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La Tribuna De Cuenca

Elogio del libro viejo

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Me encontraba esta mañana curioseando libros (tarea habitual en los jubilados), siempre en busca de la joya perdida, de la pepita de oro entre montañas de ganga, cuando, de repente --era ya la hora del cierre del establecimiento—, un hombre de unos 65 años, irrumpe en la librería, un tanto nervioso, en vista de la hora y porque era evidente que no se hallaba en su elemento. Sin más, se acerca a la encargada de la librería, y sin circunloquios, le dice, casi de carrerilla: "Mire usted; resulta que tengo un montón de libros "para tirar", y me han dicho que ustedes me podrían dar algo por ellos". La dama interpelada, acostumbrada a esa modalidad de transacciones, le responde en un tono amable: "Siempre que no se trate de enciclopedias". "Bien, de acuerdo, se lo diré a mi mujer". Y salió del mismo modo que había entrado. La escena, absolutamente trivial, y desgraciadamente habitual, llamó mi atención por el modo de expresarse el futuro proveedor. Tenía un "montón de libros para tirar", como el que tira los desperdicios a la basura. No dijo, como suele ser habitual, que tenía unas docenas de libros de los que se quería desprender, adornándolo con los típicos tópicos: "ya sabe, nos falta espacio", "las casas, hoy en día", etc, etc. Inmediatamente me vino a la mente la conocida frase de Freud cuando le dijeron que los nazis habían hecho una pira con sus libros: "Nuestra civilización progresa, no cabe duda; en la Edad Media me habrían inmolado a mí". La ironía no ocultaba una punta de sarcasmo, pero tenía razón; o no, porque a nadie se le oculta que, de no salir de Alemania, le habría ocurrido como a sus tres hermanas o a las tres hermanas de Kafka, que habría pagado con su vida el hecho de ser judío. Los libros, como los ancianos, estorban en esta civilización pragmática que nos han organizado los partidarios de lo "Bello y lo Nuevo", los del "usar y tirar" (de nuevo el dichoso verbo). A principios del milenio en que vivimos, los altos jerarcas que rigen el mundo (en su mayoría analfabetos), decidieron por unanimidad, que los libros y los coches fueran productos de desecho, en tanto que el ladrillo tendería a emular al oro. Los libros (y no digamos las bibliotecas) chocan frontalmente con los reducidos espacios de las viviendas en las grandes ciudades. Y el resultado a la vista está. Lo que darían Baroja, Azorín, Unamuno, Lorca, Proust, Joyce, Borges, Cortázar, Cela, Pessoa y tantos y tantos intelectuales viendo el desaguisado organizado. Pero, conviene advertir, que estas nuevas librerías de lance han venido y vienen de perlas a todos los que, por un motivo u otro, denigran e incluso profesan odio declarado a los libros --por lo general, por frustración--, y se ven obligados a vivir entre ellos. Uno que, con los años ha dado en el oficio de rastreador, cae en la cuenta de que el abanico de posibilidades puede llegar a ser inmenso, desde los vástagos que sustraían joyas bibliográficas a sus padres para satisfacer sus necesidades etílicas, hasta las esposas que aprovechan el fallecimiento del marido para, al día siguiente desprenderse de esos bellos volúmenes que conservaba como reliquias. En fin, vivimos de los despojos, como los tiburones. La de sabrosas anécdotas que podría contar de ms correrías por las librerías de lance de Madrid, Londres, París, Berlín, y ahora en Albacete, sobre las que podría contar Mas no puedo concluir este mi primer artículo del nuevo curso renovado, sin referir una cruel y aleccionadora historia que me ocurrió durante la mili, que tuve la fortuna de hacerla en el Estado Mayor de la Base de Los Llanos de Albacete, en 1969. Y digo fortuna, pero eso fue sólo después, ya que, en un principio, caí en el despacho de un sargento presumido y pizpireta, de nombre Aurelio, natural de Pozohondo (otro pueblo puntuado de mil anécdotas). Aquel hombre, vago como no he conocido otro, tenía dos soldados a su disposición, Antonio Motas, que en paz descanse, y un servidor. Antonio se llevaba muy bien con él, ya que se pasaba las horas siguiéndole la corriente en su propensión a lo sicalíptico. Yo, que andaba de cráneo ya por aquel entonces, con un futuro negro como el tizón, estaba perfeccionando mi inglés leyendo "Lord Jim" de Conrad. Y, en cuanto daba cuenta del bocata de atún chorreante, me apresuraba a sacar la novela del cajón y me enfrascaba en la lectura. Sin embargo, aquel malvado Carabel, nada más verme, me decía: "¡Soldado!, aquí no estamos para leer novelitas". "Pero mi sargento, si no hay nada que hacer; además, este libro es un clásico". ¡Y a mí qué leches me importa! Aquí estamos para lo que estamos, soldado. Y si no hay nada que hacer, hemos de estar preparados para cuando llegue el momento. Y ¡chitón!" Aquello fue una experiencia dura, pero harto provechosa, y mal habrían ido las cosas, de no haber sido porque el teniente coronel un día me llamó y me propuso dar clases, nada menos que de matemáticas, a sus hijos. Naturalmente acepté. Yo no sabía apenas matemáticas, ni ellos tampoco, pero eso no iba a ser una razón para que nos lleváramos mal. A partir de aquel día, fui capitán general en la Base. Feliz rentrée
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