Anoche pasé una hora y media discutiendo con la inteligencia artificial. Según Copilot (la IA de Microsoft), el papa actual no es León XIV, sino Francisco, y SpaceX, la compañía de Elon Musk, no cotiza en bolsa. A alguien que hubiera estado en coma durante los dos últimos años le llevaría pocos minutos comprobar que León XIV es papa desde el 8 de mayo de 2025 y que SpaceX cotiza en bolsa desde el 12 de junio de 2026. (La suya fue, precisamente, la mayor salida al mercado de valores de toda la historia).
Cuando se lo conté a Madre Coraje, torció el gesto y me regañó: «¡No discutas con la IA, no tiene sentido!». Tenía razón. De hecho, yo le había enviado a Copilot al menos una decena de noticias relacionadas con los dos temas, y todas me las rebatía. Para Copilot, todas mis «pruebas» eran bulos difundidos en internet.
Así pues, ¿para qué discutir con la IA si está demostrado que, cuando alucina, puede llegar a ser tan testaruda o más que una persona, incluso sobre datos puros?
Diré, en mi defensa, que la cabra siempre tira al monte: mi vida ha sido una entrega total -retomo las palabras de mi mujer- a asuntos que no tienen sentido, uno de ellos defender la verdad a capa y espada. Y, por eso, cuanto más desafiaba la IA hechos fácilmente comprobables, más me acaloraba yo.
En fin, yo me había propuesto renunciar a defender la verdad, y aquí me veo, retomando los vicios del pasado, con la circunstancia agravante de que ahora lo hago con un asistente virtual, es decir, con una puñetera máquina.
Mi padre trató de enseñarme desde muy niño a ser en el futuro un hombre productivo, alguien que supiera sobrevivir por sus propios medios en esta jungla que es la vida. Pese a sus buenas intenciones, sus enseñanzas han sido vanas.
No desfallezco por ello. Ni Francisco es el papa actual ni SpaceX es hoy una empresa privada. Y a quienes nunca ganamos grandes guerras salir victoriosos en una pequeña batalla nos alegra el día.
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