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Alberto Mayol

El riesgo de invitar a la cena y terminar de plato

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El 'Foro de Madrid' (la red de nuevas derechas impulsada por la Fundación Disenso y vinculada a Vox) se desarrolló en Santiago el 3 y 4 de septiembre. Tenía que ser una instancia de desarrollo ideológico, por un lado. Por otro lado, una vitrina para mostrar la convergencia de líderes en un espacio hispanoamericano. En tercer lugar, suponía la posibilidad de instalar una agenda. Había un riesgo predecible: Cerimedo, el empresario y asesor en redes sociales, detenido en Bolivia en el marco de una investigación policial que ha avanzado, hasta ahora, por flancos amplios, desde autor intelectual de un asesinato frustrado hasta eventuales delitos económicos y con alto impacto político (posibles implicaciones en varios países involucrados en el evento). Toda esta descripción es inobjetable, los primeros tres puntos porque es para lo que sirven estos eventos; y lo de Cerimedo porque estaba muy intenso días antes del evento. Este último riesgo no fue finalmente un factor en el evento, lo que dio un respiro a los participantes. Pero desde días antes (semanas en rigor) el asunto migró a un asunto políticamente áspero que terminó mostrando sus posibles impactos durante el foro. Uno de los socios de este foro, la Argentina de Javier Milei, hizo migrar al foro desde el encuentro ideológico a una conferencia internacional para desplegar intereses capaces de tensionar fuertemente el rol de Chile durante el evento. Y es que Chile comenzó el foro como el anfitrión. Pero al final del foro Chile vislumbró que no era el anfitrión, tampoco un invitado, sino que era el plato. Y todo esto ocurrió en uno de los asuntos más gravitantes y de mayor impacto político que conoce la diplomacia: los conflictos limítrofes. El 25 de agosto la Cancillería argentina emitió un comunicado para reafirmar que el Tratado de Límites de 1881 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984 rigen plenamente y son definitivos. Lo hizo después de que el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea, el brigadier general Gustavo Valverde, declarara (en un podcast) que Magallanes, el sur y el Drake son soberanía y que allí hay que hacer presencia porque se trata de una llave bioceánica entre el Atlántico y el Pacífico. Chile anunció una protesta formal. El comunicado argentino bajó el tono, pero incorporó en su propio texto una definición que no es menor: el extremo austral es una prioridad de Estado por sus recursos, por las rutas marítimas y por su papel en las cadenas globales de suministro. Esa aclaración era innecesaria. Todos saben que eso es así para cualquier país, pero decirlo no solo es inusual, sino además corrosivo. El 1 y el 2 de septiembre el presidente Kast revistó en Magallanes a una fuerza de tarea naval, a bordo de la fragata Capitán Prat, con ejercicios antisubmarinos, operaciones de abordaje y fuego real. La frase fue inequívoca: el Estrecho es chileno y seguirá siendo chileno. La fecha nos indica el momento en que esto escala en un paso que va más allá de declaraciones en prensa. El 3 y el 4 de septiembre, en el V Encuentro Regional del Foro Madrid, se pudo distinguir a los protagonistas del evento: el embajador estadounidense Brandon Judd, el presidente argentino Javier Milei (quien abrió el encuentro) y el presidente José Antonio Kast (quien cerró el evento). Este triángulo de actores es esencial porque esta conjunción fue la más relevante del evento. Y no fue por sus cercanías ideológicas o una clara articulación. Fueron más bien el símbolo de un conflicto estratégico (Chile-Argentina) y una aparición muy intensa de los intereses de Estados Unidos en la región. El 4 de septiembre, el mismo día en que terminaba el foro, el gobierno argentino oficializó por decreto un refuerzo cercano a los 218.000 millones de pesos para su Ministerio de Defensa, de los cuales más de 200.000 millones se destinan a la Base Naval Integrada de Ushuaia y a la finalización de la Base Antártica Petrel. Milei había definido el proyecto, horas antes, como el futuro polo logístico del Atlántico Sur. La secuencia continuó después del foro y terminó haciendo todavía más visible el problema. El canciller argentino Pablo Quirno definió a Argentina como un país «bicontinental y bioceánico», expresión especialmente sensible desde la perspectiva chilena porque la salida argentina hacia el Pacífico quedó históricamente condicionada por los acuerdos limítrofes entre ambos países. Ante las reacciones producidas en Chile, Quirno tuvo que aclarar que hablaba del Atlántico Sur como camino hacia la Antártica y reiterar el pleno respeto argentino por los tratados vigentes. [/LeeTambien] Pero casi inmediatamente apareció un nuevo episodio: