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Hay una tentación evidente ante cualquier nueva tecnología: utilizarla para hacer aquello que antes nos exigía esfuerzo. La inteligencia artificial ha llevado esa tentación a un nuevo nivel. Puede escribir en segundos un recurso de 90 folios o elaborar un trabajo académico. El problema empieza cuando confundimos capacidad para producir con capacidad para pensar. El caso del abogado de Reus cuyo recurso ha sido afeado por el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya resulta revelador. El problema no es utilizar inteligencia artificial, sino hacerlo sin control. En otros tribunales ya han aparecido recursos con jurisprudencia inexistente o argumentos fabricados por estas herramientas.
La advertencia debería servir para todos: la inteligencia artificial puede ser un magnífico asistente, pero un pésimo sustituto del criterio profesional cuando nadie comprueba lo que hace. La justicia es quizá el ejemplo más evidente porque un error puede afectar a los derechos de una persona. Pero el dilema también ha llegado a las aulas. Cada vez encontramos más trabajos que mejoran sus notas mientras los resultados de los exámenes empeoran. La explicación es sencilla: la máquina hace una gran parte del trabajo. Conviene poner límites, no para combatir la IA, sino para evitar que debilite aquello que la educación pretende construir.
Sería, sin embargo, un error convertir esta tecnología en el enemigo. Su potencial para la ciencia y la medicina es extraordinario: analizar grandes cantidades de información, detectar patrones, acelerar investigaciones, mejorar diagnósticos o contribuir al desarrollo de tratamientos. Precisamente por eso debemos ser exigentes con sus límites. Cuanto más poderosa sea una herramienta, mayor debe ser nuestra capacidad para supervisarla.
La respuesta no puede ser prohibirla. Tampoco entregarnos a ella sin condiciones. La IA puede ayudarnos a trabajar más rápido. Pero hay algo que no deberíamos delegarle: la responsabilidad de pensar, comprobar y decidir. Porque el verdadero reto no es conseguir máquinas cada vez más inteligentes. Es conseguir que nosotros no dejemos de serlo.
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