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Opinión

La otra Ibiza, por Samaj Moreno

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Una isla dentro de una isla. Un mundo inmaterial que define la forma del tiempo. Un paseo abstracto que se convierte en un suceso detrás de otro y, al final, adquiere una forma concreta: títulos, autores, páginas, sellos, palabras, ideas, acontecimientos. Memoria. Es la memoria de una isla y tiene ese pulso. Guerras, conquistas, amores, venganzas, revoluciones. Recuerdos que atraviesan el sueño de los tiempos convertidos en tinta y papel. Un día alguien despertó y vio una goleta turca entrar por los Freus. Una joven se vio prometida, por un apellido, a un almirante que no conocía. Un obrero señaló al señor con el puño y provocó una revuelta. Mentiras, verbos, acantilados, paisajes, arquetipos, violencia y un vértigo que se funde en cada estante hasta el infinito. En ese espacio dentro de un espacio se recorre la distancia y se le da la Gestalt al sueño infantil: al héroe, al bandido, a la ramera, a la enamorada. La otra Ibiza, dicen las guías turísticas mientras enseñan una foto de una cala, cuatro sabinas, cinco pinos y tres casetas de pescadores. La otra Ibiza, comentan los advenedizos mientras hacen la fotosíntesis con sus perfiles en las redes, mostrando una foto de una cala, cuatro sabinas, cinco pinos, tres casetas de pescadores y un atardecer. La otra Ibiza, señalan los querubines de la hipérbole del adjetivo más rentable de la mercadería llamada arte: hippie , mientras enseñan una foto de una cala, cuatro sabinas, cinco pinos, tres casetas de pescadores, un atardecer y un vestido traído de la India a buen precio, como dice Amancio. Esa otra Ibiza es la Ibiza que monetiza. Pero, en el fondo, todos tenemos bastante claro que eso no es la otra Ibiza, porque, si de verdad la hubiera, no saldría en esa foto. Ahora sí. Aquí está la otra Ibiza. La Ibiza inmaterial que da forma, energía y espíritu a la Ibiza física y cuántica. Una Ibiza fenicia, romana, republicana y fascista. Una Ibiza de sangre y hambre. De dolor y esperanza. Una Ibiza de cuentos de hadas y elefantes rosas. Una Ibiza que no empieza ni se acaba ni vale un duro, porque no tiene precio. Es el Arxiu Històric d'Eivissa (AHE) y es una suerte de nave del tiempo. Y cuando uno abandona la nave y vuelve a pasear por las callejuelas de Dalt Vila, algo ha cambiado. Ya no son solamente calles. Están los pasos de Isidor Macabich cuando va a dar de comer a los gatos, los gritos de Margalida Roig Colomar, las vidas de quienes escribieron, discutieron, conspiraron, rezaron, amaron y odiaron antes que nosotros. Todo permanece de alguna manera adherido a la atmósfera, como si después de atravesar esos papeles la ciudad física dejara de ser solamente presente y empezara a despertar de un sueño. Porque la isla física sin esta isla inmaterial sería un cuerpo sin alma, un cadáver, y dejaría de existir. Creo que, si hay algo que de verdad pueda elevar el espíritu e iluminarnos, es ir a dejarse perder en el tiempo de la otra Ibiza. Walter Benjamin ya lo venía diciendo hace un siglo: 'Existe un saber-aún-no-consciente de lo sucedido, cuya exigencia tiene la estructura del despertar'. Samaj Moreno Tags: ColumnaIbizaopiniónSamaj Moreno
La otra Ibiza, por Samaj Moreno
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