Los niños se llamaban Cora, Dawson y Callan. Tenían cinco años, tres años y ocho meses.
Hay imágenes que explican mucho mejor que cualquier tratado hasta dónde puede llegar la degradación moral de una sociedad. Una de ellas la hemos visto estos días a las puertas de un tribunal de Massachusetts: cientos de personas, mayoritariamente mujeres y muchas de ellas vestidas de rosa, concentrándose en apoyo a Lindsay Clancy, la mujer juzgada por la muerte de sus tres hijos pequeños.
Conviene empezar por sus nombres porque tengo la sensación de que, en medio de determinadas campañas de solidaridad, los grandes olvidados terminan siendo precisamente ellos.
No discuto que la enfermedad mental existe. Naturalmente que existe. Tampoco discuto que la psicosis posparto constituye una patología extremadamente grave que requiere atención médica inmediata. Y, por supuesto, corresponderá a los tribunales, después de escuchar a médicos, peritos, defensa y acusación, determinar hasta qué punto Lindsay Clancy era responsable penalmente de sus actos.
Eso es Justicia.
Lo que resulta mucho más difícil de comprender es otra cosa: la transformación de la acusada en una especie de símbolo de una causa colectiva, hasta el extremo de contemplar concentraciones públicas de solidaridad hacia ella mientras los tres niños muertos parecen ir desapareciendo del relato.
Porque aquí hay algo que me preocupa profundamente.
Una cosa es pedir mejores medios para atender los problemas de salud mental de las madres. Una cosa es reclamar que una mujer que pide ayuda psicológica sea escuchada y atendida correctamente. Una cosa es exigir que los tribunales tengan en cuenta cualquier enfermedad mental que pueda afectar a la responsabilidad penal.
Y otra muy distinta es convertir una tragedia espantosa en una nueva bandera ideológica.
Ahí es donde una parte del feminismo contemporáneo vuelve a equivocarse.
No hablo de todas las mujeres. Ni siquiera de todo el feminismo. Quiero creer que estamos ante una minoría especialmente ruidosa. Pero existe una corriente ideológica que parece contemplar cualquier acontecimiento partiendo de una premisa inamovible: la mujer debe aparecer siempre como víctima, incluso cuando los hechos obligan, como mínimo, a introducir muchos más matices.
Y cuando una ideología necesita que la realidad encaje obligatoriamente dentro de sus categorías, termina produciendo situaciones moralmente grotescas.
Tres niños han muerto.
Ese debería ser el principio de cualquier reflexión.
Tres seres absolutamente indefensos.
Tres criaturas que no podían manifestarse, defenderse, escapar ni pedir auxilio.
¿Dónde están las camisetas por ellos?
¿Dónde están las concentraciones por Cora, Dawson y Callan?
¿Dónde están las pancartas recordando sus nombres?
Resulta significativo que determinadas personas hayan encontrado inmediatamente un sujeto colectivo con el que identificarse —la madre— mientras las víctimas reales corren el peligro de convertirse simplemente en personajes secundarios de una historia utilizada para denunciar las carencias del sistema.
Claro que deben investigarse esas carencias.
Claro que una sociedad responsable debe prestar atención a la depresión y a la psicosis posparto.
Claro que una enfermedad mental grave puede modificar, incluso radicalmente, la responsabilidad penal de una persona. Para eso existen los médicos, los peritos y los tribunales.
Pero comprender una enfermedad no significa banalizar sus consecuencias.
Y mucho menos convertir en heroína a quien está siendo juzgada por unos hechos terribles.
Imaginen por un momento que cambiamos el sexo del protagonista.
Imaginen a un padre acusado de acabar con la vida de sus tres hijos pequeños alegando una enfermedad psiquiátrica grave. Imaginen centenares de hombres concentrándose frente al tribunal, vestidos todos del mismo color, expresándole públicamente su solidaridad y explicando que aquello podía haberle ocurrido a cualquiera de ellos.
¿Alguien duda del escándalo que se produciría?
Se hablaría de apología, de insensibilidad hacia las víctimas, de machismo y probablemente de muchas cosas más.
Y seguramente con razón.
Precisamente por eso resulta tan peligrosa la doble vara de medir y de ver las cosas.
La responsabilidad individual no puede depender del sexo de quien comete un acto. Tampoco la compasión hacia las víctimas.
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