La primera información que debemos tener en cuenta es que Trump es Trump. Puede cambiar mañana, y también pasado mañana, sus posiciones en temas de política exterior. ¿O, acaso, no fijó ya diez posiciones distintas sobre la guerra que le descerrajó a Irán? Y ahí está, impotente porque no puede celebrar una victoria, con el sabor amargo de una virtual derrota en el estratégico estrecho de Ormuz que sigue controlando el criminal régimen de Teherán. La segunda constatación que debemos subrayar es que el supuesto cambio de la política de Washington sobre la islas Malvinas (que siempre fue en los hechos de apoyo a Gran Bretaña, aunque formalmente hablaran de 'neutralidad') sucede en el momento de mayor tensión entre el gobierno de Trump y la flamante administración británica del primer ministro Andy Burnham, líder del Partido Laborista. Burnham accedió al poder a fines de julio pasado, luego del fracaso de la gestión del anterior líder laborista, Keir Starmer. Olvidando (¿fugazmente?) la entrañable relación histórica entre las dos naciones, Trump está ofuscado con el gobierno de Londres porque le retaceó el permiso para usar la isla Diego García, en el Índico, en sus ataques a Irán. De hecho, esa isla es un ejemplo del permanente zigzag del líder norteamericano en sus posiciones trascendentales. El gobierno británico venía negociando la entrega de la soberanía de Diego García a la república africana de Mauricio, aunque con un acuerdo para preservar la base militar británica y norteamericana a cambio del pago de un alquiler anual, con el apoyo explícito de Trump hasta el año pasado. Trump cambió ahora y calificó esa cesión de una 'gran estupidez', a pesar de que la república de Mauricio viene reclamando la soberanía de la isla porque la considera una colonia británica. Cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad. El acuerdo de cesión de Diego García a Mauricio se frenó en seco recientemente por la presión de Trump al gobierno británico. Paralelamente, la Casa Blanca del pintoresco líder republicano le exige ahora al gobierno de Londres que aumente cuanto antes su presupuesto de defensa porque, dice, los Estados Unidos gastan mucho dinero en defender a Europa en general y a Gran Bretaña en particular.
En ese contexto internacional, desconocido para muchos, se produjo la sustancial modificación de la posición sobre las islas Malvinas de Javier Milei. Esas islas en el confín austral del mundo constituyen un arraigado sentimiento nacional argentino, potenciado en las últimas semanas por la actitud de algunos jugadores de la selección argentina de fútbol de mostrar en el Mundial una sábana con la leyenda 'Las Malvinas son argentinas'. Sucedió luego de una agónica victoria argentina contra el seleccionado inglés. Aunque la recuperación de la soberanía de esas islas nunca fueron una prioridad del líder libertario, fuentes oficiales aseguraron que la cancillería argentina viene trabajando en reserva en los últimos 15 días para disputar el archipiélago malvinense en tribunales internacionales. Buena decisión, porque el debate legal y las negociaciones diplomáticas serán siempre más eficaces que las ostentaciones bélicas que hicieron los dos gobiernos. La otra decisión correcta que tomó Milei fue la de advertir que habrá represalias argentinas contra empresas extranjeras, fundamentalmente petroleras, que exploren o exploten el mar de las Malvinas. Las compañías internacionales de energía saben que existe un pleito por la soberanía de esas islas; el sentido común y el fair play indican que deberían negociar, por ahora, con los dos países que se adjudican su soberanía. Sin embargo, la empresa británica Rockhopper y la israelí Navitas, que son las que más avanzaron en la exploración y estarían a punto de comenzar la explotación petrolera cerca de Malvinas, le contestaron al presidente argentino que contaban con el acuerdo del gobierno de las islas, a las que calificaron de 'territorio británico de ultramar autónomo con el continuo y pleno apoyo del Reino Unido'. ¿Territorio británico? Suena arcaico y hasta obsoleto a estas alturas del progreso humano que la metrópolis esté a 13.300 kilómetros del territorio que reclama como propio. Siempre es útil una aclaración: Navitas es una empresa de capitales israelíes, no de los ciudadanos de Israel. Milei les advirtió a esas empresas, y a sus proveedores, que no podrán trabajar en la Argentina, un país con grandes reservas de petróleo y gas. Lógico: quien desconoce la vieja disputa entre argentinos y británicos no puede hacer negocios en los dos países que protagonizan el desacuerdo. Ocurrió, es cierto, una guerra promovida por el último régimen militar argentino cuando ocupó por la fuerza esas islas; la guerra fue inútil, perdidosa y regresiva para el interés nacional. Milei no se ahorró otra contradicción porque el mismo día que defendió como si fuera el último gladiador la soberanía de las Malvinas había elogiado a la dictadura militar chilena de Augusto Pinochet, que colaboró decididamente con Gran Bretaña en aquella guerra de hace 44 años. Siempre debe señalarse que el colaboracionismo chileno con los británicos fue de Pinochet, que tenía el poder, y no de los ciudadanos chilenos, que eran sus víctimas. Confundir dos cosas tan distintas es una ficción y una injusticia.
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