Desde la llegada del presidente Donald Trump a Washington se ha modificado mucho la situación en América Latina. Por una parte, hay un cambio en la política estadounidense, que regresó a la Doctrina Monroe, y lo planteado en las estrategias de seguridad y de defensa nacional de Estados Unidos se ha estado implementando sin titubeos en Venezuela, Cuba y algunos lugares más. Por otra parte, ha evolucionado la situación política en los países latinoamericanos, donde los gobiernos de izquierda populista, algunos de ellos muy cercanos a Rusia y China, fueron sustituidos por líderes de derecha cercanos a Trump. Esta nueva circunstancia influye en la presencia de muchos actores extrarregionales. Uno de los afectados es Rusia.
La situación de Rusia es muy particular porque se trata de un país que, en general, no construyó relaciones económicas sólidas en América Latina, tal como lo hizo China. Además, en los últimos años Rusia perdió aliados muy valiosos en vez de consolidarlos. Ya no se trata sólo de gobiernos de izquierda radical que desaparecieron en Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú y ahora también en Colombia. Lo realmente doloroso para Rusia es la pérdida de Venezuela, que durante años fue uno de sus principales puntos de apoyo político, económico y estratégico en América Latina.
El Concepto de la política exterior de la Federación Rusa, de marzo de 2023, menciona a Brasil, Cuba, Nicaragua y Venezuela como los principales aliados rusos en la región. De los cuatro, hoy queda sólo Nicaragua sin plantear dudas respecto a su cercanía con Rusia. Por lo demás, Venezuela se encuentra bajo fuerte influencia de Estados Unidos, hay incertidumbre sobre el futuro de Cuba y queda por verse el resultado de las elecciones en Brasil.
La presencia rusa en Latinoamérica se desarrolla sobre la base de tres elementos. Primero, están las relaciones puntuales con gobiernos de izquierda radical. Segundo, están las simpatías de la izquierda latinoamericana —élites políticas, académicas e intelectuales—, que hunden sus raíces en los tiempos soviéticos y que Rusia ha sabido cultivar a pesar de que hoy es un país autoritario y conservador. Tercero, la presencia de la desinformación rusa a través de RT y Sputnik, magnificada en las redes sociales, contribuye a la construcción de influencia rusa en grupos sociales más amplios.
En la actualidad, a Rusia le quedan pocos lugares para operar libremente y uno de ellos es México, donde se ha detectado un gran crecimiento de actividades rusas, como la desinformación y el espionaje desde al menos 2021. La pérdida de Venezuela no necesariamente reduce la atención rusa hacia América Latina, sino que contribuye a aumentar el valor estratégico de los pocos espacios que Rusia conserva. Es de esperarse que, frente a la pérdida de 'plazas' en América Latina, aumente la actividad y la presión rusa en México, no sólo por la relevancia del país y su vecindad con Estados Unidos, sino también para atender la situación en otras partes de Latinoamérica.
Por Beata Wojna
PAL
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