La Inteligencia Artificial (IA) ya ha empezado a destruir empleo en empresas tecnológicas y de otros sectores, una tendencia global que también comienza a sentirse en España.
La Fundación de las Cajas de Ahorro (Funcas) presentó hace unos meses un estudio sobre el impacto de la IA en el mercado laboral español y advierte que, incluso en un escenario optimista, en los próximos años desaparecerán más puestos de trabajo de los que se crearán.
En Galicia, hay expertos que estiman que la IA amenaza a 266.000 trabajadores. Lo cierto es que cada día se conocen reestructuraciones empresariales ligadas al avance de la IA y la automatización ya no afecta solo a tareas físicas o repetitivas, sino también a empleos de 'cuello blanco': diseño gráfico, programación, asesoría fiscal, análisis financiero, elaboración de informes o tratamiento de datos.
Estas amenazas laborales hacen reaparecer los temores sobre 'el fin del trabajo' que pronosticó Jeremy Rifkin en los años noventa. Sin embargo, no parece que estemos ante el final del trabajo, sino ante su transformación. La historia demuestra que cada revolución tecnológica destruye empleos, pero también crea otros nuevos o modifica los existentes.
Ocurrió con la revolución industrial y con la revolución digital, y ocurre ahora con la irrupción de la IA. Muchas tareas desaparecerán, pero surgirán nuevas ocupaciones ligadas a capacidades que las máquinas no pueden realizar, como creatividad, pensamiento crítico, empatía, comunicación, permeabilidad al cambio…
El problema no será la falta de trabajo, sino la falta de preparación para desempeñar los nuevos empleos que demande el mercado laboral. Por eso, la respuesta no puede ser el pesimismo o la resignación, sino la formación permanente.
Lo resumía hace años un viejo profesor que decía a sus alumnos: 'Cuando uno acaba la carrera está capacitado para empezar a estudiar'. La titulación inicial necesita del aprendizaje continuo, imprescindible para renovar conocimientos y adquirir nuevas destrezas para sobrevivir en un mercado laboral cada vez más cambiante y competitivo.
En este proceso formativo es fundamental el papel de las empresas impulsando programas de actualización profesional para formar a sus trabajadores. Pero también el papel de la educación pública, desde la escuela hasta la universidad, que debe adaptarse incorporando la enseñanza de las nuevas competencias que exige el mercado. Si no se hace así, estaremos formando jóvenes para empleos que ya no existen.
Cada revolución tecnológica genera incertidumbre, pero también oportunidades. La pregunta no es si habrá trabajo, sino qué trabajos habrá y con qué exigencias. En estar preparados para desempeñarlos se juega el futuro de los jóvenes. Por eso, apostar por la formación permanente no es solo una opción, es una exigencia para que nadie se quede atrás.
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