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Envejecer con dignidad

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Ya es costumbre: cuando alguna actriz o personalidad aparece en público con visibles cambios faciales resultantes de algún tratamiento estético, los opinadores se lanzan a condenar su nuevo aspecto. Para muchos, todo se resume en un comentario: 'hay que envejecer con dignidad'. Esa frase siempre me queda dando vueltas por todas las implicaciones que encierra. Se utiliza sobre todo al criticar a las mujeres, aunque también hay hombres que se hacen tratamientos. La reacción aplica también al ver a gente de cierta edad vestir con ropa colorida, bailando en alguna fiesta o anunciando una nueva relación afectiva con una persona que tiene menos años. 'Están en crisis por la edad', concluyen los opinadores. Parece que pocos se dan cuenta de que, al decir que alguien debe envejecer con dignidad, están cayendo justo en el mismo juego: la crítica basada en el aspecto físico de los demás, en lo que una persona haga o deje de hacer en referencia a su cuerpo, su rostro, su pelo, su vestimenta, su actitud y sus decisiones afectivas. Es, precisamente, por ese escrutinio permanente sobre el aspecto físico que muchas personas (e, insisto, sobre todo las mujeres) creen que es imperativo hacerse algunos 'arreglos' en su apariencia. El caso es que tenemos un problema bastante complejo en referencia a nuestra relación con las personas mayores. Es algo de lo que nos cuesta hablar y que no solemos abordar con objetividad. Hay una actitud generalizada en el sentido de que, alcanzada cierta edad, se espera que las personas desaparezcan discretamente por la puerta del fondo, se oculten sin hacer ruido, se invisibilicen y esperen con paciencia su muerte. Esto se traduce en un cruel desplazamiento social. Fijémonos en las ofertas de empleo: hasta hace unos 10 o 15 años, la edad máxima para muchos puestos era de 40 años. Hoy en día es de 35. La realidad económica de muchas personas en edad de retiro es que no tienen pensión ni ahorros suficientes para sobrevivir sus últimos años. Esto les obliga a buscar trabajo. La verdad es que muchos tendremos que trabajar hasta morir. Otro problema es que nadie quiere contratar a una persona mayor de 50 años. Si alguien lo hace, se ofrece un salario menor que el correspondiente a la experiencia de la persona. Se parte del prejuicio de que los mayores 'no aprenden, no comprenden, no saben' en referencia a las dinámicas modernas del mundo tecnológico y laboral. Con la llegada de los años, gran parte de la población mayor ve seriamente afectada su situación económica. La tendencia es que disminuyen sus ingresos y, con ello, su calidad de vida. En muchos casos, se ven obligados a depender de otros. También entra en juego el factor salud y las dinámicas familiares, todo lo cual es una lotería. Nadie puede predecir cómo reaccionará su organismo al pasar de los años ni cómo será tratado por sus parientes inmediatos, si será amparado por ellos o si será abandonado y enviado a un asilo porque nadie quiere (o puede) hacerse cargo de ayudarle en su vejez. Desde ese punto de vista, la idea del envejecimiento con dignidad se estrella contra una pared que nada tiene que ver con el bótox, la cirugía estética, el tinte de cabello, el maquillaje ni la ropa, por lo menos no para la mayoría. En mi opinión, envejecer con dignidad sería tener garantizada una vivienda estable y digna; poder vivir en un país donde el Estado tenga programas para atender a la población mayor, incluyendo profesionales en salud geriátrica, albergues para ancianos sin familia, una pensión universal que equivalga (por lo menos) al salario mínimo y espacios públicos que faciliten su movilidad y su socialización, con actividades que les estimulen mental y físicamente. Envejecer con dignidad sería tener un sistema de transporte público, centros culturales y mercados donde puedan seguir siendo independientes, proveer para sus necesidades y determinar sus horarios y sus actividades según sus gustos e intereses. Envejecer con dignidad debería ser, sobre todo, una ambición colectiva, una construcción social donde el respeto a los mayores sea una parte de la idiosincrasia local, del carácter nacional de un país. Y ojo, no me refiero estrictamente al nuestro, sino a la mayoría de los países occidentales donde las personas de la tercera edad suelen ser tratadas con desprecio, donde la edad es motivo de burla, insultos y abusos (que van desde la violencia física, emocional y sexual, el despojo de propiedades, herencias y ahorros), hasta el irrespeto a sus facultades mentales. Por desgracia, se da por hecho que una persona mayor ya no coordina mentalmente nada ni es capaz de tomar decisiones por sí misma, lo cual da lugar a estafas, negligencias médicas y todo tipo de vulnerabilidades. Si modificáramos nuestra actitud hacia los mayores, si dejáramos de despreciar o, por el contrario, de idealizar dicha etapa de la vida, podríamos ver con más claridad la urgencia de emprender los cambios sociales que se necesitan para amparar a dicho grupo etario. Este es un problema real y urgente, ya que las poblaciones mayores están aumentando. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que para el año 2030 habrá alrededor de 1,400 millones de personas mayores de 60 años en todo el mundo. También está aumentando el número de personas que no tienen ni planean tener hijos. ¿Están preparados nuestros países para enfrentar los retos y suplir las necesidades de la población mayor? Aparte de programas de salud adecuados, también es necesario pensar en la salud mental. Es una falacia pensar que la edad adulta te lleva de automático a la sabiduría y que todo es tranquila felicidad hasta que nos encuentra la muerte. El envejecimiento es una etapa nueva y compleja para quien la vive, tan llena de inesperados cambios físicos, hormonales, emocionales y mentales como lo son la adolescencia o la adultez. Aunque estemos informados de los procesos biológicos, nadie sabe en realidad a lo que va a enfrentarse hasta que lo vive. La conciencia de la muerte (vivida a través del fallecimiento de amigos y parientes), el desempleo, las angustias económicas, la imposibilidad de continuar siendo productivos, la pérdida de la independencia, la inestabilidad habitacional y la soledad son algunos detonantes que pueden ocasionar insomnio, depresiones, ansiedad, estados de frustración, angustia, rabia, vulnerabilidad emocional y sentido de inutilidad. Cuando se toma conciencia de que se ha entrado en la etapa final de la vida, las reflexiones sobre el pasado, los errores cometidos, los sueños que ya no podrán realizarse y la certeza del tiempo que se escurre con rapidez pueden opacar el ánimo. De hecho, la OMS también ha advertido de que la depresión y el suicidio entre adultos mayores van al alza a nivel mundial. Visto desde afuera, es muy fácil decir que los adultos mayores están 'amargados' y que solo viven enojados porque no comprenden la realidad. Pocas veces analizamos a profundidad su situación y mucho menos nos tomamos el tiempo para escuchar lo que tienen que decirnos, valorar sus recuerdos y experiencias o respetar sus deseos y peticiones. Esto contribuiría no solo a vivir una vejez de calidad, sino también a traspasar el umbral de la muerte con toda la dignidad que nos merecemos.
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