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Las joyas de la corona, por Anna Grau

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En 2011 di a la imprenta mi libro De cómo la CIA eliminó a Carrero Blanco y nos metió en Irak (Destino), fruto de dos años de investigación y de buceo en los archivos secretos de la CIA y de otros servicios secretos de Estados Unidos. Trabajé dos años para comprender cómo funcionan estos servicios y cómo se han relacionado a lo largo de la historia con los nuestros, que era el objeto del libro. Humildemente, creo que esto me dota de cierto trasfondo que explica que casi me cayera de la silla al oír al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunciar la desclasificación indiscriminada y total de los informes del CNI sobre la situación en Ceuta. ¿Está loco?, recuerdo que pensé. No me extraña que Margarita Robles no aplaudiera. Estas cosas sencillamente no se pueden hacer. O no las puede hacer el Gobierno. Veamos un ejemplo de por qué. En 1973, después del Watergate y otros escándalos, el entonces director de la CIA, James Schlesinger, dio la orden de sacarlo a la luz todo. Absolutamente todo. Sin anestesia. Salieron 700 páginas de barbaridades, desde magnicidios (fallidos o logrados) de líderes extranjeros hasta espionaje interno a periodistas, apertura de correo de ciudadanos americanos (ilegalísimo, prohibidísimo), pasando por programas de control mental y de experimentación con drogas entre la población más marginal. Lo llamaron «las joyas de la Corona» y fue la bomba. El prestigio de la agencia de inteligencia norteamericana quedó muy tocado y seguramente no se haya recuperado nunca. Cada vez la CIA es más percibida como una especie de comando de acción rápida (generalmente ilegal) que como una central de análisis para entender lo que pasa en el mundo. En décadas más recientes, todos los periodistas de investigación que han —hemos— podido desclasificar documentos secretos y darlos a conocer lo hemos hecho. Ya me perdonarán que yo me sienta más cómoda comparándome con Seymour Hersh —el periodista que hizo públicas las «joyas de la Corona» de la CIA en The New York Times— que con el archimitificado Julian Assange y sus huestes de Wikileaks. Dije en su día, y lo mantengo, que Wikileaks no era periodismo. Entrar en archivos secretos como elefante en cacharrería y volcarlo todo, sin cribar ni analizar nada, no ayuda a nadie a comprender mejor la realidad. Porque eso no da claves. No aporta valor añadido ni búsqueda de sentido. Solo sirve para exponer miserias y puntos débiles que, créanme, toda estructura política de todo país tiene. Abre de par en par las puertas a la inteligencia enemiga. Una de dos, o Pedro Sánchez propone hacerse un Wikileaks y a la porra todo, y si nuestra propia inteligencia se vuelve de cristal, pues a él que le quiten lo gobernao, o cuando lanzó su órdago era plenamente consciente de que alguien desde Defensa se plantaría y le pararía los pies. Para que nuestro país no quede así de expuesto por su culpa. Ah, pero la paradoja de todo eso es que si al final se hace lo que es de sentido común —una desclasificación selectiva—, la «manita inocente» que seleccione qué sale a la luz pública y qué no tendrá todas las excusas para elegir aquello que le favorece y obviar aquello que no, al margen de la realidad objetiva. Se podría, por ejemplo, sacar un informe descartando avalanchas masivas en Ceuta y silenciar otro informe inmediatamente posterior desdiciéndose de eso y anunciando un gran peligro. Pase lo que pase, no sé si en la Moncloa alguien ha medido bien la importancia y la gravedad de dejar con el culo al aire así, o intentarlo, a los servicios secretos. No hay más ciego que el que no quiere ver.
Las joyas de la corona, por Anna Grau
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