Todavía la veo, como si fuera hoy, corriendo cargada de apuntes, Calle Compañía arriba, sacando minutos que no había en el reloj para compatibilizar sus ... estudios de Derecho con los ensayos del Coro Tomás Luis de Victoria, una de sus muchas digresiones artísticas, inevitables de acuerdo a su carácter y a su talento. Se deslizaba con agilidad y gracia por detrás de las soprano agudas hasta ocupar su lugar con las soprano spinto, cuando estábamos ya calentando las voces, y a su llegada los tenores sacaban un poquito más de pecho y entonaban con más dedicación, porque Pupe ha sido siempre guapa, guapa, guapa, de esas mujeres cuya presencia reorienta involuntariamente las energías al entrar en la habitación.
A pesar de sus buenas notas, ella ya dudaba entonces que lo suyo fuera la abogacía, pero los padres de nuestra generación nos conducían, lo primero, a obtener un título serio. Y no necesariamente asociaban la seriedad con la vida de los artistas. Su inteligencia y su sagacidad la habrían convertido en una abogada de primera, no me cabe duda, si hubiera seguido por ese camino. Pero Pupe derivó hacia la interpretación como los grandes y caudalosos ríos derivan hacia el mar, siguiendo una especie de ley gravitatoria de los ingenios cuya fórmula se impone en el tiempo y el espacio de la vida.
Pupe es hoy Guadalupe Lancho, una artistaza seria, seria, seria, que busca la esencia y la integridad en cada personaje cuya piel habita y que se desenvuelve igual de bien poniendo alma a un guion que cantando o bailando, o lo que se le ponga por delante. En el papel de pregonera, va a darlo todo, estoy segura. Y lo hará como siempre, desde una cercanía comprometida y coral. Porque además de artista, es buena persona, siempre atenta a los gozos y los quebrantos de todos, desde una humanidad que la acredita como buena compañera. Conociéndola, meterá también alguna cuñita de inconformismo. Por eso estoy tan expectante ante este pregón, que seguiré con especial cariño. Felicidades por tan conmovedora distinción, Pupe, y felicidades al Ayuntamiento por el acierto de prestar creciente atención a nuestros artistas, y muy especialmente a nuestro teatro.
Es evidente que Salamanca respira monumentalidad por sus calles y plazas, pero también late en el pulso de sus actuaciones. El teatro, arte ancestral y siempre nuevo, no es sino una forma de respiración colectiva, en la que la ciudad se piensa a sí misma y se escucha, con la valentía de quien se atreve a contar su verdad. Y nuestra ciudad, además de ser cuna de saberes y refugio de humanistas, ya contaba en 1605 con el Corral de Comedias de Salamanca, uno de los más activos del reino, prueba de que las representaciones teatrales forman parte de la médula de nuestra tradición.
Lo sabía Miguel de Unamuno, que veía en la escena un espacio de conciencia. «La vida es tragedia, porque es lucha», escribió, y esta cita cobra vida en cada visita teatralizada, en verano, o en las Noches de Fonseca, otro acierto indiscutible; en el Festival de Teatro de Castilla y León en Ciudad Rodrigo o en el programa teatral del Festival del Siglo de Oro. En nuestras Ferias, tras el protagonismo indiscutible de la patrona, hay espacio para toros y saltos de hípica, para charolesas y gallinas peludas, para ofrendas florales y traje charro, para coches de choque y conciertos en la Plaza, pero la presencia del teatro supone un añadido nada desdeñable. Por eso, además de desear unas felices ferias a todos y de subrayar en la agenda el pregón de Guadalupe Lancho, aprovecho esta oportunidad para dedicar un sentido e íntimo homenaje a nuestras gentes del teatro. Lope de Vega defendía la comedia como el espejo del pueblo y Calderón, más filósofo, como forma de conocimiento, como método para interrogar, discutir y reinventar la vida, que «es sueño». Esa tradición sigue viva en Salamanca, en cada uno de sus grupos teatrales y en cada esfuerzo público por seguir impulsando el teatro.
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