Partidos de extrema derecha europeos celebran la victoria de AfD en Sajonia-Anhalt. Foto: Europa Press
Los resultados de las recientes elecciones en el este de Alemania no pueden ser despachados como una simple anomalía regional ni reducidos a las particularidades de un territorio que, más de tres décadas después de la reunificación, aún arrastra complejas cicatrices socioeconómicas. Como señalan los analistas políticos, esta votación ha actuado como un catalizador, inyectando un nuevo y poderoso impulso a los partidos de extrema derecha que, de cara a los comicios que se avecinan el próximo año, aspiran a reordenar el tablero político en toda Europa. El mensaje que emana de los estados del este de Alemania es claro y resuena con fuerza en las capitales europeas: el centro de gravedad político del continente se ha desplazado, y los viejos paradigmas ya no son suficientes para contener la marea del descontento.
Si bien la reacción instintiva de gran parte del arco progresista ha sido la condena moral, un sector de analistas de izquierdas ha optado por una lectura más incómoda y necesaria. Para el economista Thomas Piketty, lo que se observa en estos comicios es la consecuencia lógica de la "brahmanización" de la izquierda europea; la transformación de los partidos socialdemócratas en formaciones de élites urbanas altamente cualificadas que, en su giro hacia las batallas culturales, han abandonado a las clases trabajadoras. Y es que cuando la izquierda deja de hablar de redistribución y condiciones materiales, deja un vacío que la extrema derecha llena con respuestas simplistas. En la misma línea, el exministro Yanis Varoufakis insiste en que el ascenso ultraderechista no es una patología del electorado, sino un síntoma del fracaso sistémico de una arquitectura europea que ha generado perdedores crónicos, demostrando que la extrema derecha no ha creado la rabia, sino que simplemente la ha organizado.
«La Europa desarrollada está experimentando una forma sofisticada de fracaso estatal», afirmó Mujtaba Rahman, analista especializado en Europa de Eurasia Group, una consultora de riesgo político. «Los gobiernos son incapaces de abordar las preocupaciones sobre el costo de vida. No son capaces de cumplir con sus votantes».
En España, la lectura desde la ciencia política ahonda en esta misma desconexión. El catedrático de Ciencia Política Ignacio Sánchez-Cuenca, referente del análisis progresista, ha explicado que el avance de la extrema derecha es el resultado de una profunda transformación estructural de las izquierdas. Según su análisis, los partidos progresistas han ido abandonando progresivamente los valores materiales y las demandas de las clases populares para abrazar una agenda postmaterialista, centrada en derechos civiles, minorías y cuestiones identitarias. Este desplazamiento ha provocado un choque cultural en amplios sectores de la clase trabajadora, que se sienten ajenos a los nuevos valores progresistas y perciben que la izquierda ya no defiende sus intereses económicos ni su seguridad cotidiana. La extrema derecha, por tanto, no crece solo por la manipulación del miedo, sino porque ha logrado representar a un electorado que se siente cultural y económicamente huérfano tras la reconfiguración de la izquierda.
Esta victoria en el este de Alemania no es un hecho aislado, sino una pieza más de un mosaico que se completa con inquietante rapidez. El escenario alemán podría replicarse con variaciones locales en varias citas electorales cruciales que definirán el próximo año, un calendario marcado por tres comicios fundamentales: Francia, España e Italia. Tres países de peso cuya inestabilidad podría alterar el equilibrio continental. En Francia, el Rassemblement National (RN) acecha el Elíseo en las presidenciales de 2027 como una sombra persistente, aprovechando el desgaste del centro y la fragmentación de sus rivales. Un gobierno de extrema derecha en París desestabilizaría la Unión Europea como ninguna otra elección nacional lo ha hecho, dada la extensión territorial de Francia, su arsenal nuclear y su papel fundamental en el proyecto europeo. En Italia, la primera ministra Giorgia Meloni, cuyo partido populista tiene raíces neofascistas, ofrece un ejemplo a seguir para otros líderes de ideas afines. Tras moderar su tono en temas como Ucrania y la Unión Europea, celebró recientemente que su gobierno se convirtiera en el más longevo en el poder en la historia de la República Italiana, consolidando su influencia. Mientras que en España, el ascenso de Vox ha sido notable; ya forma parte de varios gobiernos autonómicos y su objetivo es entrar en el gobierno central si en las elecciones del próximo año el Partido Popular gana y necesita de sus votos para gobernar. A esto se suma la consolidación de Chega en Portugal o la normalización de la extrema derecha en los gobiernos de coalición de los países nórdicos y Austria, lo que confirma que el mito de la excepcionalidad democrática se ha desvanecido por completo.
La señal que llega del este de Alemania es, ante todo, una advertencia. No una profecía ineludible, sino un aviso de que las condiciones estructurales que alimentan el ascenso de la extrema derecha —desigualdad, desindustrialización, crisis migratorias mal gestionadas y erosión de los servicios públicos— no se están resolviendo. Los líderes europeos harían bien en escuchar el eco que viene del Este antes de que se convierta en el estruendo que defina la próxima década. Como sugieren los analistas más lúcidos, la respuesta no puede limitarse a la condena moral ni a cordones sanitarios cada vez más permeables. La batalla por el futuro de Europa se ganará en el terreno de lo material, y el electorado ya ha enviado su señal; ahora le toca a la política demostrar si es capaz de responder a ella antes de que sea demasiado tarde.
El aviso de los resultados de Alemania tiene un significado claro e invita a aplicar el conocido refrán: "Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar". Queda poco tiempo para revertir la tendencia, y el reloj electoral ya ha empezado a contar.
(0)Comments