En los últimos años del franquismo, el gran maestro del periodismo Miguel Ángel Aguilar, que además de periodista es físico, quiso medir la intensidad y el volumen de los aplausos en las Cortes. Entonces no había oposición y todos los discursos se aplaudían. Había procuradores más populares que otros, y no todas las medidas generaban el mismo entusiasmo. Aguilar sabía que en esos aplausos obligados había matices, y para demostrarlo llevó un instrumento que medía los decibelios y publicaba en el molesto diario Madrid esas mediciones.
No estaría mal rescatar esta iniciativa de Aguilar para analizar la efusividad de los sufridos palmeros de Sánchez en el Congreso, ahora que cada vez les cuesta más simular entusiasmo. La propia ministra Robles dejó entrever el otro día hasta qué punto la incomodidad es difícil ya de ocultar.
Hoy se podría medir con mucho rigor y matiz el entusiasmo de la claque, aplicando inteligencia artificial para detallar la frecuencia y la intensidad de las palmadas de cada diputado por separado: quién es el primero en aplaudir, quién lo hace por más tiempo, quién es el último, quién consigue más palmadas en menos tiempo.
Entre los diputados del PSOE hay disenso. No son autómatas hechos en un mismo molde. Como pueden imaginar, muchos están decepcionados con Sánchez, ven lo que ocurre a su alrededor y dudan de sus motivos. Lo sabe cualquiera que haya alternado alguna vez con diputados socialistas. Uno se pone en su piel y se pregunta qué se siente al premiar con el aplauso un discurso en el que no se cree: ¿será como fingir un orgasmo para proteger la autoestima de un amante que ya no da placer, pero aún se ama? ¿O será simplemente el terror a ser señalado como la rata que abandona el barco cuando se hunde?
Sea como fuere, queda claro que quien celebra en público el discurso que critica en privado pierde su dignidad. Es inútil pedir a los diputados la heroicidad de que aplaudan en conciencia y no de manera tribal, pero harían bien en revisar esta costumbre indecorosa del aplauso parlamentario, que somete al diputado a una dinámica de rebaño y le hurta su individualidad al forzarlo a representar adhesión unánime ante aquello que no comparte.
En el Parlamento británico y en muchos parlamentos nórdicos hay mucha contención con el aplauso. Tiene sentido y es congruente, pues el Parlamento es, por definición, el hogar de la palabra y no debiera haber sitio en él para otra cosa que no sea la palabra. Las palmas o los abucheos son el ruido propio de los estadios y los teatros, donde el público es mero espectador y no tiene voz, e importar los códigos del espectáculo al Parlamento contribuye precisamente a convertir en espectáculo lo que no debiera serlo.
Las palabras en el Parlamento deberían bastarse a sí mismas, sin necesidad alguna de un aplauso que jamás añade credibilidad a quien carece de ella, pero sí se la resta a quien choca las palmas.
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