Pedro Sánchez se ha quedado sin amigos dentro y fuera de España. Pero eso no le importa gran cosa porque no es con los amigos con los que piensa ya mantenerse en el poder, sino a costa de sus enemigos, y estos son cada día más y más valiosos.
Un dirigente político normal intenta crear alianzas y hacer amigos que le faciliten su gestión. Pero Sánchez no es un dirigente normal —ni quiere el poder para gestionar— y, aunque en un momento en el que pretendía serlo repartió sonrisas y dádivas para ganar apoyos, pronto se dieron cuenta todos de que no era amigos lo que buscaba, sino adeptos. Y se quedó con eso, con lo que tiene ahora, simples lacayos. Amigos, los ha perdido todos, tanto en nuestro país como en el exterior. Los últimos que le abandonan son dos mujeres que parecían hasta ahora abducidas por sus encantos y que han hecho ostensible su decepción con ocasión de la crisis de Ceuta: Margarita Robles y Ursula von der Leyen.
Ambas son símbolos del aislamiento de Sánchez. Ni aquellos socialistas que se le sumaron en su desafortunada carrera para hacerse con el partido ni la Unión Europea, donde tantas veces encontró refugio, para desesperación de muchos españoles, están hoy con Sánchez. Si le sumamos otras deserciones más notorias —sus viejos aliados independentistas a los que regaló la amnistía, sus socios comunistas y populistas, incluso algunos alcaldes del PSOE—, comprenderemos el alcance de la soledad de Sánchez.
Sin embargo, no es gracias a los amigos con lo que Sánchez aspira a continuar en el poder, sino a sus enemigos, por eso cada día se hace más y de mayor peso. Hace ya tiempo entendió que eso de enfrentarse a personajes como Milei, con el que no dudó en retirar a nuestro embajador en Argentina para dejar clara su enemistad, le funcionaba. Funcionó mucho mejor después su hostilidad hacia Netanyahu, a quien llegó a recriminar en su presencia por la política de su Gobierno en Gaza. Funcionó tanto este último truco que el asunto de Palestina es la mejor carta que la izquierda tiene hoy en su mano.
Es obvia la utilidad que ha encontrado en su rivalidad con Trump. Desde que sus asesores vieron que un político de Canadá había conseguido ganar sus elecciones, pese a ir por detrás en las encuestas, gracias a los ataques sufridos de parte de Trump, entendieron la utilidad de esa baza y no han dejado de usarla.
Putin también vale, aunque solo sea para compensar un poco las desavenencias anteriores y ganar las simpatías de los liberales europeos. Lo sumamos a la lista: Putin, otro enemigo. Esa lista no para de crecer. Meloni, por supuesto, fascista, enemiga. Aquí tiene un pequeño problema y es que, en estos momentos, Meloni despierta más simpatías en Europa que el propio Sánchez, como demuestra la carta que más de veinte primeros ministros europeos firmaron con ella contra la política del primer ministro español en Ceuta.
La respuesta de Sánchez a esa iniciativa: sumar a toda Europa al campo enemigo. La última pirueta en este sentido del insensato sin escrúpulos que preside nuestro Gobierno es declararse el único defensor de los derechos humanos contra la política migratoria que se va haciendo dominante en Europa y el mejor valedor de la causa nacionalista al negarse a apoyar la ampliación de la UE si no se aceptan antes el catalán y el euskera como idiomas oficiales. Por tanto, Europa, la Europa actual, enemigo también, pasa a formar parte de la fachosfera.
Y cómo olvidarse de la sensibilidad contemporánea por el peligro de las redes sociales y otros fenómenos tecnológicos. ¿Quién simboliza todo eso mejor que nadie? Elon Musk. A por él, que además es, o era, amigo de Trump. Musk, enemigo a combatir. Por supuesto, esto tiene una grave repercusión en el papel de España en el mundo, pero eso, en fin, ¿cuándo le ha importado?
Estos serán sus argumentos para seguir en el poder: medirse con los que están contra él. ¿Quién es en realidad Sánchez? Sería la pregunta lógica de quien le ha visto cambiar tantas veces de opinión y bando. La respuesta: lo contrario de Milei, Netanyahu, Trump, Meloni o Elon Musk. ¿Por qué votar por él?, podría preguntarse quien conoce su historial de corrupción. La respuesta: para que no gobiernen Milei, Netanyahu, Trump, Meloni o Elon Musk. Ninguno de ellos ni nadie que se le parezca es candidato en España, pero eso no importa, de eso ya se encargarán los medios afines de convencer a los votantes.
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