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Una hora menos para aprender

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El calendario escolar 2025-2026 tuvo 185 días. En Sinaloa, durante 105 de ellos se documentó al menos una suspensión de clases en alguna escuela. El dato requiere precisión. No significa que los estudiantes sinaloenses perdieron 105 días. Significa que en 57% de los días del calendario alguna comunidad escolar del estado enfrentó una interrupción. Mexicanos Primero Sinaloa las documentó mediante la plataforma Días sin Clases. El 41.3% estuvo relacionado con problemas operativos, como infraestructura, servicios o falta de personal; 39.5%, con inseguridad y violencia; 19.2%, con fenómenos naturales o condiciones climáticas. Cada causa merece una explicación distinta. Todas producen una misma consecuencia: reducen el tiempo disponible para aprender. La pregunta, entonces, no es cuánto vale una hora de clase. ¿Cuánto nos cuesta como sociedad ser indiferentes ante una hora menos para aprender? Una hora parece recuperable. Mañana habrá clases. El calendario continuará. El problema aparece cuando dejamos de verla como una unidad de aprendizaje y comenzamos a tratarla como una fracción menor del ciclo escolar. La evidencia permite dimensionarla. PISA 2022 encuentra mejores resultados asociados con alrededor de cinco horas diarias de clases regulares. La OCDE también advierte que acumular horas no garantiza mejores aprendizajes. La calidad importa. Pero existe una condición anterior: aprender requiere tiempo. En muchas primarias públicas mexicanas, la jornada completa ronda apenas cuatro horas y media o cinco horas. Ese tiempo incluye recreos, entradas, salidas, transiciones y otras actividades. Algunas entidades, como Nuevo León y Jalisco, cuentan con modalidades de horario extendido. No es la experiencia de buena parte de los niños mexicanos. Tenemos entonces un recurso escaso. Una hora menos no desaparece de una jornada abundante. Puede representar una quinta parte del tiempo disponible ese día. Dos horas pueden significar casi media jornada. Una suspensión completa elimina la oportunidad escolar de aprender durante ese día. Esto no significa que cada minuto dentro del aula produzca aprendizaje. Precisamente ahí está la distinción. Existe el tiempo de permanencia en la escuela, el tiempo destinado a clase y, finalmente, aquel en el cual un estudiante efectivamente aprende. Cada reducción en los primeros dos hace más difícil conseguir el tercero. Hace unos días escribí sobre los celulares en las escuelas. Me preguntaba qué queremos recuperar después de guardar los aparatos. Menos distracción puede liberar tiempo y atención, pero no determina aquello que hacemos con ellos. Los datos de Sinaloa agregan una condición anterior. Antes de discutir cómo aprovechamos el tiempo escolar, necesitamos reconocer lo que significa perderlo. Nuestra reacción cotidiana muestra una contradicción. Una empresa calcula el costo de detener una hora su producción. Una familia reorganiza su día frente a una jornada laboral perdida. Un comercio sabe cuánto representa cerrar durante una tarde. Hemos aprendido a reconocer el valor del tiempo cuando podemos traducirlo en producción, salario o ventas. No hacemos lo mismo con el aprendizaje. Una suspensión puede complicar la logística familiar. ¿Quién cuidará al niño? ¿A dónde irá? ¿Cuándo regresará a clases? Son preocupaciones legítimas. Pero rara vez agregamos otra: ¿cómo evitamos perder hoy su oportunidad de aprender? Ahí comienza una responsabilidad social distinta. No necesitamos convertir a las familias en docentes ni reproducir una escuela fuera de la escuela. Necesitamos proteger una continuidad mínima del aprendizaje cuando la jornada se interrumpe. Una familia puede reservar tiempo para leer. Una biblioteca o centro cultural puede ofrecer actividades. Una universidad puede organizar acompañamiento académico. Una empresa puede apoyar a la escuela cercana con espacios o recursos. Las organizaciones especializadas pueden identificar dónde las interrupciones dejan de ser excepcionales y ayudar a construir respuestas. No todas las suspensiones permiten hacer lo mismo. Frente a una situación de violencia, la prioridad inmediata es la seguridad. En otras circunstancias, una comunidad puede disponer de espacios y personas para mantener actividades. La respuesta debe partir de las condiciones reales, no de una receta. Las madres buscadoras han mostrado algo importante sobre nuestra sociedad. Ante una realidad muchísimo más dolorosa, construyen capacidades, conocimiento y organización alrededor de una tarea concreta. No porque puedan resolver solas el problema, sino porque negarse a permanecer inmóviles también transforma aquello que una comunidad considera aceptable. En educación necesitamos recuperar esa disposición. El próximo martes conoceremos PISA 2025. Los resultados volverán a decirnos algo sobre cuánto consiguen aprender nuestros jóvenes. El estudio de Mexicanos Primero Sinaloa nos permite formular una pregunta anterior. ¿Qué hacemos nosotros con cada oportunidad para aprender antes de conocer el resultado? El calendario cuenta días. El aprendizaje necesita horas. Perderlas tiene consecuencias. Acostumbrarnos a perderlas también. Que así sea.
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