No sé si a ustedes les ocurre lo mismo, pero yo llevo ya muchos días acongojado (o lo otro) con las noticias y elucubraciones varias que nos asaltan bajo el denominador común de la Inteligencia Artificial (IA). Cada vez entiendo menos y cada vez duermo peor a cuenta de unas informaciones y análisis que, de hecho, son amenazas. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Ese es otro de los grandes problemas existenciales, si es que la IA entiende de Existencia tal y como la entendemos nosotros desde hace siglos o, como es mi caso, desde mis primeras charlas con el más sabio intelectual que he conocido personalmente, el gran Pepe Jiménez Lozano. Y nadie sabe, ni los mejores expertos, cuales son los límites de esa Inteligencia Artificial que está marcando nuestras vidas y nos está convirtiendo en harapos anímicos, en peleles a los que manejan como marionetas desde no se sabe dónde, ni cuando, ni cómo. Estamos en sus manos, pero ¿en las de quién o quiénes? Aparte de manejarnos y sacarnos la hijuela, ¿hacia qué lugar quieren llevarnos?, ¿qué margen de maniobra nos dejan para que podamos hacer nuestra propia vida?, ¿dónde va a quedar nuestra libertad individual? Quizás sea muy conveniente hacernos estas preguntas sin demora porque es mucho, muchísimo, lo que está en juego. Sin embargo, se habla poco de ello, menos de lo necesario. Como casi siempre, lo urgente oculta y relega a lo necesario. Lo acabaremos pagando.
Hace unos días, leí una información que me desató una tempestad de inquietudes y pavores. Resulta que las propias IA han desafiado ya a sus creadores, o sea que van por libre sin hacer caso a quienes las pusieron en marcha y creían dominarlas. Con ser esto muy grave, lo es más peliagudo es que algunas de estas IA, una en concreto, al ser pillada en su maniobra, creó una segunda identidad para respaldar su inocencia.
Pónganse en situación: una IA, sin que nadie se lo ordene, entra en sistemas de otras empresas, comparte información por su cuenta, delata a IA rivales y miente para borrar sus huellas. Y si la cazan, elabora una segunda identidad para que nadie, ni sus propios creadores, la descubra. ¿No les ha entrado un escalofrío por la columna vertebral? Ese escalofrío ha aterrizado ya en las seseras de quienes más saben de IA. Tanto que algunos han reclamado una moratoria en el desarrollo de los estudios, investigaciones y operaciones mientras surgen problemas por doquier. Uno de los más graves es, ¡acabáramos!, el económico. Hay billones en juego. Las dos grandes compañías que se disputan la supremacía, OpenAI y Anthropic, están a punto de salir a Bolsa con todo lo que ello significa para grupos que se ventilan unas cantidades alucinantes, de esas que nuestras mentes no alcanzan a comprender: 827.000 millones de euros Anthropic y 730.000 OpenIA. Y, claro, para ganar más dinero, para dominar el mercado, tienen que jugar con nuestras vidas, manejarnos como muñecos.
Y también está en liza la lucha geopolítica, el Poder, con mayúsculas, entre Estados Unidos y China. Ambos países, a través de sus empresas, buscan liderar los avances en IA para convertirse, aun más, en los dueños del mundo, en quienes marquen el rumbo de las economías, las políticas y el devenir de los equilibrios y los desarrollos mundiales. Una encuesta realizada por Pew en 25 naciones revela un cambio drástico en la percepción que los ciudadanos tienen de la Inteligencia Artificial: por primera vez, la gente está más preocupada que entusiasmada sobre el uso y las consecuencias de la citada IA. Y, ¡oh, sorpresa, también los jóvenes están incluidos en este apartado de recelo. O sea, hay ya más miedo que seguridad ante los movimientos incontrolados de las IA que actúan por su cuenta. ¿Recuerdan aquel computador, el Hal, que, en la película '2001 una odisea del espacio, iba matando a los ocupantes de su nave? Stanley Kubrick la rodó en 1968. Parecía imposible que algo así sucediera en la realidad. Pues…
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