Emilio Pradilla Cobos
Bill Gates tiene razón cuando afirma, en su artículo 'La turbulenta era de la IA está aquí. Las decisiones que hacemos ahora son críticas', que la IA puede convertirse en 'el mayor igualador de la historia o la peor injusticia': '¿Cómo utilizaremos esta tecnología para construir un mundo más justo y evitar que amplíe la brecha entre ricos y pobres? ¿Cómo protegeremos a las personas más vulnerables de los daños causados por la Inteligencia Artificial, incluidos aquellos que pierden su sustento y la sensación de tener el control sobre su futuro?'.
La pregunta es adecuada, pero la respuesta aportada no lo es, como podríamos esperar de uno de los grandes beneficiarios de esta y otras muchas nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), al hablar de la 'sensación de tener el control' y no de tenerlo realmente, o al proponer solamente que 'algunos' empleos sean 'reservados para humanos', y referirse solo a los que se relacionan con su experiencia de hombre rico: los trabajos que tuvo para su padre cuando lo aquejó la enfermedad —los de cuidado—; o los consejos de su madre para superar su temperamento retraído. ¿Y los demás?
Sabemos que las nuevas tecnologías de las TIC, incluida la computación y la Inteligencia Artificial, así como el control numérico, la robótica, los nuevos materiales, la producción flexible, las técnicas avanzadas de producción, etc., han servido para reducir el control de los trabajadores sobre el proceso y transferirlo a las máquinas y los ingenieros patronales, para elevar la productividad del trabajo y reducir su número, visualizando ya su desaparición total. En los países capitalistas, particularmente en el patrón neoliberal, esta es la única realidad posible. Bill Gates reproduce solo esa realidad, pero su propuesta es demasiado limitada: su regulación.
En nuestro capitalismo atrasado, incluido el mexicano, donde nunca se tuvo el control de los procesos productivos, pues sus capas dirigentes optaron en su momento por la limitada producción y exportación de materias primas agrícolas y mineras, la situación ha llevado a que cerca de la mitad de su población económicamente activa (PEA) obtenga su sustento familiar mediante la mal llamada 'informalidad' —desempleo encubierto, diríamos—, carente de jubilación, vacaciones, prestaciones sociales, servicio médico, seguridad social, y hasta de un lugar donde hacer sus necesidades biológicas. Simplemente porque los empresarios capitalistas, incluidos los trasnacionales, buscan por todos los medios aumentar sus ganancias mediante el uso de las nuevas tecnologías y dejan a los presupuestos estatales, que luchan para que sean muy bajos, que cubran las necesidades básicas de los desempleados mediante sus raquíticas ayudas sociales.
El uso de la Inteligencia Artificial será para nuestros pobres, nuestros trabajadores, una herramienta más en poder de los empresarios capitalistas para reducir el empleo y obligarlos a ganarse la vida en la 'informalidad', el desempleo encubierto y la pobreza. Un instrumento de 'la peor injusticia', como diría Gates, la creciente desigualdad. El hecho de que la mayoría de las grandes empresas, los hombres más ricos del mundo y sus groseras fortunas estén en las TIC, y ahora en la IA, nos indica que este no es un problema de reservar 'algunos' empleos para los humanos, sino una situación generalizada para los trabajadores sometidos al rebusque o la mendicidad, mientras los ricos empresarios producen lo que requieren con fábricas automáticas dotadas de IA; como en las peores películas apocalípticas de ciencia ficción. Si continúa el capitalismo salvaje ahora vigente, del cual son ejemplos Bill Gates y los otros milmillonarios del mundo, esta será la imagen poco filantrópica de nuestro mundo subdesarrollado. No lo impedirán las 'bondades' de la IA ni las 'regulaciones' establecidas, luego de largos y complejos procesos, por los hombres de buena voluntad.
Integrante de Por México Hoy
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