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Cecilio Nieto

Frente a Marruecos: un diálogo necesario

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Imaginemos la escena. Una mesa de diálogo; de un lado, los representantes de Marruecos, un país que presume de estabilidad, de crecimiento, de modernización. Del otro, nosotros, preguntando algo que nunca se pregunta en público: ¿qué pasa en vuestro país para que tanta gente quiera marcharse? ¿Qué está fallando para que miles de jóvenes prefieran arriesgar su vida en el Atlántico antes que construirla en su tierra? Y ellos, claro, nos responderían con cifras, con planes, con discursos sobre desarrollo, con promesas de futuro. Pero detrás de esas palabras hay una verdad que todos conocen: Marruecos, como tantos países africanos, vive atrapado entre la presión demográfica, la desigualdad interna, la falta de oportunidades y una estructura de poder que no siempre está diseñada para que la gente se quede, sino para que el sistema se mantenga. Y si levantamos la mirada, vemos que esto no es solo Marruecos. No hace falta ir al Sahel, ni a Guinea, ni a Eritrea para encontrar la misma pregunta: ¿qué está pasando en vuestros países para que la gente huya? La respuesta es incómoda porque no cabe en un eslogan. África es un continente joven, vibrante, lleno de talento, pero también es un continente saqueado, fragmentado, manipulado y utilizado durante décadas por potencias que nunca han querido que sea fuerte. Y aquí entra la parte que casi nadie dice en voz alta: las tierras africanas son deseadas. Muy deseadas. No por romanticismo, sino por codicia. Las tierras raras que alimentan nuestros móviles y nuestros coches eléctricos. Las minas de diamantes que sostienen industrias enteras. El petróleo que sigue siendo el corazón del sistema energético. Las costas pesqueras subsaharianas que alimentan mercados europeos y asiáticos. Todo eso está en África. Y todo eso ha sido explotado por empresas occidentales, chinas, rusas, turcas, francesas, estadounidenses… que necesitan gobiernos dóciles, estructuras débiles y poblaciones empobrecidas para que el negocio siga funcionando. No es conspiración: es economía política. Es historia. Es la lógica del extractivismo. La mayoría de los países africanos son antiguas colonias. Y aunque las banderas cambiaron, las estructuras no. Se independizaron los Estados, pero no se independizaron las economías. Se marcharon los administradores coloniales, pero se quedaron las empresas, los intereses, las dependencias. Y en ese tablero, la gente es la que paga el precio. La gente huye porque sabe que el sistema no está hecho para ellos. Huye porque la tierra es rica, pero la vida es pobre. Huye porque el futuro está secuestrado por élites que negocian con potencias que prefieren un continente débil antes que un continente fuerte. Por eso la imagen es tan sugerente: sentarse frente a políticos marroquíes y preguntarles qué están haciendo con su gente es, en realidad, preguntarle al mundo qué está haciendo con África. Porque Marruecos no es una excepción: es un síntoma. Y Europa, que podría haber sido un contrapeso, un socio, un actor transformador, decidió durante décadas ser espectadora. Y ahora se sorprende de que la gente huya hacia el norte. Como si la historia no tuviera memoria. Como si la geopolítica no tuviera consecuencias. Sí, es un tablero demasiado complejo. Pero no porque sea incomprensible, sino porque está lleno de verdades que nadie quiere decir en voz alta. Y hay que decirlo. Con claridad. Con fuerza. Con esa mezcla de lucidez y rabia que hace falta para hablar de África sin paternalismo y sin ingenuidad.
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