Se equivoca irremediablemente aquel que piensa que el tiempo es una prolongación de sus deseos. Ocurre en la vida de cada uno de nosotros cuando confundimos realidad con deseo, y sucede igualmente en aquello que nos concierne como colectivo, como sociedad. Como nuestros sistemas democráticos. No sabría decir cuál de las dos nos genera una frustración mayor, si la decepción personal o la decepción colectiva; de la primera somos los únicos responsables y, por eso mismo, podemos enmendarla; de la segunda siempre se puede responsabilizar a los demás, pero somos incapaces de modificarla.
Viene todo esto a cuento de una tendencia política que ya comienza a detectarse en la sociedad española, sobre todo a raíz del desastre de Ceuta de este verano: son muchos los que dan por acabado a Pedro Sánchez como presidente del Gobierno y otra vez, como ya les ocurrió en 2023, pueden acabar equivocándose porque confunden lo que desean con algo tan imprevisible como unas elecciones generales de una sociedad polarizada en la que los odios, las fobias, se imponen al análisis racional de la realidad. Una de las peculiaridades del sanchismo —seguro que muchos pueden comprobarlo en su círculo de amigos o en sí mismos— es que acaba convirtiéndose en una cuestión personal. Ocurre desde el principio: el personaje genera por igual lealtades ciegas y enemistades viscerales.
Ese es el extremo de la polarización, el que más daño puede hacer, y Pedro Sánchez es uno de los mayores expertos mundiales en el manejo de esa agitación social. Pedro Sánchez como obsesión personal. Si le sucede, o conoce a alguien a quien aprecia que le ocurre, lo mejor es huir de esa obcecación porque saldrá perdiendo, antes o después. Así que, para empezar, como se decía antes, comencemos por despejar las consecuencias políticas para el presidente Sánchez tras el ataque de Marruecos a Ceuta. No las consecuencias que pensamos que debería provocar, sino las que ya se comienzan a detectar.
Más claro aún: esta crisis, pese a ser la mayor crisis territorial sufrida por España desde la 'Marcha Verde', hace medio siglo, no acarrea el final definitivo de Pedro Sánchez, no va a provocar que se desplome su electorado y, por supuesto, no supone la ruptura interna del PSOE. La convulsión ha sido tan fuerte, esas imágenes de miles de personas invadiendo una ciudad española, que las primeras semanas fueron de colapso mental, bloqueo. Quizá por eso el presidente decidió irse de vacaciones, porque necesitaba tiempo para que el shock social disminuyera.
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El Confidencial
Transcurrido un mes, volvió y empezó la transformación para borrar del todo la sensación unánime de los primeros días y revertir a su favor lo ocurrido. Ya intuimos a mediados de agosto que la estrategia diseñada era la de dejar pasar el tiempo para, progresivamente, convertir la crisis territorial en una crisis humanitaria. Es lo que ya ha sucedido. Lo dijo así Pedro Sánchez casi al final del debate de esta semana en el Congreso: "No es que haya habido un descontrol de las fronteras; lo que ha habido es una crisis humanitaria a la que hemos tenido que darle respuesta. Se la hemos dado y yo la aplaudo". ¿Se acuerdan del apagón? Ocurrió exactamente igual, después de prometer "investigación a fondo" y "total transparencia", la conclusión fue que Red Eléctrica no solo no era la responsable, sino que había sido "la solución". Y, por supuesto, que España había dado un ejemplo al mundo "de resiliencia y de eficacia" por cómo recuperó la red en un solo día.
La crisis de Ceuta se ha gestionado igual a efectos propagandísticos y, aunque el resumen del presidente que se aplaude a sí mismo nos parezca cínico y falsario, la verdad es que los que están a su alrededor lo aplauden, los replicantes de tertulias y redes sociales lo aplauden y millones de votantes del PSOE lo aplauden igualmente. Ya no existe Marruecos como culpable, sino que lo ocurrido en Ceuta se debe a "ataques híbridos organizados por actores no estatales" -también esto es literal de Sánchez-, con lo que hay que buscar los responsables en los tecnoligarcas de Estados Unidos, Israel, Rusia y la extrema derecha internacional. Hubo un portavoz de la mayoría parlamentaria de Sánchez al que todavía le pareció que faltaba algo y sumó como responsable del ataque a Ceuta a "la derecha política, policial y judicial, que conocían los informes que alertaban" del peligro de un ataque de Marruecos y no se lo comunicaron al Gobierno.
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Esteban Hernández
En resumen, que el mes de agosto, como en aquellos cinco días de abril, a lo que se ha dedicado Sánchez es a fabricar esa estrategia y el resultado es favorable para sus intereses. A partir de ahí, volvemos a conectarnos con el riesgo extremo de confundir la realidad y el deseo. Eso de que Pedro Sánchez está acabado por la crisis de Ceuta es un error de manual, ya comprobado, y sin embargo da la sensación de que en el Partido Popular y en sus entornos ya se están haciendo esos mismos cálculos temerarios. En la España de la actualidad ya sabemos que ganar unas elecciones generales no garantiza el Gobierno; ese era un pacto tácito de la Transición con el que acabó Pedro Sánchez.
Y también sabemos que la Ley Electoral propicia una fragmentación en favor de los partidos regionalistas, nacionalistas e independentistas que, en su mayoría, siempre estarán más cómodos con un Gobierno presidido por un socialista, sobre todo si se llama Pedro Sánchez. Si a todo ello le añadimos que las elecciones se convocarán, obviamente, en el momento que más le convenga al presidente del Gobierno, en el PP deberían tentarse la ropa antes de deducir que el PSOE no será capaz de achicar la diferencia porcentual que ahora existe en las encuestas, ya sea de cinco o de ocho puntos.
Esa lógica estadística ya no existe en la era de la polarización. Hasta en VOX son conscientes de ello, como explicaba hace unos días mi compañero Esteban Hernández: hasta en agosto, este mes nefasto de agosto, los socialistas han seguido subiendo en las encuestas porque tienen "un suelo super sólido" y rascan votos de todo lo que está a su alrededor. Si eso lo dicen los propios sondeos internos de VOX… Pues eso.
El futuro es contingente, puede ser de un modo o de otro, no tiene por qué ser fatal ni beneficioso, como nos dejó dicho Aristóteles. Su afirmación surgió a partir de una pregunta y concluyó que lo único que hoy podemos dar por cierto es que mañana habrá una batalla naval o que mañana no habrá una batalla naval. Todo lo demás es falso. Quedémonos con eso. La única certeza que tenemos hoy es que mañana Pedro Sánchez será presidente o que mañana ya no será presidente. Bien pensado, es un principio de respeto democrático fundamental.
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