Hace siete veranos acudí a un concierto de Loquillo. Era julio de 2019 y todavía resonaba el impacto de las históricas movilizaciones feministas del 8 de marzo. A partir de 2018 algo hizo clic en la sociedad: el clima generado por el #MeToo y el rechazo atronador a la sentencia de La Manada habían situado la violencia de género justo en el centro del debate público.
Aquella noche Loquillo recurrió a sus clásicos y cantó La mataré, pero al llegar al verso más controvertido, ese «juro que la mataré», optó por callar y dejar que fuera el público quien lo gritara. El rockero quiso esquivar una polémica que empezó a emerger en los noventa, cuando la banalización de la violencia machista comenzó a ser cuestionada. Este verano he acudido a otro concierto suyo, pero la escena ha sido distinta: cantó la canción sin omitir el fragmento. La anécdota puede parecer menor, pero invita a reflexionar sobre qué ha cambiado en este tiempo.
No hace falta un concierto para comprobarlo. Basta con mirar la estadística social. En 2019, la violencia de género aparecía entre las principales preocupaciones en las respuestas abiertas sobre los problemas del país. En los barómetros más recientes del CIS, sin embargo, apenas aparece. Y no porque el problema haya remitido, ya que las dramáticas cifras de agresiones y asesinatos indican que sigue trágicamente presente.
La pregunta es inevitable: ¿qué ha pasado para que una violencia que mata cada año a tantas mujeres haya dejado de percibirse como un problema de primera magnitud? La respuesta no es ajena a los discursos negacionistas y a su normalización progresiva. Una especie de «gota china» que, a fuerza de repetirse y de blanquearse, erosiona la percepción social del problema. No lo elimina, pero lo relativiza, lo saca del foco.
Quizá por eso el gesto de Loquillo, antes contenido y ahora despreocupado, dice más de lo que parece. No se trata obviamente de este cantante ni de una canción concreta. Funciona como termómetro social ya que refleja cómo lo que en un tiempo incomodó, hoy deja de hacerlo. Los cambios sociales rara vez llegan con estruendo; a menudo son pequeños movimientos imperceptibles que pronto encuentran su traducción institucional. Lo vemos, por ejemplo, con los presupuestos con concesiones, como los últimos de la Generalitat y primeros de Pérez Llorca, aprobados por PP-Vox, que esconden cargas de profundidad hacia las políticas de igualdad. Por eso, y apenas sin darnos cuenta, lo que antes nos indignaba acaba volviendo a sonar como si nada.
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