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Julio Llorente

El llanto de la niña ceutí, por Julio Llorente

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¿Puede sobrevivir un Gobierno al llanto de una niña? Desde los inicios de esta legislatura, nos hemos preguntado si Sánchez puede resistir a la mentira, si acaso puede a la corrupción circundante, si a la impopularidad, incluso si a la traición, pero no nos hemos formulado el interrogante devastador y decisivo: ¿puede un Gobierno, por cínicos que sean sus miembros, por sectarios que parezcan sus fieles, por maquiavélico que resulte su líder, sobrevivir a la fuerza torrencial del llanto de una niña? El otro día, durante la manifestación convocada en Ceuta contra el Gobierno de España, el periodista Carlos Cuesta le preguntó a una niña de gafas redondas y cabello castaño por la situación de su ciudad. Eligió a la analista precisa. Los niños no exageran el drama, pero tampoco lo edulcoran. Tienen esa lucidez que nace de la inocencia; todo lo ven sin demasiados prejuicios, sin apenas sesgos, como recién barnizado por la luz plateada del amanecer. Quizá por eso la niña de las gafas redondas rompiera a llorar. Lloró porque, al contrario que algunos mayores, ve lo que ve, porque no puede jugar en la calle ni podrá ir al colegio, porque sus costumbres de siempre han devenido peligrosas, porque su tierra es ahora intemperie. Probablemente llorase porque, contra natura, había visto a sus padres llorar. En ocasiones abstraemos demasiado la misión del Estado: administrar justicia, procurar seguridad, controlar las fronteras. La abstracción, sin embargo, siempre tiene algo de mentira. ¿Acaso no obvia la carne y la sangre, el gozo y el drama, la vida y la penuria? El llanto de la niña del cabello castaño nos permite devolver las cosas a su justo orden, como una revelación. El primer cometido del Estado radica en impedir que una chiquilla llore por cosas como esta. Que llore porque el chico que le gusta la ignora, porque la han castigado sin salir, porque no se ve guapa ante el espejo aun cuando es hermosa, hermosísima, a los ojos de Dios. Las lágrimas de la niña de las gafas redondas claman al cielo y acusan ante él a quienes las provocaron. ¿Es legítimo un Gobierno que ha hecho llorar a una chiquilla? Ante su sollozo, palidece cuanto nos había escandalizado hasta ahora de nuestros políticos: la degradación institucional, el trasiego de billetes ocultos en maletines, las exclusivas de los medios de comunicación. ¿Qué es todo eso ante el desconsuelo de una niña que se refugia en brazos de su madre porque no queda otro lugar seguro? Apenas un soplo de viento, el zumbido de una mosca, un murmullo lejano. El llanto de una cría inocente sacude los cimientos del mundo, agrieta y zarandea la tierra bajo nuestros pies. Solo los malvados pueden ser indiferentes a su clamor. Juzgamos a los políticos por hechos insustanciales: los datos macroeconómicos, la red de transportes, el número de turistas. Estos pueden ser apenas el trampantojo de una realidad más cruda. La sonrisa de los niños, en cambio, no miente. Es la medida exacta de todas las instituciones humanas, el criterio preciso para coronarlas o condenarlas, uno de los pocos bienes que justifican las sublevaciones y las guerras, una de las pocas razones por las que cabe desenvainar espadas y tensar arcos. ¿Qué es el desconsuelo de la niña de las gafas redondas sino un crimen político? ¿Qué son sus responsables sino criminales que habrán de rendir cuentas en la hora del juicio, cuando lleguen el llanto y el rechinar de dientes? Los Gobiernos pueden colapsar por muchas razones: la corrupción, la decadencia económica, el desorden social. Aunque los periódicos la soslayen y las televisiones la silencien, ninguna es tan imperiosa como el llanto de una chiquilla que ya no reconoce su tierra. La moción de censura, las manifestaciones multitudinarias, las denuncias judiciales nunca han resultado más pertinentes. Escribió Chesterton que con el pelo rojo de una chiquilla prendería fuego a la civilización moderna. A nosotros hoy se nos impone una exigencia semejante: incendiar todo cuanto conspire contra la alegría de la niña del cabello castaño y las gafas redondas.
El llanto de la niña ceutí, por Julio Llorente
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