Este pasado sábado, 29 de agosto, el 80,6% de la población de Islandia con derecho a voto, acudió a un referéndum para decidir dejar en suspenso cualquier proceso negociador para su integración en la Unión Europea. El 52,8% de los votantes superó a un 47,2% que sí apoyaban la propuesta gubernamental para continuar en un proceso de más de 15 años de conversaciones, con suspensiones, idas y venidas que ni terminan con un acuerdo satisfactorio, ni ofrecen un escenario ilusionante y diferenciador de futuro, ni parecen adecuarse a las demandas y necesidades de los islandeses, a tenor de su elección.
¿Por qué un 'pequeño país' de poco más de 100.000 km2 y 395.000 habitantes, que ya pertenecen al Espacio Económico Europeo (EEE), al EFTA (Asociación Europea del Libre Comercio), al tratado de Schengen para facilitar o garantizar libertad de movimientos con/en la Unión Europea, a la OTAN, no se ve motivado a 'avanzar' hacia una adhesión plena aspirando a ser un Estado Miembro y no un 'socio o compañero especial y preferente'?
Desde la distancia, una inmensa mayoría de observadores consideran un 'error islandés' no buscar el cobijo de un relativamente más poderoso escudo protector de la Unión Europea, ante múltiples riesgos que se supone hipotecarán el futuro de este 'pequeño y aislado país', 'alejado de los centros continentales de decisión', expuesto a los grandes peligros del cambio climático, sin 'ejército propio' que le defienda de una creciente geopolítica invasora en tiempos en que el reclamo a creer en ejércitos y/o seguridad se extiende como mantra dominante, a merced de los 'bloques y tablero mundial' con enorme apetito, ya sea por Groenlandia, o por el Ártico, o por impedir que sus contrarios sumen compañeros de viaje. ¿Por qué han elegido seguir fuera de este club europeo que colmaría todas sus necesidades? ¿Es tan irracional la decisión democrática por la que optan los islandeses? No lo parece.
Quizás la mejor explicación no sea solamente interna (más adelante revisaremos sus fortalezas) de un país que parece mirarse más en el espejo de sus vecinos y compañeros como Noruega o Suiza, o ellos mismos observando a otros jugadores clave en sus redes internacionales a las que ya hoy se han incorporado (una gran mayoría ya dentro de la propia UE, en plenitud o con acuerdos especiales). Sin duda, la Unión Europea necesita mirar hacia dentro de sí misma y reflexionar sobre su estructura, su gobernanza, sus estrategias y políticas, su continuo y creciente desaliento interno, y la relevante desafección de los fundadores y defensores preeuropeos que creemos en los principios de libertad, democracia, solidaridad, humanismo y bienestar que, desde la subsidiaridad y peso constituyente de sus pueblos, no se encuentran satisfechos con este conglomerado de Estados más centralistas o centralizados que nunca, especialmente burocratizado, ineficientemente gobernado, escasamente participativo y con pobre control democrático real de 'sus gobernantes', de sus 'fondos compartidos', y con más que aparente desorientación respecto de un futuro deseado y cada vez más incierto y lejano.
Quizás no es cuestión de poner el acento culpable en los que se van o en quienes no quieren 'mayor protección igualitaria' perdiendo su espacio de cosoberanía, coprotagonismo y cocreación de su propio futuro. Resulta imprescindible reflexionar y atender a las reclamaciones de quienes nos quedamos. O, quizás, simplemente, deberían buscan ser coherentes con sus propias políticas guías que su Comisión Europea (y supuestamente, aprobada e impulsada por su Euro Parlamento) explica y ofrece como pilares del futuro estratégico de 'su Europa del futuro'. Ni el Plan Draghi para garantizar la ruta de una Europa de la Competitividad y el Bienestar se articula con la eficiencia, certeza, velocidad e intensidad sugerida, ni la 'imprescindible' simplificación administrativa, burocrática del Plan Letta parecerían moverse en la dirección deseada. Entre tanto, cuota tras cuota hacen del 'Gatopardo-Lampedusiano' (aparentar movimiento para no cambiar nada), la fortaleza de su discurso y práctica evitando nuevos horizontes, complejos, pero absolutamente necesarios. Con estos mensajes observables no parece disparatado que un país con una amplia interacción con la Unión Europea entienda que su futuro deseable puede o debe lograrse desde muchas de sus fortalezas y apetencias propias, sin renunciar a construir 'su propio futuro'.
