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Democracia S.A. (S.O.S.)

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Muerto Franco , España cambió de régimen, pero no necesariamente de estructura de poder. La dictadura terminó y comenzó una oligarquía con casi las mismas cabezas estructurales del franquismo, retroalimentada por una suerte de espectáculo de partidos políticos. Unos partidos que fueron ocupando el Estado hasta confundirse con él, financiados por él y convertidos en intermediarios prácticamente imprescindibles entre el ciudadano y las instituciones. Y ahí está parte del problema. En España llevamos casi cincuenta años llamando democracia a un sistema que, quizá, nunca llegó a serlo plenamente. No porque no haya elecciones, ni porque no existan partidos. No porque los ciudadanos no puedan votar. Sino porque votar, por sí solo, no convierte un régimen en algo democrático y suficiente para ser considerado como tal. Hemos tragado como normal que los partidos sean parte esencial de la maquinaria estatal, pero seguimos hablando de ellos como si fueran organizaciones independientes del poder. No lo son. Los financiamos entre todos. Un monárquico contribuye a sostener partidos republicanos. Un socialista financia partidos conservadores. Un centralista mantiene con sus impuestos organizaciones que cuestionan la estructura territorial del Estado. No es una anomalía. Es el sistema. Por eso la división entre izquierda y derecha resulta cada vez más naíf. Sirve para ordenar discursos, hacerlos visceralmente comprensibles por el vulgo, pero oculta la cuestión profunda de que todos los grandes partidos participan de la misma estructura de poder. Cambian las ideas, los programas y los gobiernos. Permanece el mecanismo. Y permanecen los burócratas de antaño (o sus linajes). Lo comenté hace dos semanas en esta columna, donde exponía que un engranaje viciado por relaciones de poder es el caldo perfecto para la corrupción. Tampoco basta con llamar izquierda a quien se declara progresista. La izquierda puede defender determinadas políticas sociales, económicas o culturales, pero eso no altera necesariamente su relación con el Estado. Un partido puede proclamarse revolucionario y funcionar integrado en una estructura oligárquica, lo cual, en mi pensar, es ciertamente contradictorio. La izquierda, entre otras cosas, lleva décadas aceptando, por ejemplo, supeditarse a grandes empresas con intereses particulares, y de ello supuran varias consecuencias, como la inculcada de que, en una relación laboral, el que arriesga es el empresario, dejando de lado todo lo que arriesga el trabajador (tiempo vital, esfuerzo, tener a un jefe bueno o malo, mejor o peor salario...). La izquierda, deslavazada, ha perdido el norte sobre lo que debería representar, pudriéndose así la democracia. La democracia debería ser algo más incómodo que votar. Debería significar que las instituciones pueden ser controladas, y donde la organización social y civil ostente el privilegio de decidir el rumbo del Estado. Quizá el error esté precisamente ahí, en creer que el problema es quién ocupa el poder, cuando el problema puede ser de raíz. Una democracia se acredita cuando el ciudadano puede controlar realmente al poder. Y, si después de medio siglo seguimos sin querer discutir eso, quizá la pregunta no sea cuánto se ha degradado nuestra democracia. Quizá sea si alguna vez llegamos a construirla.
Democracia S.A. (S.O.S.)
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