Hace diez años, un niño de tres años apareció ahogado en una playa de Turquía cuando huía con su familia de la guerra en Siria. El mundo se estremeció al ver la foto de su pequeño cuerpo inerte arrastrado a la orilla, donde en lugar de haber encontrado la muerte debería haber estado celebrando la vida. Aylan Kurdi removió las tripas incluso a quienes no son capaces de ver personas desesperadas detrás de las frías cifras. Desde la perspectiva de sus privilegios no parece comprensible que alguien abandone su país para intentar llevar una existencia a salvo de salvajadas múltiples o para poder alimentar a los suyos.
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