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Luis Carvajal Basto

Presente y futuro que la política no ve

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Resume e infórmame rápido Escucha este artículo Audio generado con IA de Google 0:00 / 0:00 1 x En su conmovedor artículo acerca de la urgencia de que los Estados tomen decisiones de fondo sobre las transformaciones producidas por la inteligencia artificial, Bill Gates advierte que la era turbulenta de la IA ya comenzó y que las decisiones que se adopten ahora serán determinantes. En Colombia, entretanto, estamos demostrando una preocupante incapacidad para anticipar y participar en una era de cambios que ya comenzó. Mientras Gates advierte sobre la necesidad de gobernar la transición hacia la IA, Colombia sigue discutiendo como si el principal problema del futuro fuera decidir quién ocupa el poder y no qué ocurrirá con millones de personas cuando cambie la naturaleza de su trabajo, como ya está ocurriendo. No estamos hablando de un futuro lejano. Un reciente estudio de Asocapitales, basado en datos del DANE, revela que casi la mitad de los ocupados en las zonas urbanas se encuentran expuestos a los impactos de la IA sobre sus empleos, mientras 3,2 millones están en ocupaciones de alta exposición. En enero, el Observatorio Laboral de la Universidad del Rosario había advertido que 5,8 millones de empleados trabajaban en ocupaciones altamente expuestas a su influencia. Frente al avance arrollador de la IA, sin embargo, esos cálculos ya se encuentran desactualizados. La inteligencia artificial dejó hace rato de ser una novedad tecnológica, responsable de los habituales impactos de la tecnología sobre la productividad del trabajo. Se convirtió en un problema de gobierno. Nuestro problema, por tanto, no se reduce a que la IA llegue, sino a que haya llegado sin que hayamos decidido qué hacer con ella. Existen iniciativas e intentos de política pública, pero no una conversación nacional que corresponda a la magnitud del cambio. Sus efectos alcanzan el empleo, la educación, la productividad, la tributación, la competitividad, la democracia y la administración pública, entre muchas otras áreas. La pregunta ya no se refiere a cuántos empleos destruirá la IA, sino cuántos colombianos estamos preparando para los empleos que está creando y transformando. Entre tanto nuestros dirigentes hablan de empleo, pero no de su transformación. Hablan de educación, pero poco de lo que deberá aprender un niño colombiano cuando una máquina pueda hacer buena parte de lo que hoy aprende en la universidad. Hablan de productividad y competitividad sin incorporar a la discusión la tecnología que está modificando ambas. Los sindicatos enfrentan un desafío todavía mayor. Corren el riesgo de convertirse en asociaciones de interés arqueológico si continúan concentrando su agenda en la defensa de formas de trabajo que la tecnología está transformando aceleradamente. La IA ya está modificando empleos, jornadas, productividad, contratación y hasta la organización de las empresas. Defender al trabajador exige comprender primero cómo es ahora y como será su trabajo. Bill Gates, pionero tecnológico y visionario, devenido en filántropo, coloca sobre la mesa preguntas que Colombia debería responder con urgencia: ¿Debe gravarse parcialmente la sustitución de trabajo humano por máquinas? ¿Cómo financiar la reconversión laboral? ¿Qué empleos deberían permanecer necesariamente bajo control humano? ¿Quién paga la capacitación de los trabajadores desplazados? No necesitamos responderlas copiando las propuestas de Gates, pero sí comenzar a plantearlas. El gobierno tiene la tarea de formular una política pública y proponer cambios en la legislación luego de reconocer que la inteligencia artificial es un asunto de Estado y no solamente de tecnología. Necesitamos una estrategia nacional de reconversión laboral, una revisión profunda de la educación y la formación para el trabajo y reglas claras sobre el uso de la IA en el Estado, las empresas y el mercado laboral. La IA se está convirtiendo en infraestructura central de la economía El mayor riesgo de la inteligencia artificial no trata de que las máquinas lleguen a pensar como los hombres. Se refiere a que nuestros gobiernos sigan pensando como si las máquinas no estuvieran cambiando el mundo, mientras el cambio ya condiciona nuestras vidas. @herejesyluis
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