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Señal de alarma para las democracias

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Hay momentos en la vida de los países que acaban simbolizando un cambio de época, y la victoria aplastante de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones en el land germano-oriental de Sajonia-Anhalt puede ser uno de ellos: la confirmación de que la extrema derecha se ha instalado definitivamente como fuerza política central en el corazón de la Unión Europea. AfD sacó el domingo un 43,8% de votos y 39 diputados en el Parlamento regional, más del doble que en los anteriores comicios y quedó muy cerca de la mayoría absoluta. Si recibe el apoyo del grupo de izquierda antiinmigración Bündnis Sahra Wagenknecht, por primera vez desde 1945 un partido con raíces en el nacionalismo etnicista alemán dirigirá un gobierno de un Estado federado. El triunfo de esta ideología contraria a todos los principios humanistas sobre los que se construyó Alemania y Europa tras la posguerra no es irreversible, y es la tarea de los demócratas evitarlo. Aunque en Sajonia-Anhalt solo viven 2,1 millones de personas, el resultado de estas elecciones está muy lejos de ser anecdótico. No lo es por la historia de Alemania, ejemplar en su manera de afrontar los crímenes de su pasado, pero que, como se ha visto ahora, no se ha inmunizado ante las ideas de exclusión y xenofobia. AfD ya lidera los sondeos a escala nacional por encima de la Unión Democristiana (CDU) del canciller federal Friedrich Merz, uno de los grandes perdedores en esta elección. Y su triunfo responde a un movimiento de fondo que en la última década avanza en Europa y América. La extrema derecha alemana no es una extrema derecha más. Su radicalidad ha llevado a partidos de su misma órbita, como el de Marine Le Pen, a marcar distancias. Algunos de sus dirigentes conectan directamente con las corrientes que llaman a relativizar el nacionalsocialismo o plantean medidas excluyentes contrarias a la Ley Fundamental de 1949. Algunas causas de la consolidación de este partido radical en la sociedad alemana son comunes en otros países, desde la distancia entre las metrópolis más dinámicas y las regiones rurales a la percepción por una parte de la población de la inmigración como amenaza. Todo esto es combustible para los demagogos. En el caso de AfD existe un contexto singular alemán, por la especificidad de la antigua República Democrática Alemana, menos próspera que el Oeste y donde muchos de sus habitantes se sienten ciudadanos de segunda. Propulsada por una economía estancada, una industria que pierde el tren de las revoluciones tecnológicas y la erosión del poder adquisitivo, AfD es un fenómeno que va más allá del Este. Alemania sufrió en la última década un triple choque: el fin de la energía barata rusa, la pérdida del mercado exportador en China, y, en el horizonte, la retirada del paraguas protector de Estados Unidos. Todavía no se ha recuperado. El resultado es la mayor victoria de la extrema derecha en Alemania desde la caída de Hitler y el descalabro de los partidos tradicionales, cuyas fórmulas han resultado fallidas. Los cordones sanitarios sirvieron para mantener a estas ideologías lejos del poder. Ya no. Lo que ha fallado es la incapacidad para hacer real la promesa de prosperidad compartida con la que se refundó Europa tras la II Guerra Mundial y responder a un malestar en sectores de la población que acaban acudiendo a las respuestas fáciles de los radicales. La obligación es lograrlo desde el europeísmo, los derechos humanos, la defensa del modelo social europeo y el respeto a los votantes. No existe otro país en el que la prosperidad y la democracia hayan ido tan de la mano como en la Alemania, que se reconstruyó tras el año cero de 1945. Si esta promesa falla allí, puede fallar en otros lugares, y sería el fin de Europa tal como la hemos conocido. Sajonia-Anhalt es una llamada de alerta. No es tarde para despertar.
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