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Y cuando digo 40 años de egresados de la UNAC, confieso que todavía me cuesta dimensionarlo.
¡40 años!
Parece que fue ayer cuando éramos aquellos jóvenes llenos de sueños, inquietudes, planes y seguramente también de muchos temores que no siempre confesábamos. Estábamos comenzando a construir nuestro futuro sin imaginar siquiera todo lo que la vida tendría preparado para cada uno de nosotros.
Y vaya que hemos vivido.
La vida nos llevó por caminos diferentes. Nos hizo profesionales, padres, madres, empresarios, trabajadores, luchadores, soñadores… Nos permitió ganar algunas batallas, perder otras, equivocarnos, aprender, levantarnos y muchas veces volver a empezar.
Porque si algo he aprendido en estos años es que la vida no siempre resulta como uno la planifica, pero siempre termina enseñándonos algo.
Algunos permanecimos cerca. Otros nos alejamos por kilómetros, países, responsabilidades o simplemente porque la vida tomó su propio rumbo.
Pero existe algo maravilloso:
hay personas con las que pueden pasar 10, 20 o 40 años y, cuando vuelves a encontrarlas, una parte de ti regresa inmediatamente a aquel tiempo.
A las aulas.
A las bromas.
A los profesores.
A los exámenes.
A los trabajos.
A las conversaciones interminables.
A aquellos sueños que parecían enormes.
Y entonces uno entiende que la universidad no solamente nos entregó conocimientos o una profesión.
Nos regaló una historia compartida.
Mañana algunos estaremos físicamente presentes y otros estaremos acompañándolos desde la distancia como es mi caso, pero creo que todos podremos sentirnos parte de ese encuentro.
También quiero recordar con mucho cariño a aquellos compañeros que ya no están físicamente entre nosotros, como Violeta Inga. Porque nadie desaparece completamente mientras exista alguien que lo recuerde. Ellos también forman parte de estos 40 años y de nuestra historia.
Hoy miro hacia atrás y no pienso solamente en lo que hemos logrado.
Pienso en cuánto hemos cambiado.
En todo lo que hemos aprendido.
En las personas que hemos conocido.
En las huellas que hemos dejado.
Y también en todo lo que todavía podemos hacer.
Porque cumplir 40 años de egresados no significa que nuestra historia esté terminando.
Todo lo contrario.
Significa que tenemos el enorme privilegio de poder mirar hacia atrás con experiencia, vivir el presente con mayor conciencia y seguir mirando hacia adelante con sueños.
Quizás diferentes a los de aquellos jóvenes de hace cuatro décadas…
pero sueños al fin.
Yo sigo creyendo que mientras tengamos capacidad de aprender, de servir, de construir, de ayudar a otros y de soñar, todavía tenemos muchísimo por hacer.
Por eso mañana no celebremos solamente que hace 40 años terminamos una carrera.
Celebremos que seguimos aquí.
Celebremos la vida.
Los encuentros.
Las amistades.
Los aprendizajes.
Las oportunidades.
Las caídas que nos hicieron más fuertes.
Las personas que caminaron con nosotros.
Y ese pedacito de nuestra juventud que, aunque hayan pasado cuatro décadas, seguirá viviendo para siempre en algún rincón de nosotros.
Hace 40 años salimos de la UNAC pensando que teníamos toda la vida por delante.
Hoy podemos decir que recorrimos una buena parte de ella.
Pero todavía quedan páginas en blanco.
Y yo pienso seguir escribiendo las mías.
Espero que ustedes también.
¡Felices 40 años de egreso, queridos compañeros!
Un abrazo enorme, donde quiera que la vida los haya llevado.
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