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Noel Álvarez

El laberinto cambiario

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El comportamiento del mercado de divisas en Venezuela ha vuelto a encender las alarmas de los analistas, empresarios y ciudadanos comunes que intentan subsistir en medio de una economía fuertemente golpeada. En las últimas semanas, hemos asistido a un fenómeno particular: el incremento acelerado del tipo de cambio oficial, emitido por el Banco Central de Venezuela, en un intento por alcanzar la cotización del mercado paralelo y las plataformas digitales de intercambio de criptoactivos. Esta carrera alcista, lejos de representar una convergencia sana de las fuerzas del mercado, desnuda las severas limitaciones estructurales de la política monetaria actual. La brecha cambiaria no cede y el impacto se traslada de manera automática a las estructuras de costos de los pocos comercios y empresas que intentan mantenerse a flote tras la reciente tragedia física. Detrás de este deslizamiento del dólar oficial se esconde una realidad inocultable que el Ejecutivo no puede seguir camuflando con discursos de normalidad. Las autoridades monetarias simplemente no cuentan con el flujo suficiente de divisas líquidas para sostener de forma artificial el precio del bolívar a través de las tradicionales intervenciones bancarias semanales. El agotamiento de las reservas internacionales y las urgentes demandas de gasto público para atender las zonas afectadas por los sismos han obligado al Banco Central a dejar correr la tasa oficial. Al no poder ofertar los dólares que el sector comercial demanda para reponer inventarios e importar insumos, el mercado presiona el alza. Al no encontrar suficiente oferta oficial, el mercado termina refugiándose de manera masiva en las alternativas digitales como el dólar Binance y otras plataformas estables. Para financiar el creciente déficit fiscal, la administración pública recurre de manera sistemática a la emisión descontrolada de bolívares en efectivo y dinero electrónico, inyectando una masa monetaria que no tiene respaldo en la producción real. Estos bolívares, al no encontrar bienes suficientes en los anaqueles ni confianza institucional en el sistema, corren de inmediato a demandar divisas. Esta presión constante acelera la devaluación de nuestra moneda. Es una paradoja trágica que, mientras la banca nacional se mantiene maniatada por un encaje legal asfixiante que le impide prestar dinero a los particulares, el propio Estado sea el principal emisor de la liquidez que desestabiliza los precios de la economía de consumo, los medicamentos y la vivienda. La distorsión es tan profunda que incluso se observan comportamientos atípicos en la relación entre el euro y las monedas digitales de referencia. En determinados momentos, la cotización europea en el mercado local llega a superar con creces los indicadores del dólar digital, lo que genera confusión en la fijación de precios y encarece aún más los bienes importados desde el viejo continente. Esta volatilidad e impredecibilidad cambiaria pulveriza la capacidad de planificación de las juntas de condominio, las pequeñas empresas de construcción y los ciudadanos particulares que necesitan presupuestar la reparación urgente de sus inmuebles dañados. La incertidumbre se convierte así en un impuesto silencioso. Se trata de un impuesto devastador que frena cualquier iniciativa privada orientada a la reconstrucción. Esta recurrente inestabilidad cambiaria, fundamentada en la improvisación macroeconómica y el desprecio por las leyes más elementales de la oferta y la demanda, guarda una estrecha relación con nuestra forma de pensar, los principios rectores y los valores de la organización. Consideramos que la estabilidad económica de una nación no se logra mediante el chantaje burocrático ni persiguiendo los indicadores del mercado, sino generando confianza institucional. Debemos enfocar los esfuerzos en respetar el libre mercado y garantizar una moneda sana. Un Estado con verdadera vocación de servicio debe frenar el financiamiento inflacionario y abrir los caminos para la inversión privada transparente. Solo mediante un marco de decencia y seriedad gerencial será posible devolverle el poder de compra al ciudadano y construir una economía verdaderamente sólida y predecible.
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