Hay algo peor que una mala encuesta, una investigación judicial o una oposición envalentonada: que los tuyos empiecen a dejarte caer. Hasta ahora, la obediencia era parte del paisaje en Ferraz. Quien levantaba la mano terminaba fuera de la fotografía. Lo de estos últimos días, en cambio, obliga a cambiar de pantalla.
El hecho de que más de 70 alcaldes socialistas se rebelaran contra la dirección del PSOE y se manifestaran por Ceuta, que la Policía que comanda Marlaska dejara por mentiroso a Sánchez apenas unas horas después de su desahogo verbal en la Cadena SER y que la ministra Robles le hiciera un feo en el Congreso en contra de la directriz oficial —que no era otra que romperse las manos a aplaudir—, acrecienta la sensación de hundimiento que persigue a este Gobierno desde que se iniciara la legislatura.
Son los suyos los que, por primera vez desde que Sánchez es Sánchez, empiezan a levantar la voz. El barco hace agua. Las mujeres y los niños primero.
A la descomposición política se añade una sucesión de errores de bulto en la estrategia comunicativa sobre Ceuta y el ensoberbecimiento que exudan sus apariciones públicas. Unas intervenciones que nos llevan a pensar que el presidente se encuentra orbitando fuera de este mundo y que no hay nadie de su equipo que le diga la verdad, bien porque no se atreven, bien porque no quieren. El principio del fin. The party is over.
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Conviene, sin embargo, no equivocarse otra vez. Que Sánchez esté tocado, que haya perdido la iniciativa y que apenas disponga ya de una ventana electoral en la que convocar elecciones bajo condiciones razonablemente favorables no significa que esté políticamente muerto. Le hemos redactado demasiadas veces la esquela para verla después en el cubo de la basura. No sería la primera vez que renace de sus cenizas.
Precisamente por eso, existe la convicción de que el presidente, acorralado y sin alternativas, sacará toda la artillería a su alcance en una clara estrategia de tierra quemada. Planteará escenarios y medidas extremas que jamás nos hubiéramos imaginado. La destrucción de las pocas instituciones que se le resisten.
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Cuando necesitó formar Gobierno, se echó en brazos de Pablo Iglesias después de explicar a los españoles que no dormiría tranquilo con Podemos dentro del Consejo de Ministros. Cuando necesitó los votos de Puigdemont, sacó la amnistía de la chistera después de asegurar que era inconstitucional y de negar que fuera a concederla. Cuando se tomó los cinco días de reflexión y los casos judiciales comenzaron a estrechar el perímetro de Moncloa, los suyos montaron un Watergate para desacreditar a jueces, fiscales y periodistas.
¿Y ahora qué estará preparando?
La primera pista apunta a la Corona. Sánchez aprovechó su entrevista en la Cadena SER para reprochar a Felipe VI que no hubiera visitado Ceuta durante sus supuestos 'veinte años de reinado' (sic). El error cronológico puede ser una simple equivocación. Lo demás resulta más difícil de digerir. Llueve sobre mojado. Unas semanas antes, Óscar Puente. Primero el ministro. Después, el presidente. Dos puntos permiten dibujar una línea.
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Luego también está el complot judeo-masónico de la ultraderecha reaccionaria. Ante la dificultad de explicar cómo decenas de miles de personas pudieron atravesar la frontera de Ceuta mientras las fuerzas marroquíes permanecían impasibles, el Gobierno ha preferido buscar responsabilidades bastante más lejos de Castillejos. Sánchez llegó a señalar públicamente campañas de desinformación vinculadas a Rusia e Israel —Trump de refilón—, además de redes internacionales de extrema derecha. Rufián le siguió el juego.
Ante semejante grieta interna y con el control del relato doméstico saltando por los aires, la respuesta de Moncloa no ha sido la autocrítica ni el repliegue táctico, sino la elevación doctrinal. Es ahí donde entra en juego la pieza más elaborada de su dispositivo defensivo: un argumentario distribuido estos días por wasap entre los cuadros del partido destinado a demostrar que, contra las apariencias, Sánchez ha gestionado impecablemente la crisis.
El documento, con cierto olor a IA, es para enmarcarlo en el museo de la posverdad: si Sánchez niega la responsabilidad de Marruecos pese a los indicios policiales, no es por debilidad, sino por realismo político; si evita enfrentarse a Rabat, no cede, sino que practica la prudencia; y si esa estrategia le cuesta votos, semejante sacrificio demostraría precisamente su condición de estadista. Todo encaja. 'Luego Sánchez hace lo correcto'.
