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Cuando el Estado quiere ser Dios

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Toda sociedad termina adorando algo. Cuando una nación deja de mirar hacia Dios, no se vuelve más libre: simplemente empieza a mirar hacia el Estado. La historia no conoce pueblos sin absolutos; conoce pueblos que reemplazaron uno por otro. Por eso el debate no es si Dios debe tener un lugar en la vida pública, sino qué ocupa su lugar cuando se le expulsa. El presidente De La Espriella fue demandado por supuestamente vulnerar la laicidad del Estado. Un juez le ordenó excusarse y él cumplió. Pero después de disculparse, volvió a invocar a Dios. Y ahí estalló la histeria. Lo que para algunos fue 'desacato simbólico', para cualquier jurista mínimamente serio es simplemente el ejercicio de un derecho fundamental. La reacción de ciertos sectores revela un problema más profundo: confunden laicidad con censura religiosa, y neutralidad estatal con ateísmo obligatorio. La Constitución de 1991 es explícita: Colombia es un Estado laico, no laicista. La laicidad colombiana es una garantía de libertad, no un instrumento para purgar expresiones religiosas del espacio público. El artículo 19 protege la libertad de cultos; el 18, la libertad de conciencia; el 20, la libertad de expresión. Pretender que un presidente no pueda mencionar a Dios es jurídicamente insostenible. No existe en Colombia —ni podría existir— una prohibición constitucional de manifestar creencias en el ejercicio de funciones públicas. La Corte Constitucional lo ha reiterado: la laicidad no obliga a los funcionarios a ocultar su fe, solo les impide imponerla. El juez que ordenó excusas a ADLE por un acto concreto, fungió de Robespierre de marras, y su fallo es persecución religiosa. Sin embargo, el presidente cumplió. Punto. Lo que vino después es parte de su fuero interno, protegido por la Constitución. Exigirle que renuncie a mencionar a Dios es exigirle que renuncie a derechos fundamentales. Eso sí sería inconstitucional. La historia jurídica es clara: cada vez que el poder político ha intentado ocupar el lugar de Dios, ha terminado destruyendo al ser humano. Los totalitarismos del siglo XX no solo persiguieron la religión; buscaron reemplazarla con ideologías que exigían obediencia absoluta. Cuando el Estado se cree la fuente única de verdad, la libertad muere. Por eso la idea de Dios incomoda tanto a quienes sueñan con un poder sin límites: porque recuerda una verdad jurídica elemental, incómoda para cualquier proyecto autoritario: el Estado no es absoluto. La noción moderna de derechos fundamentales descansa precisamente en la existencia de límites superiores al poder político. La dignidad humana no depende del Estado; el Estado existe para protegerla. Esa arquitectura moral y jurídica —nutrida por tradiciones cristianas, filosóficas y republicanas— es incompatible con la pretensión de convertir la laicidad en una herramienta para vigilar y castigar expresiones religiosas. Resulta jurídicamente absurdo exigir que Colombia renuncie a la tradición espiritual que moldeó su identidad. Reconocer la presencia histórica del cristianismo no convierte al país en un Estado confesional. Simplemente evita que el pluralismo se convierta en negacionismo cultural. Un Estado laico no es un Estado amnésico. Y mucho menos un Estado hostil a la religión. Dios está presente en nuestro Himno Nacional, en nuestros juramentos, y en muchas otras expresiones del poder del Estado. La libertad y la dignidad humanas son siempre las primeras víctimas cuando el poder deja de reconocer límites que él no creó. La espiritualidad —de cualquier tradición— no debilita al Estado laico: lo humaniza. Le recuerda que el ser humano no es solo un sujeto jurídico, sino un ser que busca sentido. El intento de recuperar nuestras raíces espirituales no amenaza la democracia. La amenaza real es exigir que el Estado actúe como si fuera la única fuente de autoridad moral. La cuestión no es si Dios necesita un lugar en el Estado. Dios ha sobrevivido a imperios y dictaduras. El Estado necesita recordar que no es Dios. Toda libertad comienza cuando el poder acepta que no es absoluto, y toda tiranía cuando olvida que existe una autoridad por encima de sí mismo.
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