Patricia Bullrich afirmó erróneamente que Argentina controlaba el Estrecho de Magallanes y posteriormente debió disculparse y explicar que había querido referirse al canal Beagle. Cada declaración, considerada aisladamente, podía explicarse como una imprecisión. El problema político es la acumulación y la fecha. Todo ocurría en medio de un acto amistoso, de presidentes aliados y convergentes. Y entonces aparece el tercer actor. Milei vinculó explícitamente su nueva ofensiva por Malvinas con señales provenientes de Washington: interpretó declaraciones de Donald Trump sobre una eventual revisión de la posición estadounidense como evidencia de que los «vientos de cambio» internacionales podían favorecer la reclamación argentina. Buenos Aires está intentando presentar su creciente alineamiento con Washington como un activo para modificar el equilibrio del Atlántico Sur. Y aquí el problema chileno adquiere otra dimensión. Ya no estamos solamente frente a la conocida geometría Chile-Argentina-Reino Unido, tres actores que tienen larga data y que son los jugadores habituales en estos procesos. Aparece una cuarta potencia, Estados Unidos. Y aparece no como socio de Reino Unido, sino como antagonista, en un giro que está afectando toda la arquitectura mundial. Y aparece además como socio estratégico y líder político tanto de Argentina como de Chile, con el desagradable detalle de que su vínculo más estrecho es Argentina. Y a su vez, la propia Argentina busca dar señales de esta relación de socio privilegiado en el Atlántico Sur y, a la vez, se presenta como puerta logística hacia la Antártica. El Foro Madrid, entonces, produjo una paradoja extraordinaria: Chile puso el territorio, el presidente y la escenografía para exhibir una alianza política, mientras uno de sus principales invitados aprovechaba esos mismos días para anunciar una estrategia destinada a aumentar su peso relativo precisamente en el espacio geopolítico más sensible para Chile: la Patagonia, probablemente el activo más estratégico para Chile y Argentina a la vez. Fue así como ofrecimos la mesa. Pero mientras nos ocupábamos de ordenar a los invitados, Argentina comenzaba a mirarnos como el plato. ¿Y cuáles son los factores estratégicos fundamentales? Por un lado, la activación de los inevitables conflictos por las reclamaciones del territorio antártico. Todos los países jugamos a que tenemos un activo territorial que no tenemos realmente, es solo una reclamación. La Antártica es un pastel reclamado, pero no repartido. Este punto es crucial y parte importante de lo que se juega radica en este objeto del deseo. Argentina construye una continuidad estratégica mostrando sus islas y las relaciones con las que no lo son siempre en la proximidad de la Antártica. Chile por su parte juega el partido jurídico. Es un asunto donde Chile suele ser fuerte. Pero el derecho actual tanto de 'Campos de Hielo' (fronteras en glaciares) como en Antártica no es un soporte, sino algo más parecido a una pregunta. Y en eso la construcción del caso, la narrativa del mismo y la astucia política hacen la diferencia. Lo ocurrido en estos días debe notificar a Chile (no solo a este gobierno) que se requerirá más inteligencia. Estos son los momentos donde se pide firmeza y suele ser útil. Pero no es suficiente. Porque estamos en el momento donde nadie tiene la razón, sino que ella está en disputa. Pero hay un segundo factor, menos señalado y de importancia extraordinaria: los estrechos. La tesis de que la geografía volvió a importar suele enunciarse en tono ensayístico. Conviene enunciarla con cifras, porque en 2026 dejó de ser una intuición. El Estrecho de Ormuz está cerrado de hecho desde el 28 de febrero de 2026. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, el flujo de crudo y líquidos que lo atravesaba promediaba entre 20,4 y 21,6 millones de barriles diarios en el último trimestre de 2025; cayó a 14,6 millones en el primer trimestre de 2026 y a 4,9 millones en el segundo. El 30 de agosto se registraron seis tránsitos, contra una base previa cercana a los ochenta y cinco diarios. El Brent ronda los noventa y seis dólares. El mar Rojo tampoco volvió. Pese a la disminución de los ataques, el tráfico por Suez y Bab el-Mandeb sigue muy por debajo del nivel anterior a 2024, y las estimaciones de la caída oscilan entre el treinta y el setenta por ciento según la fuente y el segmento. Lo relevante no es el porcentaje exacto sino el hecho de que la desviación se volvió estructural: las navieras incorporaron el recargo por la ruta del Cabo como línea permanente y trataron los diez a catorce días adicionales como el nuevo plazo de entrega, no como un retraso. A fines de abril de 2026 el Cabo de Buena Esperanza movió un volumen récord cercano a los 24 millones de toneladas de porte bruto. Y Panamá, que es el paso que importa directamente