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Juan Sánchez González

La Cruz... ¡Qué Cruz!

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Resultan, ¿casi?, patológicas tanto la obsesión desmesurada, en algunos casos crematística, por la memoria histórica, como la actitud recalcitrante de los que se aferran a símbolos extemporáneos que, lejos de fomentar la convivencia, se enarbolan interesadamente para librar ficticias batallas ideológicas, que son en realidad políticas; entendida la política en su peor versión, la que en lugar de subsanar problemas de los ciudadanos, les manipula desviando su atención ante la incapacidad para procurarles ilusionantes proyectos de futuro. Y así estamos en Cáceres, en el año 2026, noventa años después del inicio de la guerra civil, discutiendo sobre la pertinencia de mantener o suprimir del espacio público un vestigio de aquellos años de infausta memoria llenos de víctimas y victimarios. Y todo ello adulterado por la confusión intencionada de la historia con la memoria. Habrán observado que la mayoría de los políticos casi nunca hablan de historia -que no conocen, o no les interesa conocer- y se refieren a la memoria con la capciosa pretensión de utilizar el pasado para alimentar un conflicto en el que se imaginan justificada su razón de ser. Ante las complejidades y contradicciones de la historia con su escala de grises, optan por invocar la memoria en sus múltiples variantes: justificativa, reparadora, reconfortante. Una memoria plagada de sentimientos, pero también de convicciones y tergiversación, de orgullo y frustración. Frente a los matices y tonalidades de la historia, promueven la colisión maniquea de la(s) memoria(s) y la imposición de unas sobre otras. En las batallas por la memoria suele salir malparada la historia, el conocimiento histórico sin el cual no cabe pensar en un futuro colectivo superador de traumas y mixtificaciones del pasado. Por todo ello, analizar lo que se dice y se pretende hacer con la cacereña Cruz de los Caídos provoca sarpullidos de melancolía. Los intermitentes debates que han aflorado en las últimas décadas sobre su presencia y valoración pública evidencian la falacia oportunista de utilizar el pasado en función de los intereses del presente, y la incapacidad para encontrar solución a una cuestión que fue diluyéndose en el ámbito ciudadano, pero se reactivaba coyunturalmente y a conveniencia por determinados actores políticos. Durante los 40 años que duró el régimen de Franco, la percepción ciudadana de la Cruz de los Caídos, tanto en Cáceres como en los múltiples lugares donde se erigieron, no generó controversia: fue concebido y era un monumento de exaltación y propaganda franquista, con el que se honraba la memoria únicamente de'los hijos de esta ciudad que dieron su vida por España una grande y libre», es decir, de los que murieron defendiendo la causa de los sublevados. Con la llegada de la democracia, cabía pensar que monumentos como este perderían su razón de ser y serían apartados de la vía pública, en la medida que ya podía hacerse ostensible el rechazo, hasta entonces velado, que suscitó en una parte importante de la ciudadanía, la que siempre se sintió excluida o vejada. Sin embargo, como la gestión pública del pasado se afrontó con muchas cautelas, hubo que esperar a 1984 para que, en el caso de la cruz cacereña, y merced al voto de calidad del alcalde socialista Iglesias Marcelo, se adoptara el acuerdo -único aplicado hasta ahora- de resignificar el monumento, que permanecería en la vía publica con una nueva inscripción sustitutiva de la anterior: «La ciudad de Cáceres en memoria de todos los que perdieron su vida por la patria» .Una decisión que, por impostada y artificiosa, resultó insatisfactoria y provocaría nuevas reconsideraciones, aunque sin resultados tangibles por inconsecuencias, incumplimientos y dilaciones de unos y otros. Muestra de ello fue lo ocurrido en 2004, siendo alcalde el popular José María Saponi, cuando los concejales cacereños acordaron por unanimidad la retirada de la Cruz y su traslado al cementerio. O en los años 2020 y 2021 cuando, gracias al voto de calidad del alcalde socialista Luis Salaya -pues los populares cambiaron de criterio-se adoptó el acuerdo municipal de cumplir el requerimiento del gobierno socialista de retirar la Cruz en virtud de lo preceptuado en la Ley de Memoria Histórica; aunque, eso sí, en un tiempo tan indeterminado que nunca llegaría a concretarse, porque se dijo expresamente que no era un asunto prioritario. Una cosa es que como documento histórico, la Cruz esté en un cementerio, y otra es que quede blindada en el espacio público Y así, con el consistorio casi siempre dividido, aunque con leves pero llamativas rectificaciones- el Partido Popular asumió en 2004 el posible traslado de la Cruz-, llegamos al momento actual, en medio de un preocupante deterioro político, con un gobierno nacional en sus horas más bajas, y un ejecutivo autonómico impelido a pactar con VOX como única forma de alcanzar la investidura. Una coyuntura crítica en la que se reactivaron los perversos mecanismos de la memoria como estrategia política para debilitar o destruir al adversario. El Gobierno socialista lanzando un órdago para que la Cruz fuera retirada en tres meses, y el Partido Popular, tanto en el ámbito autonómico como local, plegándose al trasnochado y pendenciero radicalismo de Vox, iniciando el procedimiento para declarar la Cruz de los Caídos Bien de Interés Cultural, con una más que reprobable y vergonzante nimiedad argumental. Porque una cosa es que como documento histórico, que debe ser conocido, interpretado y contextualizado, la Cruz esté en un museo o en un cementerio; y otra muy distinta que quede blindada en el espacio público como objeto identitario de conmemoración. A la necesaria distinción entre historia y memoria, habría que añadir la diferenciación entre memoria histórica -un oxímoron- y memoria democrática, que es la que merecería ocupar el espacio público y ser rememorada, para que la historia, el conocimiento histórico despojado del adulterado aditamento de la memoria, siga interpelando e instruyendo sobrenaturaleza y comportamientos colectivos. Nunca es tarde para rectificar, teniendo en cuenta que el sector mayoritario de la sociedad extremeña, y me atrevería a decir que muchos votantes del PP y no pocos de sus dirigentes, abomina de estos debates recurrentes y estériles. ¡Cómo no estar cansado de secundar a los que por espurios intereses no proponen otra cosa que celebrar ficticias victorias sobre batallas de nuestros abuelos, sembrando de chinitas y socavones la senda por donde han de transitar nuestros nietos!
La Cruz... ¡Qué Cruz!
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