Igual a todo gobierno recién instalado, el de Keiko Sofía Fujimori tuvo un inicio auspicioso. Según una encuesta de Datum Internacional, el 60 % de ciudadanos le otorgó su respaldo mientras un 24 % se lo negó. Tal respaldo llegó a 71 % entre los jóvenes de 18 a 24 años y un 62 % aseguró sentirse optimista respecto al futuro del país. En sondeos posteriores, como el de Ipsos (segunda quincena de agosto), el apoyo alcanzó 57 %, mientras que el rechazo, 25 %. En este último, algo inusitado fue la adhesión que despertaba el Gabinete (50 %), donde el ministro de mayor aprobación resultó siendo el titular de Relaciones Exteriores, Carlos Espá (51 %).
Estas cifras demostraban, además, la falsedad de la hipótesis de un Perú dividido entre profujimoristas y antifujimoristas en partes iguales. Mito que fue admitido por la misma señora Fujimori. Y, en otro punto, tenía la suerte de alternar con una oposición que se hizo más visible por su expresión radical y forajida (Iver Maraví, Humberto Morales, Julián López, César Tito Rojas, Jennifer Paredes: casi el total de Juntos por el Perú) y no por la de mayores quilates intelectuales y morales.
Con esa base había, pues, un capital popular apreciado como para hacer explícita la imagen de una administración que, en efecto, tenía un programa gubernamental sólido, artífices adecuados para implementarlo y un sistema de toma de decisiones tan eficaz como oportuno. Los dos grandes desafíos heredados —la ofensiva de las organizaciones criminales y los efectos del fenómeno de El Niño— podían suscitar comprensibles atenuantes de resultados siempre y cuando el oficialismo demostrara reflejos, talento y coherencia.
Sin embargo, el gobierno arriba a la primera semana de setiembre visiblemente magullado. Y no por acción de sus adversarios ni otro factor exógeno, sino por su propia y deficiente manufactura en las tareas primarias para combatir la inseguridad ciudadana. Añadir balances y explicaciones del incidente que culminó con el secuestro de un comerciante de oro y el asesinato de cuatro personas que lo acompañaban en Trujillo es morderse la cola. Sobrevalorar la inmediata reacción policial a través de la captura de miembros de la banda Los Pulpos que no acreditan hasta ahora evidencia alguna de haber participado en el crimen es llover sobre mojado. Estimar que la detención del líder de la banda, Johnsson Cruz Torres, en Bolivia tampoco hace prever la desarticulación de un grupo ya diversificado y con diferentes instancias de mando intermedio que, incluso, digitan a los sicarios y extorsionadores desde los centros penitenciarios.
Los juegos propagandísticos del ministro de Defensa y las contradicciones en los testimonios recabados por la Policía Nacional (a la par de los públicos desacuerdos entre el comandante general de esta institución y el titular del Ministerio Público) pintan un cuadro degradante e infeliz que da carne gratis a la jauría antifujimorista militante, hoy haciendo su agosto mediático para recuperar espacio y mieles del poder.
Solo espero que la presidenta Fujimori, en la última sesión del Consejo de Ministros realizada la noche del viernes 05, haya manifestado con energía una sola palabra: corregir. Si no enmiendan todos estos visos de improvisación, pugnas internas, anuncios desubicados o comentarios imprudentes, habrá llegado el momento de examinar reajustes en el Gabinete.
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