Ya hemos visto esta película. Cuando las cosas no salen o funcionan más o menos, aparece la idea salvadora de echar mano de Malvinas. Ha pasado en muchos gobiernos. Hasta Alfonsín, que se había negado a subir al charter alcahuete de políticos y empresarios que viajó a Puerto Argentino para aplaudir al general Menéndez, estuvo a punto de caer en esa tentación. Fue en la crisis del 87. Hace un ratito, lo vimos todos, volvió a mostrarse con fuerza en el Mundial, convertido un partido de fútbol en la continuación de la guerra por otros medios y la victoria sobre Inglaterra en una reivindicación de los combatientes en las islas.
Si uno se toma la molestia de mirar la historia, a nadie le ha ido bien con el uso de Malvinas. A la cabeza están los militares, que al ocuparlas hace casi 45 años imaginaban una perfecta huida hacia adelante para seguir en el poder. Todos sabemos cómo terminó la aventura. Ahora Milei trata de sacar el mismo conejo de la galera. Nadie sabe cómo le irá. Lo mueve un nacionalismo repentino, electoral. Pero Malvinas es un sentimiento poderoso y una causa justa: una oportunidad para recuperar la iniciativa y buscar nuevos votantes.
Las repercusiones que ha provocado son las que podían imaginarse. Los británicos recordaron su apoyo 'inquebrantable al deseo de los isleños de seguir siendo un territorio de ultramar', según el primer ministro Burnham. Y fueron más lejos para advertir que 'nuestras fuerzas armadas están alertas las 24 horas del día, los 7 días de la semana, para proteger al Reino Unido y nuestros intereses'. Una respuesta al anuncio provocador de Milei, con el ministro de Defensa a su lado enfundado en su uniforme de general, de crear un Consejo Nacional de Seguridad, algo así como revivir el famoso CONASE del dictador Onganía, creado en 1966.. ¿Para qué? Ojo: en crisis y cascoteado, al gobierno laborista le viene al pelo en estas horas nuestra sobreactuación de nacionalismo.
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