una sala. La novia se acercó muy nerviosa y me dijo:
—Ahí te puedes cambiar, aquí está esta toalla y ahorita que venga por ti ya nos vamos al jardín.
Era una sorpresa para las invitadas. Yo estaba muy nervioso, pero ya no podía echarme para atrás.
Como era un jardín, había muchos mosquitos, así que las invitadas, que estaban sentadas en círculo en el pasto alrededor de mí, se acercaban de vez en cuando para rociarme repelente. Siempre lo acompañaban con algún piropo acorde a la situación que me hacía sudar, a pesar del ambiente fresco, mientras yo mantenía las poses, muy en mi papel.
Ninguna era dibujante. Todo el tiempo estuvieron entre apenadas y divertidas. Una de ellas incluso me regaló mi dibujo.
Al final me di cuenta de que tenía que haber cobrado mejor.
Alberto Mora Delgado. Foto: Celina Bustamante
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