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Cecilia Soto

Que nunca muera el teatro

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El pasado jueves 26, después de que el Consejo General del INE aprobó finalmente nombre, emblema y lema de Somos, el nuevo partido político que te hará ir a votar con alegría y optimismo, me fui al teatro. La semana anterior había sido una experiencia casi de tortura: a unos días de que inicie el periodo electoral, el Consejo General del INE rechazó en dos ocasiones las propuestas de identidad gráfica y de nombre que propusimos para dar cumplimiento a una injusta sentencia del TEPJF. Qué dolor ver a aquella institución que mi generación creó, un INE fuerte, comprometido con la democracia y elecciones limpias, convertido mayoritariamente en una dócil criatura obediente a los dictados de Palacio Nacional. Iba, pues, como náufraga que vislumbra una balsa en medio de la marejada o un oasis sombreado al que se llega con con los ojos ardiendo. No estaba consciente de tal estado de deshidratación cultural. Una cree que se acostumbra a la simpleza de las columnas políticas, al blanquinegro de la polarización impulsada desde las mañaneras, a la constatación de las mentiras interminables. Como si el alma se fuera insensibilizando y se conformara con la fealdad. Pero no. Después de 140 minutos del monólogo Nocturno, al que asistí gracias a la invitación de sus productores, sentí que había llegado a la balsa, que el frescor del oasis me permitía responder a la pregunta 'para qué quieres formar un nuevo partido político'. Para corregir el rumbo económico, sí, pero no sólo para eso. Para tener una democracia vibrante, sí, pero no sólo para eso. Para alcanzar la paz en nuestras comunidades, sí, pero no sólo para eso. También para que el teatro, la música, la literatura, las artes plásticas lleguen a los lugares más recónditos del país y ello permita que florezcan tantos talentos que alberga el alma de México. Creo que el teatro puede ser y es una experiencia más intensa que el cine. El actor está ahí haciendo un pacto personal y cercano contigo: créeme, cree en lo que te voy a contar, cree en mi sufrimiento, en mi alegría. Y más cuando el actor es Daniel Giménez Cacho al que una ha visto en infinidad de roles: malo, bueno, tramposo, virtuoso, histórico, cotidiano y siempre le cree. Yo que soy escéptica de las 'energías alternativas' terminé con un nudo en la garganta y profundamente conmovida. Porque había una intensa empatía entre público y actor. Pero no sólo porque el texto de Nocturno es muy bueno, no sólo porque Daniel es un gran actor: sino, sobre todo, por el milagro del teatro. Porque ¿no es un milagro que haya gente que dedica su vida al teatro? Porque si dedicarse al arte y al teatro es difícil en muchas partes, en México es un verdadero acto de generosidad y arrojo. Benditos sean. Porque sí: hay personas que deciden dedicar su vida a que no muera Shakespeare, a que Federico García Lorca continúe enamorándonos; que dedican su vida a que El Gesticulador de Usigli camine mordaz por los caminos de México, que Emilio Carballido en su Yo también hablo de la Rosa ponga en duda la interpretación única de un hecho; que La Tuba de Goyo Trejo, de Sergio Galindo, nos haga reír a carcajadas. Que Jorge Ibargüengoitia continúe inmortal. Y ahí están Vicente Leñero, Luisa Josefina Hernández y Sabina Berman. O asomarnos al añejo racismo contra los México americanos en Zoot Suit, de Luis Valdez. Y hay una rica cosecha de dramaturgos jóvenes cobijados en instituciones que han resistido la destrucción de este gobierno, que dedican su impulso más vital a crear para los otros, a escribir para dialogar con desconocidos, a actuar para emocionar, a iluminar lo oculto. Federico Schiller, el gran escritor alemán, dedicó su tesis para ser profesor en la Universidad de Mannheim a argumentar la necesidad de un teatro nacional. En Weimar, la estatua de Goethe y Schiller está precisamente en la plaza de la sede del Teatro Nacional. El autor de Guillermo Tell argumentaba la necesidad del teatro como una institución moral porque permitía, entre otras virtudes, que el ciudadano común pudiera ver el ejercicio de la justicia o de momentos de grandeza histórica (pienso en el Enrique V de Shakespeare). El teatro y no el cine, permite que compartamos con las actrices y actores su privilegio: vivir muchas otras vidas. De la rutinaria experiencia en la oficina podemos ser un juez justo y riguroso o héroes. Las mujeres podemos meternos al cerebro de un hombre o asomarnos a la complejidad de las personas trans. Y ampliar nuestro mundo. Gracias, directores, dramaturgos, traductores, actores, iluminadores, escenógrafos, productores, tramoyistas, sonidistas. Gracias, gracias por el milagro del teatro. Vendrán tiempos mejores.
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