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Ana María Olabuenaga

Élite de clóset

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Hay una diferencia entre mentir y simular. La mentira niega un hecho, eso es lo que se les enseña a los niños: a no mentir. La simulación construye una apariencia destinada a reemplazar la verdad. Eso solo lo hacen los adultos y es lo que le están enseñando a los políticos de Morena. Jean Baudrillard hizo de esa diferencia una de las claves para entender a la sociedad contemporánea. Simular no es simplemente mentir. El que miente oculta la verdad. El que simula hace algo más oscuro y complejo: produce los signos de otra realidad. En política, esta diferencia importa. Durante mucho tiempo, la riqueza privada de un político no constituía necesariamente un problema moral. Podía ser criticable, ostentosa o de mal gusto, pero si provenía de una herencia, de una profesión anterior, de una empresa familiar o de patrimonio legítimamente adquirido, la pregunta fundamental era otra: ¿utilizó el cargo para enriquecerse? Morena modificó esa lógica. Andrés Manuel López Obrador no convirtió únicamente la corrupción en una frontera moral. Convirtió también el estilo de vida en signo político condenable. El automóvil, el reloj, el restaurante, el hotel, la casa, la boda y el avión dejaron de ser objetos privados para adquirir significado público. La austeridad pasó a funcionar como prueba visible de pertenencia al movimiento. Sin embargo, como en repetidas ocasiones sugirió el expresidente y ahora la Presidenta, si el dinero era propio, había que comportarse. Gobernar con sencillez, sin extravagancias y cercanos al pueblo. Con lo cual, una vez exigida la apariencia como exigencia moral, la simulación apareció de manera inevitable. Los casos recientes de Morena son reveladores precisamente por eso. De entrada demuestran que los seres humanos tienen una enorme capacidad para renunciar a los principios y bastante menos para renunciar a los placeres. Como lo demuestran los 97 vuelos en jets privados de la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama. La casa de 12 millones de pesos del senador Gerardo Fernández Noroña. Las cadenas y los anillos de la diputada Dato Protegido. Y, de manera singular y reveladora, el caso de la secretaria de Turismo Federal, Josefina Rodríguez Zamora. No porque ella llevara en la foto un reloj Cartier y su novio, que también es funcionario, un Rolex, sino porque borraron las joyas digitalmente de la foto. Si como la secretaria dice los relojes son legítimos ¿por qué había que borrarlos? Ella sabe que existen, nosotros sabemos que existen, la prensa sabe que existen y hasta la Presidenta sabe que los relojes existen, pero en la fotografía no están. Lo que se exhibe no es la necesidad de un estilo de vida más austero sino de una conducta más cuidadosa de la administración de las apariencias. Élite de clóset. O lo que es lo mismo: la austeridad como estética y el Phostoshop como método de gobierno. No sabemos si todos los políticos de Morena son austeros, lo que tenemos claro es que todos están obligados a representarlo. Lo cual nos lleva a preguntarnos, ¿qué preferimos: la exhibición de la verdad o la simulación de una virtud?
Élite de clóset
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