No puede quejarse Edin Terzic de cómo le va la feria. Analizadas las cuatro jornadas celebradas, su equipo posee una renta interesante para tratarse de un proyecto nuevo, recién estrenado: la mitad de los puntos en juego. Solo mirando la identidad de los contrarios, los seis puntos confirmarían el número que cabía esperar a nada que todo discurriese con normalidad. Pero esto de los partidos de fútbol no es como las piezas de un puzle, que encajan entre sí de una manera y de ninguna más. Así, el botín del Athletic no responde a la lógica que reflejaría cómo Sevilla y Celta cedieron ante su animoso empuje, mientras que el esfuerzo desplegado contra Barcelona y Atlético de Madrid resultó estéril.
No oculta su alegría Terzic después de reducir a muy poca cosa a un enemigo que mereció bastante más hasta que sus muchachos despertaron del letargo y se pusieron a percutir como posesos. Era una tarde donde el empate sin goles en el descanso se había recibido como una excelente noticia. La inquietud de la grada estaba justificada y la inoperancia con balón, especialmente de los encargados de generar juego y llegadas, nada bueno auguraba. El Atlético de Simeone tenía al Athletic donde quería, replegado y nervioso, como delató una serie de errores impropios en despejes y pases cerca del área propia.
Sin embargo, este panorama adverso experimentó una brutal transformación y en adelante todo fue reír y cantar. Para el alemán y para un público ávido de éxitos. Lo llamativo del giro radicó en el protagonismo súbitamente adquirido por quienes antes permanecieron desaparecidos, ajenos a las necesidades del grupo. Ellos, en un par de latigazos, se encargaron de dar oxígeno al equipo y hundir a un Atlético que dejó de carburar y se vulgarizó mucho.
Entre los artífices directos de la victoria, quien menos incidencia tuvo en la doble ejecución de Oblak fue Sancet, de lejos el más entonado. No solo, además: el más implicado sin balón, el más constante en el esfuerzo, o sea el más generoso y el que aguantó hasta el último pitido sobre la hierba. En fin, que se atribuyó unos méritos que, para que la fiesta fuese completa, le fueron premiados con una ocasión muy sencilla para que inaugurase su cuenta personal.
En el párrafo anterior se ha resaltado la aportación de Sancet en aquellas cuestiones por las que no se le suele ensalzar. Estar enchufado, correr tantos kilómetros como el que más, el trabajo sucio, la presión muy alta, todo esto llevado a la práctica nos revela que el chico está dispuesto a ser el referente del Athletic, su termómetro, el tipo que con naturalidad realiza lo que muy poquitos se atreven a desplegar en la élite: giros, controles orientados, amagos, conducciones, pases ventajosos, todo en zonas plagadas de piernas enemigas y con la intención de favorecer la asociación y, en definitiva, potenciar el despliegue colectivo.
En este tema, Terzic no ha dudado. Le ha ofrecido todo el amparo, públicamente y seguro que en privado, a un jugador que en los últimos tiempos estaba desbarrando, en el sentido de alejarse de lo que puede ser, de lo que tiene que ser alguien con un don que la naturaleza reparte entre una minoría muy selecta. Se llama clase y es calidad. No tiene precio, y no es una simple cuestión monetaria, sino de distinción y de privilegio. El entrenador ha captado rápido que tiene a su cargo una figura, un elemento que, secundado por gente dispuesta a lo que haga falta, puede elevar el tono de una propuesta que, lo sabemos bien, estaba reclamando a gritos contar con referentes de nivel.
Ya hay alguno que ejercía de tal (sin ir más lejos, gracias a sus servicios lo del curso previo no pasó a mayores), pero recuperar una versión óptima de Sancet, a fin de que el resto pueda girar en torno a su clarividencia y lucidez, era una prioridad. No ya porque este año el vestuario esté deseoso de lograr la redención y retornar a la senda que le corresponde en la jerarquía de la liga. También hacía falta recuperar al mejor Sancet por él mismo. Sobran ejemplos de proyectos de estrella que quedan varados a medio camino y acaban por desembocar en la mediocridad.
No es casual que Terzic le haya dado más minutos que a ningún otro jugador de campo. Le mantuvo hasta el final en inferioridad ante el Sevilla, igual que en un choque perdido como el del Camp Nou o frente al Atlético con un 2-0 a favor. Solo le dio respiro contra un Celta hundido. Para que vaya endureciéndose, haciéndose a la idea, convenciéndose: los buenos tienen que estar en el campo siempre.
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