Pareciera que esto de Ceuta nos ha hecho a caernos del guindo de pronto sobre nuestras relaciones con Marruecos. Será por aquello de que no hay más ciego que el que no quiere ver y aquí hemos preferido taparnos los ojos demasiado y tragar abundante quina. Así, provoca melancolía escuchar ahora a Feijóo acusar a Sánchez de ser "sumiso" con el régimen alauíta, como si no lleváramos comportándonos como palanganeros de don Mohamed VI desde hace ni se sabe. Los tratos entre Madrid y Rabat distan mucho de parecerse a los propios de dos socios leales y que se hablan de tú a tú. Antes al contrario, les caracteriza tan temerosa sumisión al Comendador de los creyentes, para colmo un reyezuelo en exceso veleidoso, que no puede extrañarnos que poco a poco se haya ido enseñoreando hasta atreverse a empujar a la que nos ha liado en la Ciudad Autónoma y lo que te rondaré morena.
Dos episodios relativamente recientes en el marco de la alta diplomacia definen bien lo aberrante de las relaciones bilaterales entre España y el vecino del sur. Ahora que tanto se habla de la visita de Felipe VI a Ceuta y Melilla, cabe recordar el calvario que supuso el viaje de Estado de los Reyes a Marruecos en 2019. Jamás se debió consentir que se produjera en los términos en los que se desarrolló. Pero, por lo que sea, insistimos, aquí toca tragar sapos y culebras cuando se trata de Rabat. Se consideró, con toda la razón, como trascendental que nuestro Jefe de Estado se sentara con Mohamed VI para que éste se acabara de tomar en serio la firma que había pendiente de importantes acuerdos en materias que afectaban a la seguridad y al control migratorio -ahora dan ganas de llorar, claro-, así como al comercio y otras historias. Pero gracias a que en este otro lado del Estrecho tenemos un monarca sosegado y bien paciente, porque al otro dieron ganas de agarrarle por el pescuezo. Todo fueron dificultades, durante años, para organizar aquel viaje, varios aplazamientos inexplicables, desplantes... Cuando al fin Don Felipe y Doña Letizia pisaron Rabat, apenas se les alojó 24 horas, cosa que jamás ocurre con visita de Estado alguna que se precie. Y don Mohamed después ni ha hecho amago de desplazarse él a Madrid para completar así el viaje, como es propio de los usos diplomáticos. Cualquiera diría que el heredero de los antiguos sultanes alauítas se cree el Señor de la Sublime Puerta a quien había que rendir pleitesía sí o sí en la majestuosa Estambul. Huelga decir que si el régimen se atrevió a tratar así a nuestros Reyes, la de desaires que le viene dedicando a los sucesivos jefes de Gobierno, incluido el mismo Sánchez, y todos a envainársela, por lo que sea.
Aunque más lacerante es lo de la embajadora que nos impusieron, esa a la que ahora nos hemos enterado que el melifluo Albares convocó por paloma mensajera para no molestarla mientras disfrutaba de sus vacaciones en plena invasión de Ceuta. Cualquier nación mínimamente orgullosa y deseosa de hacerse respetar hubiera impedido la vuelta a Madrid de alguien que después de la admisión del líder del Polisario en un hospital español nos lanzó unas amenazas como nunca se habían escuchado en boca de nadie que ose decirse representante diplomático de Estado alguno. Que nos íbamos a enterar de lo que valía un peine, nos soltó con toda su inquina, antes de ser llamada a consultas por Rabat durante un largo año. Y vamos si nos enteramos. Nos lanzaron la primera avalancha sobre Ceuta, ensayo general del de ahora, y las aguas no se calmaron hasta que Sánchez entregó el Sáhara en bandeja de plata. El rey alauí exigió también la cabeza de González Laya mientras aquí agachamos la cabeza y volvimos a extenderle la alfombra a la embajadora amenazante. Ya hemos tardado en darnos cuenta de lo sumisos que somos con don Mohamed.
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