En las estanterías del supermercado, entre decenas de opciones de comida rápida y ultraprocesada, había siempre una lata pequeña, barata y casi olvidada que los nutricionistas insisten en rescatar: la sardina en conserva. Durante años cargó con una imagen de 'comida de pobre' o de último recurso en la alacena. Hoy, en cambio, gana terreno como uno de los alimentos más recomendados por especialistas en salud cardiovascular de todo el mundo.
Pero, como con cualquier alimento procesado, la pregunta no admite una respuesta simple: ¿qué se gana y qué se pierde al elegir la lata por sobre el pescado fresco?
Aunque consumirla o no ya no es solo la disyuntiva, sino que ha comenzado también a escasear.
Lo que se gana
El argumento más fuerte a favor de las sardinas enlatadas es nutricional. Se trata de un pescado azul, rico en ácidos grasos omega-3 (EPA y DHA), cuyo aporte cardiovascular está respaldado por décadas de investigación. Asociaciones médicas como la American Heart Association recomiendan al menos dos porciones semanales de pescado graso, y ubican explícitamente a la sardina como uno de los ejemplos de referencia.
A eso se suma una carga proteica considerable —una lata estándar puede aportar el equivalente proteico de una comida completa— junto con calcio de fácil absorción (gracias a que se consume con espina y con el aporte de vitamina D), vitaminas del grupo B, especialmente la B12, fósforo, selenio, hierro y zinc. El proceso de enlatado, además, conserva casi intacto ese perfil nutricional, algo que no ocurre con otros métodos de conservación más agresivos.
Hay otro punto a favor, menos citado pero relevante: a diferencia del atún o el pez espada, la sardina es un pescado pequeño, de vida corta, que se ubica en la base de la cadena trófica marina. Eso la convierte en una de las opciones de mar con menor acumulación de mercurio, un dato que la vuelve más segura para el consumo frecuente, incluso durante el embarazo.
Se agregan otras ventajas prácticas: bajo costo, larga vida útil, nula necesidad de cocción y disponibilidad casi universal. En términos de sostenibilidad ambiental, las pesquerías de sardina suelen considerarse más equilibradas que las de especies de gran tamaño, sobrepescadas y con cadenas de suministro más largas.
Lo que se pierde
El primer costo en contra aparece en el propio proceso de conserva: el sodio. Para preservar el producto, buena parte de las marcas incorpora una cantidad de sal que puede representar varios cientos de miligramos por lata, una cifra nada despreciable para quienes deben cuidar la presión arterial. La recomendación de especialistas es simple pero efectiva: escurrir el líquido de cobertura y, cuando sea posible, elegir versiones bajas en sodio.
El segundo punto delicado es el ácido úrico. Como buena parte de los pescados azules, la sardina contiene purinas de forma natural, por lo que instituciones como la Clínica Mayo la incluyen entre los mariscos que las personas con gota o hiperuricemia deberían moderar.
También está el asunto del envase. Algunas latas —no todas, y cada vez menos, a medida que la industria migra a recubrimientos alternativos— todavía utilizan bisfenol-A (BPA) en el barniz interno, un compuesto cuestionado por su posible interferencia hormonal en exposiciones prolongadas. Conviene revisar el etiquetado y priorizar marcas que ya lo hayan eliminado.
Por último, no todo lo que viene en lata es igual. El aceite de cobertura importa: el aceite de oliva virgen extra suma ácido oleico y antioxidantes, mientras que aceites vegetales de menor calidad o las salsas con azúcares agregados diluyen buena parte del beneficio nutricional original. Y aunque el enlatado conserva bien los nutrientes, ningún especialista sugiere que reemplace por completo al pescado fresco: lo recomendable es que sea un complemento, no la única fuente de pescado en la dieta.
El balance
Ni villano ni milagro. La sardina en lata es, según el consenso nutricional actual, una de las mejores relaciones costo-beneficio del pasillo de conservas: accesible, nutritiva, baja en mercurio y respaldada por evidencia científica sólida en materia cardiovascular.
Lo que se pierde —sodio, purinas, la variabilidad de calidad entre marcas— no son razones para evitarla, sino para elegirla con criterio: preferir aceite de oliva, revisar el sodio, optar por latas libres de BPA y, como con casi todo en la mesa, no abusar.
Al final, la ecuación entre lo que se gana y lo que se pierde se inclina, con matices, a favor de la lata.
Escasez en las estanterías
Como colofón, podemos destacar un agravante. No todo es color de rosas. La sardina, un recurso clave que solía ser abundante y accesible, ha comenzado a escasear. Esta disminución es atribuible a diversos factores, que incluyen la sobreexplotación pesquera y cambios ambientales. Pero también a otros no tan predecibles.
El aumento en la popularidad de las sardinas, gracias a sus beneficios nutricionales, ha llevado a una creciente demanda en Estados Unidos. La escasez, a su vez, ha provocado un aumento en los precios, afectando tanto a consumidores como a comerciantes, reseñan medios como NBC News.
Ahora, la búsqueda de alternativas se ha vuelto una tendencia común entre quienes buscan mantener una dieta equilibrada.
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