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David Cerdá

Celebrar un divorcio

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Hay algo que parte el corazón en esas fiestas de divorcio que –me dicen por el pinganillo– ahora se prodigan. Uno entiende el alivio cuando una historia se ha vuelto irrespirable; a veces salir de una relación es, literalmente, salvarse. Pero hablamos de otra cosa, de la creciente costumbre de festejar el fracaso amoroso como si fuera una promoción interna del alma. A comienzos de este año, Toni Harding, 42 años, organizó su'divorce party'con catering, DJ, cabina de selfis y noventa invitados. Declaró aPeople: 'Fue mejor que mi boda'. Eso es una insensatez, además de una horterada. 'Quise celebrar que ya había pasado página', comentaba Harding. Pues mire usted, no. Conviene llamar a las cosas por su nombre. Un divorcio es un fracaso en toda regla. No hay nada degradante en reconocerlo. Al contrario: es el primer paso para no reincidir. En Instagram ya hayhashtags,reels,tartasy se habla del embellecedor 'efecto divorcio'. Esto ya no es una rareza privada, sino un recurrente espectáculo y hasta un modernísimo rito. La red no solo exhibe el divorcio, sino que lo convalida como 'una etapa más'. Los usuarios consumen contenido de 'sanación', todo es 'dejar atrás' y 'mereces más'. Es una coreografía que convierte un naufragio personal en espectáculo emocional prefabricado. La literatura rara vez ha confundido una catástrofe íntima con una fiesta. Anna Karenina no organiza una cena para celebrar que ha dinamitado su vida. Madame Bovary no encarga una tarta para conmemorar que se hunde. Apunta Vivian Gornick enEl final de la novela de amorque ahora que los amores no son trágicos, sufrir por amor ha perdido su pathos. Pero quebrar un matrimonio no es una experiencia ligera con secuelas nimias; es una fuerza de demolición biográfica. El impacto económico del divorcio es devastador. Cuando un hogar se disuelve, el ingreso familiar puede desplomarse hasta la mitad, y lo que sobrevive rara vez se recupera por completo, dejando a muchas familias al borde de la pobreza. La situación se agrava cuando hay hijos de por medio. Los costes legales, la vivienda duplicada, las pensiones y la manutención se suman como cargas insalvables, y quien asume el cuidado –casi siempre la madre– ve derrumbarse su nivel de vida y entra en riesgo real de exclusión social. Claro que separarse no es el final de nada, que hay que preservar la autoestima y mirar al frente. Nadie debe vivir abrazado a unos escombros. Pero no se acerca uno ni un centímetro a un futuro mejor trivializando sus desastres sentimentales, ni contando que todo acabó 'porque tenía que acabar', esa superstición contemporánea. No se trata de autoflagelarse, sino de respetarse. Lo incivilizado es poner música, brindar y convertir la derrota en una verbena. Decía Woody Allen que hay muchos motivos para el divorcio, pero que el principal es y será el matrimonio. Nadie debería resultar aplastado por haber fracasado en sus amores. Todo el que tropezó merece comprensión y delicadeza, y de nada sirve humillarse. Pero precisamente por eso necesita uno también verdad para levantar la cabeza. Porque si uno no se duele un poco de lo que se rompió, lo siguiente no será una nueva oportunidad, sino el preludio de la siguiente debacle. 'No, nada de nada, no, no me arrepiento de nada', cantaba Edith Piaf. Uno no sabe si la destrozaron más las drogas y el alcohol o sus fallidos amores; tampoco es que sea fácil separar ahí consecuencia de causa. La suya es, no obstante, una historia bien triste, que ella jamás trató de dulcificar. De hecho, si su arte aún nos conmueve es porque hay en su dolor algo cálido y profundo. La seriedad en el desgarro nos dignifica, y nos recuerda que no todo se puede celebrar con luces de neón ni globitos. Imposible imaginar a Piaf bailando un reguetón entre selfis y confeti cuando se le rompía el corazón. El alivio puede ser muy comprensible. Pero los fracasos vitales no se festejan: se lloran, se piensan, se ordenan y, si Dios quiere –ahí aparece la sonrisa–, se redimen.
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