Islandia entiende su posición geoeconómica, geopolítica y geoestratégica muy bien. Es plenamente consciente de sus riesgos, peligros y dificultades, a la vez que de sus fortalezas. Sabe que es uno de los países más ricos del mundo, de mayor nivel de bienestar y sabe muy bien que eso no es garantía permanente de éxito futuro. Es consciente de los obstáculos (propios y ajenos) que ha de superar para competir con su visión de cocreación de valor para una sociedad y comunidad inclusiva. No solamente ha de trabajar (que lo hace) para cumplir con su visión 2035, sus planes deseados de imprescindible logro para seguir creyendo en ella y avanzando, construyendo sobre sus fortalezas. Ha sabido, sabe y, seguramente, sabrá, hacer de la geotermia, los geo-datos y las tecnologías asociadas, de las energías renovables, los pilares de desarrollo sostenible. Lleva años construyendo y coparticipando en redes en sus espacios compartibles: el espacio nórdico, el espacio báltico, el espacio ártico, en coopetencia, diversificando su política industrial, apoyada en su creciente innovación y desarrollo tecnológico, potenciando los pilares clave para hacer posible su futuro. Y lo viene haciendo generando espacios e iniciativas compartidas: con North 2.0 faro de su digitalización innovadora que posibilita (también a su tamaño 'pequeño y gestionable') ofrecer los servicios públicos esenciales que en colaboración con el mundo privado propicia un potente desarrollo de su política industrial con alimentación, tecnologías interiores de energía, una 'renovada salud avanzada' integradora de tecnología ad hoc facilitadora, IT servicios, digitalización y servicios sociales, comunitarios y de una educación STEAM (que invierte de forma intensa en tecnología a la vez que apuesta por el pilar de 'Experiencia'/Educación creativa, turismo responsable) una apuesta base en infraestructuras, logística altamente especializada.
Hoy, Islandia, es miembro coprotagonista de espacios de interés común: en un espacio Báltico clusterizado 'asociado' con las repúblicas independientes del Báltico (UE), Dinamarca, Noruega, Países Nórdicos. Sabe que, dentro o fuera de la Unión Europea, está y estará relacionado con Escocia (independiente, dentro o fuera del Reino Unido y/o de la Unión Europea), estará vinculada al Reino Unido (con o sin Brexit), será parte del futuro de Groenlandia (y, por supuesto, de la OTAN, con o sin ejercito convencional), seguirá comerciando con otros países (UE o no). Aspira a dirigir su destino (en la medida que pueda hacerlo) y es plenamente consciente que puede realizar su largo, siempre complejo, recorrido sin un eurodiputado o un comisario de una disciplina menor, tras un esfuerzo titánico de burocratización, regulación y renuncia a sus propios planes y proyectos.
¿Tiene Islandia garantizado su futuro? Por supuesto que NO. Nadie lo tiene, tampoco la Unión Europea. Lo que sí tiene, es la capacidad y fortalezas necesarias para transitar y construir su futuro aspiracional. Sabe que ha de colaborar, construir redes colaborativas, participar en y con terceros (muy especialmente con Europa), pero ni debe renunciar a su propio protagonismo, compromiso y esfuerzo, ni puede renunciar a convivir con terceros. No ha decidido aislarse de Europa. Ha decidido no despistarse en un ineficiente proceso 'negociador' hacia un escenario desconocido y escasamente atractivo en el que siente perder su propia personalidad y capacidad de decidir.
Todo un desafío para Islandia. Por supuesto. Pero, a la vez, un enorme aviso para la Unión Europea. ¿Por qué no hemos resultado suficientemente atractivos para un país como Islandia? ¿Qué se aporta más allá de lo mucho que se comparte ya hoy sin la atadura de una adhesión plena?
Uno de los mayores riesgos de la 'nueva geopolítica' reside, precisamente, en no comprender que la falsa globalización centralizadora y unificadora con gobernanza única, con reglas similares para todos, y ausencia de 'localización' y territorialización 'microeconómica', autogobierno, subsidiaridad y verdadero control democrático, conforma una 'nueva savia' de desafección y rompe principios y pilares esenciales para la imprescindible colaboración multi actores.
Si aprendemos, quizás una próxima oportunidad abra, de manera entusiasta, nuevos espacios de conversaciones, negociación e incorporación. Y, sin duda, con o sin ampliaciones, construiremos una mejor y deseada Europa, protagonista clave del desarrollo humano sostenible. Un verdadero espacio de competitividad, bienestar, sostenibilidad y desarrollo compartido.
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