Ceuta lleva más de un mes en todos los medios nacionales e internacionales como ejemplo de ineptitud del Gobierno (siendo benévolos) o de vileza, ruindad ... y canallada (según apuntan todos los indicios). Los ceutíes se han quedado sin veraneo agosteño en esta ocasión. Y puede que les suceda otro tanto el año próximo. Sírvales de consuelo el hecho de que el pasado miércoles la sociedad española expresó su solidaridad con ese trozo de España históricamente víctima de las apetencias del moro. Salamanca, por su parte, desbordó la Plaza con gentes y banderas.
Los marroquíes están convencidos de que, al margen de consideraciones históricas, Ceuta y Melilla les pertenecen. Por el contrario, no creo que haya muchas personas en nuestro país que duden de la españolidad de las dos ciudades, salvo quienes por distintas razones acusan una deplorable vaciedad de los aposentos cerebrales. Maimónides, el preclaro judío sefardí cordobés, escribió en su Guía de perplejos (1190) que el ignorante cree que todo el universo existe para su beneficio. Pues si de beneficios se trata, yo reivindico la españolidad de Tánger y Tetuán. ¿Por qué no?
Crisis como esta nos enseñan que hay políticos arraposados y fingidores, petimetres, mequetrefes y rufianes, zascandiles y camanduleros. Son falsos modelos de regeneración y quebrados espejos de virtudes. Flagelos contra los corruptos, decían de sí mismos desde la tribuna del Congreso. En realidad, son necios disfrazados de bellacos y pregoneros de maturrangas como las que nos han querido colar a propósito de la invasión de Ceuta. El régimen marroquí, con sus arteras artimañas, es un serio peligro para España, pero de lo escuchado el jueves en el Parlamento se podría colegir que también nuestro Gobierno es otro peligro para España.
A mí me gustaría conocer los beneficios que perciben ciertos políticos (en ejercicio sesteante o en apacibles retiros con el riñón bien cubierto) como resultado de sus inversiones en Marruecos, por ejemplo. Tal vez nos lleváramos más de una sorpresa al toparnos con nombres de esclarecidos personajes obligados a tentarse la ropa antes de manifestar su desapego por el régimen marroquí y proclamar al mismo tiempo su inmarcesible solidaridad con Ceuta; si bien, a la hora de elegir entre Dios y el dinero, lo segundo es lo primero. Vengan, pues, ollas y pasen días, que diría el refranero popular. Ellos sí podrán veranear donde les venga en gana, excepto en las playas de Ceuta. Lógicamente y por el propio bien, procurarán que sus intereses no peligren y la nave no zozobre. Las que sí zozobran, y de ello hay trágicos testimonios, son las pateras atestadas de carne para las mafias. De los cadáveres recogidos en Ceuta nadie se acuerda al otro lado de la frontera. Ni para reclamarlos, ni para enterrarlos dignamente.
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