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Alejandro Villamor

¿Por qué hay negacionistas?

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Negacionistas alemanes durante una manifestación en Frankfurt CONSTANTIN ZINN Como es bien sabido en Galicia, «o falar non ten cancelas». La libertad del lenguaje para producir palabras y combinarlas permite construir discursos opuestos a los formulados por las distintas ciencias. Esta plasticidad, unida a una psicología cerrada a la persuasión, es el campo de cultivo de estrambóticas opiniones de toda laya. Frente al parecer de algunos, sí hay consenso en la comunidad investigadora sobre los distintos temas que los negacionistas ponen en entredicho. Sirva de muestra que el 97 % de los artículos académicos publicados sobre el cambio climático concuerdan en que tras él está la acción humana y en que sus efectos serán devastadores. El 3 % restante, de una forma u otra, muestran defectos metodológicos. Quizá el auge del negacionismo climático responda en cierta medida a intereses económicos de ciertos grupos y, desde hace algunos años, al beneficio político de quienes lo han abrazado como seña identitaria. De ser cierto que Donald Trump no cree en el cambio climático, resultaría difícil explicar su nada inocente obsesión con Groenlandia. A fin de cuentas, el deshielo es precisamente el fenómeno que ha convertido esa isla en un enclave tan goloso para la geopolítica, tanto por su acceso a ciertos recursos naturales como por la apertura de nuevas rutas comerciales. Si alguien quisiera afanarse en decir que no tiene delante de sí un libro real, sino una alucinación fruto del envenenamiento del aire por parte de lobis empresariales, por mucho que le diéramos en la cabeza con él no lo haríamos necesariamente cambiar de opinión. Si una persona quiere creer —o decir cínicamente que cree— que la Tierra es plana, que Leonardo DiCaprio es un androide o que las palomas son robots, disuadirla será una empresa harto compleja. Ante la imposibilidad de alcanzar un acuerdo mediante un criterio más o menos neutro —como la percepción compartida de los hechos— no hay explicación que valga. Sin embargo, el uso de la tecnología por parte de cualquiera (incluso de un negacionista) desvela una incoherencia de fondo entre el relato y los actos. La misma praxis científica que permite construir una televisión o emplear el GPS revela que ha habido una pandemia de un coronavirus: los juegos de la ciencia son, con muchos matices, afines; encajan entre sí como las piezas de un puzle. Mal que le pese, el negacionista está persuadido implícitamente. Su discrepancia explícita respecto del virus, del cambio climático, de la llegada a la Luna o de lo que sea es por consiguiente un ejercicio de incongruencia consigo mismo. Por lo dicho, cuánta verdad refleja la ficticia noticia del medio satírico El Mundo Today: «''El negacionismo no existe'', niega un negacionista». El negacionista, como todo quisque, no niega el conocimiento científico, lo asume. Lo necesita para calentar la habitación en la que escribe que el calentamiento global es una farsa o para publicar en sus redes que el 5G nos controla el cerebro. Pocas posturas ilustran mejor la capacidad humana de sostener cosas radicalmente incompatibles: unas para vivir, otras para opinar. Alejandro Villamor es profesor de Filosofía
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