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El wasap convoca sucesivamente a Maquiavelo, Hans Morgenthau, Robert Keohane, Joseph Nye, Kelly Greenhill, Richelieu, Robert Walpole, Willy Brandt, George Kennan y hasta lord Palmerston. Uno espera que en cualquier momento aparezca Metternich entrando por la puerta. La tesis se bautiza como la 'Geopolítica del Silencio'.
Maquiavelo —mentor intelectual involuntario de Pedro Sánchez— comparece para explicar que el gobernante debe sacrificar en ocasiones la moral convencional en beneficio de la supervivencia del Estado. Tiene cierta gracia que semejante razonamiento circule precisamente cuando el director del Gabinete de Presidencia, Diego Rubio, es autor de una tesis doctoral titulada The Ethics of Deception. La necesidad hecha virtud.
Según el argumentario, España mantiene con Marruecos una relación de interdependencia asimétrica. Rabat controla la espita migratoria y puede abrirla cuando quiera; coopera en materia antiterrorista; es fundamental para determinadas cadenas industriales españolas; y constituye una pieza esencial de nuestra política sobre el Sáhara. Conclusión: enfrentarse públicamente a Marruecos sería una temeridad. Luego Sánchez hace lo correcto.
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El documento recurre también a Kelly Greenhill y su teoría de la utilización coercitiva de las migraciones. Precisamente porque Marruecos puede instrumentalizar los flujos migratorios contra España, sostiene, conviene no irritar a Marruecos. Si un vecino tiene capacidad para inundarte la casa, lo sensato no consiste en impedirle acceder a la llave de paso, sino en procurar que esté de buen humor. Luego Sánchez hace lo correcto.
Si Marruecos utiliza —como sostiene el propio argumentario— una estrategia de zona gris contra España, la respuesta correcta sería evitar cualquier reacción firme para no caer en su provocación. Es decir: sabemos que nos presionan y precisamente por eso debemos procurar que no se note demasiado. Luego Sánchez hace lo correcto.
En conclusión, el argumentario, como diría el presidente, es una 'inventada' intelectual de aúpa. El realismo político no consiste en confundir prudencia con sumisión. Es perfectamente razonable sostener que España necesita mantener una relación estable con Marruecos. Es nuestro vecino, un socio comercial relevante, un colaborador imprescindible en seguridad y un actor fundamental para el control migratorio. Precisamente por eso resulta todavía más grave permitir que esa interdependencia se convierta en dependencia.
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La historia que el extenso wasap utiliza para justificar a Sánchez también puede utilizarse en sentido contrario. ¿Hizo Zelenski lo incorrecto al resistirse a Putin? ¿Fue prudente tolerar la anexión de Crimea esperando que la concesión saciara las ambiciones rusas? ¿Fue realismo aceptar que Hitler desmembrara Checoslovaquia en Múnich para evitar una guerra que terminó llegando igualmente?
Las analogías históricas deben manejarse con cuidado. Pero precisamente eso demuestra lo absurdo de utilizarlas como estampitas para justificar decisiones previamente adoptadas.
¿Resultó catastrófico para España responder a Marruecos durante la crisis de Perejil? ¿Se hundió la cooperación policial? ¿Desapareció el comercio? ¿Se produjo la temida hecatombe diplomática? Y sobre todo: ¿puede considerarse una magnífica política exterior profundizar nuestra dependencia del único país que mantiene reivindicaciones explícitas sobre territorio español?
El argumento más revelador del escrito aparece, paradójicamente, al final. Después de toda la biblioteca de Relaciones Internacionales, el autor se quita por fin la toga universitaria y escribe que 'la derecha son los traidores y lo pagarán en las urnas'.
Ahí se termina la realpolitik y vuelve Ferraz. Tanta cita, tanta razón de Estado, tanta teoría de juegos y tanto equilibrio de poder para acabar en lo de siempre: los buenos somos nosotros y los traidores son ellos.
En realidad, toda la doctrina de la Geopolítica del Silencio parece construida para convertir una necesidad política de Pedro Sánchez en una decisión heroica de Pedro Sánchez. Si se enfrenta a Marruecos, estadista. Si no se enfrenta, también. Si gana votos, los españoles comprenden su liderazgo. Si los pierde, es porque ha sacrificado su interés personal por España. Luego Sánchez hace lo correcto. Siempre.
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