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Jesús Fuentetaja

Mítines a 60 euros…o más

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Llevo un tiempo navegando por las procelosas aguas digitales que nos proporcionan las nuevas tecnologías y subido en la nave que me presta desinteresadamente El Adelantado de Segovia, a través de su imprescindible hemeroteca volcada electrónicamente por el Ministerio de Cultura en la sección de Prensa Histórica. Mi objetivo en esta ocasión era el de completar la información que estoy intentando reunir sobre el Club Deportivo Acueducto, el entrañable equipo de fútbol segoviano que dejó de existir en 1991, al que pretendo rescatar de la nostalgia que habita en la desgastada memoria de aquellos que alguna participación tuvimos durante su no larga existencia. Estaba uno concentrado en esta búsqueda, cuando pasando pantallas me tope con la entrevista que en la página 13 del periódico del día 25 de abril de 1977, le hacían a Alberto Cortez, el conocido cantante argentino afincado en España. Me llamó poderosamente la atención el titular con el que se abrían sus palabras: 'el cantante no debe adoctrinar, sino solo sugerir'. Es decir, es la inteligencia del escuchante quien debe sacar sus propias conclusiones. Esto dicho en plena transición hacia la democracia (recordemos que las elecciones no se celebrarían hasta dos meses después), puede entenderse como una forma inteligente de eludir la censura que estuvo vigente durante el franquismo y a la que los distintos artistas se habían acostumbrado a esquivar con buenas dosis de ingenio. No he podido por menos de acordarme de esta cita de quien, como él mismo cantaba, poniendo voz a Facundo Cabral, ni era de aquí, ni era de allá; porque cinco décadas después, antiguos compañeros de profesión (algunos ya octogenarios), prescinden abiertamente de su consejo y no sugieren, sino que, de forma directa, utilizan sus actuaciones para colar entre los asistentes a sus conciertos la carga ideológica de las opciones políticas en las que desde siempre todos sabemos que si no han militado, sí que han defendido y que siempre hemos respetado. Nada hay contra sus ideas, contra lo que piensan y contra lo que son, y mucho menos contra su derecho a expresarse libremente, incluso a través de sus canciones, pero quizás algunos de los que pagamos una entrada para oírles cantar y no a precios populares precisamente, agradeceríamos más que se dedicaran a eso, a cantar aquellas canciones que hayan elegido de su amplio repertorio y que han venido formando parte de nuestra memoria musical, pero no todos admitimos que desde el escenario intenten colocarnos la carga de sus pensamientos políticos, dando por hecho que estamos en la obligación de compartirlos. Puede que ello solo sea una consecuencia más de la complicada situación política y repercusión social que estamos por desgracia padeciendo, debida, principalmente, a la irresponsable actuación de quienes nos representan, que intentan por todos los medios orillarnos en cualquiera de los dos frentes en los que, de nuevo, intentan dividir al país, sin tener en cuenta a quienes intentamos deambular centrados en el río que nos lleva por la vida, valorando más lo que nos une que lo que nos separa. La responsabilidad de esta división social por motivos ideológicos, también debiera recaer sobre aquellos que, por sus actividades profesionales o por su repercusión mediática, pueden incidir más directamente sobre la opinión pública. Es el caso y el ejemplo más concreto de Miguel Ríos y de Víctor Manuel. El primero, no hace mucho que fue noticia porque parte del público asistente a uno de sus conciertos le recriminó abiertamente su actitud; similar a la que observé que mantuvo el segundo en su pasada actuación de las Noches Mágicas de la Granja, de la que fui testigo presencial. Queridos y admirados Miguel y Víctor, nos encanta vuestra música y vuestras canciones, alguna de ellas, como ya digo y recordando al desaparecido crítico de cine Carlos Pumares: con admiración de reclinatorio. Pero por favor, intentar evitar darnos más peroratas ideológicas a los que acudimos pagando a vuestros conciertos, que ya somos todos mayorcitos. Dejar vuestras respetadas consignas para cuando actuéis contratados por las formaciones políticas con las que sintonizáis; o incluso en el peor de los casos, para cuando lo hagáis en escenarios de acceso libre para el público, porque quien no esté de acuerdo con lo que oye, siempre tiene la opción de abandonar el recinto al que habrá accedido gratis. Reiterando en mi caso, mi admiración a toda vuestra obra artística, os agradecería que no intentéis colocarnos más mítines a 60 euros, o más, a los que acudimos pagando religiosamente nuestra entrada y que, por ello, nos hacemos acreedores al mutuo respeto que debierais tenernos. Como acabó cantando al final el propio Víctor: 'O aquí cabemos todos, o no cabe ni Dios'. Pues eso y en el peor de los casos, intentar recordar las palabras de vuestro colega argentino. Dicho todo lo anterior sin acritud alguna y, por supuesto, respetando a aquellos que no compartan el contenido de mi artículo.
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