a Chile, anunció nuevas restricciones operativas desde septiembre por precipitaciones menores a las previstas. Es decir: dos de los tres grandes cuellos de botella del comercio mundial están degradados de manera simultánea. El problema es que los problemas técnicos pueden aparecer y resolverse. Pero lo más complicado es que, al mirar los principales y más estratégicos estrechos del mundo, la mayoría de ellos están en fase disruptiva. Veamos la tabla. De los nueve casos, tres están en escenario de violencia manifiesto, dos manifiestan riesgos políticos con posible deriva militar y un caso (donde está Chile) de narrativa de conflicto. Además dos de los estrechos relevantes están con problemas operativos por razones distintas a riesgo político, pero que muestran eventuales fallas estatales relevantes. Estos datos revelan que tenemos que tomar este tema con un análisis más allá de la coyuntura. Argentina (como adelantamos) acaba de asignar por decreto más de 200.000 millones de pesos a una base naval integrada en Ushuaia y a la Base Petrel. El proyecto, iniciado en 2022, registraba a 2025 un avance físico del 9,13 por ciento, de modo que el anuncio es más una decisión política que una obra. Pero es exactamente eso lo que interesa: la decisión existe, tiene decreto, tiene destino y tiene relato. Y viene acompañada de un alineamiento explícito con Washington, que incluyó descartar capitales chinos en infraestructura portuaria fueguina. Chile, por su parte, tiene una plataforma antártica construida durante décadas y hoy claramente subfinanciada. El Instituto Antártico Chileno cerró 2025 con un presupuesto anual del orden de ocho mil millones de pesos, remuneraciones incluidas. El Centro Antártico Internacional de Punta Arenas, cuyo concurso arquitectónico se falló en 2017 y cuya licitación se lanzó en 2022 con un presupuesto superior a ochenta millones de dólares, fue relicitado en 2026 por cuarenta y dos millones, con obras previstas para terminar en 2028. Once años entre el diseño y la eventual inauguración de la infraestructura que debía consagrar a Punta Arenas como capital antártica internacional. Mientras tanto, veintitrés países ya usan Punta Arenas como puerta de entrada, y Ushuaia concentra el grueso del tráfico de cruceros antárticos. Hay activos reales, por cierto. El rompehielos Almirante Viel, construido íntegramente por ASMAR, opera desde Punta Arenas como puerto base desde enero de 2025, y el Plan Estratégico Antártico 2026-2030 contempla 136 medidas orientadas a Punta Arenas, Cabo de Hornos y Puerto Natales. Pero Chile ha confiado en la última frontera, la jurídica y la militar. Y la capa en la que se encuentra la principal disputa entre Chile y Argentina no es ni principalmente jurídica ni prioritariamente militar. El Foro Madrid puede observarse desde esta perspectiva. Chile ofreció el escenario para una articulación internacional en la que Argentina asume un protagonismo regional creciente y en la que Estados Unidos aparece como actor central. Nada de eso es ilegítimo. El problema empieza cuando la afinidad ideológica se convierte en astucia de un jugador que busca convertir la amistad ideológica en cálculo geopolítico. Los aliados políticos pueden tener intereses territoriales distintos. Argentina y Chile pueden compartir gobiernos próximos y mantener intereses contrapuestos en materia antártica, marítima y limítrofe. Estados Unidos puede ser socio de Chile y, al mismo tiempo, considerar que Ushuaia le ofrece ventajas que Punta Arenas no le ofrece. El Reino Unido puede ser socio occidental y conservar una reclamación antártica incompatible con la chilena. Es parte del juego. Pero hay que jugarlo. Chile necesita recuperar una política austral de Estado, y eso significa cosas verificables y no declarativas y en ese marco es fundamental ordenar la controversia marítima con Argentina en una mesa técnica; financiar la infraestructura antártica en la escala que corresponde a la ambición declarada; sostener capacidades navales y logísticas efectivas; y construir alianzas internacionales sin confundir jamás cercanía ideológica con identidad de intereses nacionales. Y es que estamos entrando en un mundo donde los estrechos vuelven a importar, y donde el valor de una puerta no se mide por el tráfico que tiene hoy, sino por el que podría tener el día en que las otras puertas se cierren. Cuando las grandes potencias comienzan a disputar las puertas, los países que viven junto a ellas tienen dos posibilidades: convertirse en actores de la nueva geografía o convertirse en parte de aquello que otros están negociando. O somos los comensales, o somos la mesa o somos el plato. No hay mucha alternativa. Lo del Foro Madrid debe ser visto como una advertencia.
El riesgo de invitar a la cena y terminar de plato
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